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EL PERIÓDICO
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Salvemos a Víctor


Cruzan la ciudad en el tranvía, pasan por el viejo parque con breve olor a jazmín, las fragancias se mezclan hasta llegar al mar que refresca, con su sal y sus espumas. El calor fatigoso que brota sudores se calma con un viento suave que traspasa la carne como los mosquitos que trajinan tozudos y aprovechados, ejército de insectos agrupados. Qué hermosura de mar, este Mediterráneo con la verde vegetación que recuerda aquellos tiempos inocentes, vírgenes. El cielo azul da techo para soportar la pena y la intranquilidad. Aguas puras, cristalinas con verde sombra de fondo y brisa asegurada.

La ciudad con su amabilidad, el barrio con su alegría y la casa familiar los acogen con la dicha de la cordialidad y la confianza. Llegan deprisa, sin previo aviso, ni planificación. Han huido con el miedo pegado a los talones, cuatro horas interminables de viaje.

Las primeras noches siente las piernecitas entre sus muslos, piel con piel. El niño pide biberón y abrazo. Quince meses que no andan, ni cuentan con el cariño y la protección que necesitan. Solito, sin padres, una triste abuela triste, esa es la compañía. ¿Qué vamos a hacer ahora? Proteger al niño, resistir, pedir ayuda, rezar.

Nació el día que se decretó el confinamiento, tras nueve escasos meses de agitación y dependencia. La parturienta sola, el bebé pequeño. Ha sido víctima de la crueldad y el olvido, esa carnecita tierna y bella se balancea sin remedio, pide atención, juego y estímulos. Su sonrisa bondadosa y plácida sorprende, el nene es tranquilo y divertido.

Abanicos sus pestañas y cejas arqueadas marcan una cara que a ratos refleja la tristeza que nos rompe ¿dónde sus derechos olvidados y mutantes? Parece un niño de la posguerra.

Los dientes de sierra desajustados, la pelusa que cubre la cabeza y la escasa fuerza en las piernas delatan mala alimentación, descuido y la arbitrariedad del exceso y la desatención.

Necesita atención temprana. Meses de espera interminables para conseguir una plaza en un centro público. Nadie se quiere hacer cargo de él, salvo su madre que no puede con ella.

Noches de miserias compartidas asoman por sus ojos, su hermana mayor lo mira con atención, lo cuida y lo comprende abuela, dale de comer lo que le gusta. No te acostumbres, no sepas lo que pasa ni lo que ocurre.

Los padres biológicos pagan abogados y se olvidan de la leche y los pañales, se olvidan del abrazo y la risa contagiosa, a carcajadas, de un inocente que solo quiere vivir. Lo mantiene la abuela jubilada que se ha quedado sin el poco tiempo que le queda y sin ahorros.

Niños en guerras, en pateras, escondidos, raptados, hambrientos, olvidados, humillados, víctimas del rencor y la violencia, del desajuste mental, emocional, de los que parecían personas normales, vecinos de siempre.

Si de ellos es el reino de los cielos, pedimos a gritos ayuda como un clamor y un lamento, que su vida no se convierta en un infierno. Solo desde una política de protección integral a la infancia frente al abuso y a la violencia con leyes que no permitan ni toleren en ninguna de sus formas que los menores sufran sus consecuencias podemos conseguir un futuro más justo, más sano, más soportable.

El niño se sienta. Un relato corto se ha escrito en la buhardilla de mi conciencia y pide paso. No sé si darle vida o incrustármelo en la mirada para que lo lean en mis pupilas quienes de verdad me busquen y me quieran.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.