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Nuestra historia en el MAN


Dama de Elche, expuesta en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Dama de Elche, expuesta en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid).

Pobladores, habitantes y artistas de antaño hoy reciben miradas nuevas, renovadas. Distintas.

Siempre curiosas. No importa cuántas veces visitemos el Museo Arqueológico Nacional, pasear por sus salas entraña volver a nuestra historia, reconocerla y reconocernos en ella.

Al menos, en parte…

Observo ojos de interés y de sorpresa, de admiración. Algunos diminutos, en carritos empujados por progenitores, otros de la mano senil, y muchos más a sus anchas.

Se puede pasear siguiendo el camino trazado para no perder comba de los tesoros que albergan las vitrinas de este céntrico museo de la capital.

Subir y bajar escaleras que permiten otear la claridad de una mañana sabatina que se cuela por la claraboya acristalada. El sol de fuera ilumina cachivaches, dirán algunos, objetos minúsculos y otros imponentes. Huellas antiguas de antiguos pueblos de nuestro país. Somos lo que fueron. Los que fueron nos hacen ser hoy.

Es el discurrir de siglos y siglos guardado como oro en paño para el disfrute y el recuerdo de generaciones posteriores.

Vidas y viajes, asentamientos, comercio y trueque, figuras esculpidas en reposo, atentas, indiferentes, marciales…casi vivas.

Viajeros y cazadores, reyes y súbditos, agricultores, mujeres, cuántas mujeres…pintadas y retratadas, esculpidas, decoradas, artífices de escenas domésticas y familiares: regias y sabias.

Mosaicos y artesonados, vasijas, joyas, bustos y capiteles. Arcos, sarcófagos, columnas…

Todo tan real y tan auténtico.

Siempre que acudo al MAN repito un ritual muy sencillo: accedo por la escalinata hasta el último piso y desde ahí comienzo el descenso con paradas obligadas.

Las damas, me entusiasman: Baza y Elche.

Me apasiona tan hierática en su asiento polícromo, pétreo: me mira y me reta. Por un momento, la escucho. Mantenemos nuestra mirada y algo me inquieta: cuánto habrá adivinado en vida y ahora tras el cristal. Ahí queda nuestro secreto.

Y su vecina…, amigas que comparten sala y visitantes…

Su busto, me impresiona: lleno de roscas, cual fallera de otoño. Recamada en piedra, bisutería de alta gama que impone. Ojos reposados de saber mucho y de callar más.

Tanto vaivén de un museo a otro, de una exposición a otra: su fama merece el trasiego al que los diferentes tiempos la han sometido. Por fin, descansa.

Seguro que ambas, desde sus aposentos, se guiñan un ojo y luego, por la noche, tienen sus momentos de cotilleo, de repaso vital.

Les apetecería lucir coronas y fíbulas, herrajes y piedras preciosas…para eso, han de buscar y trasladarse a Guarrazar: espectacular ese tesoro lleno de oro, que no oropel, y engastes polícromos que relucen uno y otro día.

Al-Andalus, románico, rescoldos de Bizancio y de Egipto, mapas y pantallas, holografías, documentación visual, imágenes, esquemas…todo favorece en el MAN la comprensión de nuestra historia, de nuestro pasado, nuestro presente hecho realidad con solo mirar…

La amabilidad de sus empleados invita a volver de nuevo. Pronto.

Y además este mes de septiembre, gratis.

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