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Mauricio Wiesenthal, contra esto y aquello


  • Escrito por Alfredo Valenzuela
  • Publicado en Cultura

Mauricio Wiesenthal estaba en París en mayo del 68 pero en cuanto vio que arrancaban los adoquines de las calles se refugió en el Moulin Rouge, ahora, medio siglo después, ajusta cuentas con su época con "El derecho a disentir" (Acantilado), en cuya última página dice: "El desdén que siento por mi tiempo podría ser ya casi una obra de arte".

Precisamente a lo largo de estos cincuenta años ha ido escribiendo el autor "Libro de réquiems" y "El esnobismo de las golondrinas" este conjunto de 44 ensayos o "consideraciones intempestivas" que van desde el tono poético y el detalle autobiográfico hasta el desenmascaramiento de fariseos y la refutación de lo políticamente correcto.

Si en la última página habla de "desdén" este hombre que nunca ha desdeñado algo que sea bello, en la primera advierte que "la parte más libre y auténtica de nuestra existencia es siempre 'inoportuna' para nuestro tiempo", de ahí que él mismo considere estos ensayos como "una contemplación desencantada del momento en el que me tocó vivir".

Por ejemplo, cuando advierte: "He conocido por experiencia propia lo que hacen los fascistas, los comunistas y los nacionalistas cuando condenan a un disidente a su 'conspiración de silencio'. Y precisamente por eso debemos morir hablando, para demostrar que no nos han vencido".

"El derecho a disentir" es también una cruzada contra el racionalismo, un alegato antirrevolucionario y una defensa del humanismo y de la cultura clásica: "En cierta forma podría decirse que lo más interesante de la Antigüedad fueron los heterodoxos, de las misma forma que lo más apasionante de la Modernidad son los antimodernos".

A Wiesenthal le horroriza "la gente que quiere llegar pronto al final" y, en su aversión a los localismos, que le resultan "indescifrables y ajenos", y los populismos de toda laya, y denuncia "esa técnica demagógica de los populistas, que disparan sus opiniones y emiten sanciones simples sobre los casos morales más complejos, sin exponer los sentimientos que van engarzados a las razones, y resolviendo deprisa, sin argumento y sin discurso". "Mi patria es el idioma español, sobre todo la lengua humanista y significante en la que discurrieron y escribieron nuestros autores clásicos, pues verdad es también que me siento extraño, desterrado y ausente al escuchar la palabrería que hoy se oye en la calle", escribe este escritor que nació en Barcelona en 1943, se crió en Cádiz, donde también fue profesor, y estudió en Sevilla antes de recorrer el mundo. Autor de "Orient-Express: El tren de Europa", Wiesenthal ha viajado por todo el planeta -"cuando cumplí doce años mis padres me regalaron una bicicleta y ya no me vieron más", acostumbra a bromear-, ha viajado con un circo, ha vivido en cien ciudades, casó de joven con una aristócrata inglesa, ha publicado más de cien títulos, es uno de los principales enólogos del país y ha trabajado como fotógrafo, cantante de cruceros, actor de fotonovelas y su devoción por Stefan Zweig y Tolstoi es legendaria, como legendaria es ya su monumental biografía de Rilke. Alguna vez se ha definido a sí mismo como "un millonario sin dinero" y como "un enólogo abstemio", pero en estas páginas ha preferido hacerlo así: "Soy un judío sin violín, un alemán exiliado, un humanista europeo y un español que vio ponerse el sol no sólo en el Finisterre de su patria, sino también sobre su época". Este escritor que prefiere los cafés a las universidades como centros de cultura y que cree, igual que Delacroix, que "debemos al pasado lo poco que valemos", es una persona firme pero no es un hombre airado, como demuestran las anécdotas hilarantes y los muchos rasgos de humor que salpican sus páginas: --"El propio Descartes soñó con un melón antes de escribir 'El discurso del método', lance al que Freud le encuentra más significado sexual que racional". --"La berza es muy antigua y debe haber nacido a la vez que los moralistas y los políticos, hace unos cuatro mil años". --"El marxismo es una superchería igualitaria y matriarcal, pensada por un judío que echaba de menos los prados comunales de su pueblo pastor". --"A excepción de Confucio, que nació con sesenta años, el resto de los mortales tenemos ocasiones y motivos para recordar la infancia, la adolescencia y la juventud".