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Baudelaire y su perversión: toda una filosofía de vida contraviniendo el “orden” social


Baudelaire retratado por Gustave Courbet. Foto: Wikimedia Commons Baudelaire retratado por Gustave Courbet. Foto: Wikimedia Commons

Sus “flores” sintetizan magia y divinidad, cielo e infierno, perfección artística y miserias humanas: una poesía balsámica y reveladora.

Es inevitable: a Baudelaire siempre se le asocia con el mal y las flores. Parece que solo haya escrito esa obra, capital, cierto, y todo lo demás queda empañado por tanto trajín versal. Unos y otros se apropian de su poemario que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Las redes se llenan de frases lapidarias, expresiones suyas, personales e intransferibles.

En este 2021 se cumplen 200 años de su nacimiento un 9 de abril. Sin duda alguna, le caben casi todas las etiquetas, calificativos y clasificaciones. Escritor versátil, admirado y denostado: según el vaivén temporal. ¡Cuánta huella nos ha dejado la centuria decimonónica!... Algo tendrá que recurrimos incesantemente a ese siglo convulso y convulsionado para explicar mucho de nuestro presente, al margen de las latitudes en las que nos ubiquemos.

Charles Pierre Baudelaire no podía pasar desapercibido. Sus maestros Edgar Allan Poe y Théophile Gautier lo convirtieron en un pensador maldito y en un Dante moderno en una época de decadentismo. Bohemio y descomedido, amante de los excesos y obsesionado por el “mal” como eje diseccionador de sentimientos, palabras y vivencias. Indiscutible el impacto que ocasionó en el simbolismo, muy especialmente en la figura de Verlaine.

Algo que cumple a rajatabla es leer. Afición interiorizada desde temprana edad y que le acompañará a lo largo de sus años más extravagantes.

París era un foco de tentaciones muy atractivas de las que difícilmente se podía sustraer una personalidad tan inquieta. Estudiante universitario en la Facultad de Derecho, cambia las aulas por el Barrio Latino, mucho más sugerente que los compendios jurídicos. El callejeo y deambular por esa zona tan mítica le permitirán conocer a figuras de renombre que le animan a seguir una vida de dispendio, desahogada y completamente despreocupada.

Cuenta con afamados amigos de francachelas como Gérard de Nerval, Honoré de Balzac y Louis Ménard. Todos ellos comparten aires de libertad y libertinaje dirán algunos…sin querer, o queriendo conscientemente, acumula experiencias y practica hábitos de los que tomará materia para su producción posterior.

Adicto a las drogas, las discusiones y las peloteras con su madre, igual que se acordó en su obra cumbre de la sirvienta que lo educó, no olvidó tampoco a una prostituta muy peculiar con la que mantuvo una estrecha y afectuosa relación.

Prefería los círculos literarios llenos de imaginación, poesía y locura; le gustaba el compadreo, conversaciones alocadas e interminables con artistas de todo pelo y pelaje donde encajaban perfectamente los escándalos que protagonizaba con su amante Jeanne Duval, fuente de inspiración de nuevos versos.

Continúa escribiendo y su aguda sensibilidad por el arte le lleva a estrenarse como crítico en 1845 con El Salón que acaparó la atención de propios y extraños.

Tanteó el teatro y se quedó en ciernes, culminó una novela La Fanfarlo (1847). Provocador, polemista, indecoroso y amoral…todo eso y mucho más supuso la publicación de Las flores del mal en 1857. Poemas censurados y el autor, multado. Él, erre que erre, en 1861 nueva edición con añadidos además.

Los últimos años de su existencia los vivió enrabietado por la incomprensión que recibieron sus “flores”, nadando extremosamente entre la anarquía y el socialismo, apoyando periódicos vanguardistas y acudiendo a reuniones políticas, azuzado por soliviantos personales e instigando revoluciones políticas sin tapujos, atizando mandobles literarios al progreso y a la progresía burguesa falsa e ignorante; predicaba en “el desierto” su disgusto y su decepción, su cólera y su filosofía vitales.

Su título canónico preconizó el malditismo del poeta, entregado al vicio y a la molicie, solo queda el aburrimiento y la desgana a la vez que el anhelo por la perfección y la búsqueda de la belleza de nuevos espacios en una mezcla de ética y estética.

El mal anida en lo más profundo del ser humano y Baudelaire analiza con imágenes oníricas y símbolos reales su fuerza perversa y a la vez la dificultad injusta de erradicarlo de la naturaleza congénita; sospecha como un auténtico descreído de la bondad en el hombre que lejos del hedonismo pelea como un héroe para sobrevivir.

La vida consiste en vivir vitalmente, valga el pleonasmo: proyectamos acciones y actitudes en un mundo que absorbe la emoción y el sentimiento.

Y ya se sabe que después de muerto, comienzan los repudios o las loas, el rechazo más acérrimo o el reconocimiento más acendrado.

Considerado como epítome de la lírica moderna, recibe póstumamente elogios de Marcel Proust y T.S. Elliot reflejados en estudios y artículos donde encomian su genialidad y su técnica y destreza descriptivas. Vestigios de su producción se advierten en el surrealismo como manifiesta André Breton.

El legado de su persona hecho literatura marca una precisión trascendental que atraviesa siglos y llega hasta hoy, un tiempo recobrado lleno de libertad y poesía, intensidad y memoria, voluntad y “flores”…del mal.

(El artículo completo se ha publicado en la revista Literatura Abierta, número 6)

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