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“La última cena”, de Leonardo da Vinci“


Hoy traemos a nuestra lectura una obra tan conocida y reconocida como su autor, el artista más famoso, según muchos críticos, de todos los tiempos, y epítome de hombre del Renacimiento: La última cena, de Leonardo da Vinci.

Intentar resumir en este artículo quién fue y qué representa Leonardo es tarea prácticamente imposible. Pintor, poeta, arquitecto, escritor, inventor… Una larga enumeración de competencias que, como hemos dicho, le convirtieron en el ejemplo de humanista y artista del Renacimiento.

Aunque Leonardo es conocido sobre todo por una de sus obras, Mona Lisa o La Gioconda, hoy comentamos otra no menos alabada, de temática sacra, aunque no es un cuadro sino una pintura al fresco que el artista realizó para el refectorio de Santa Maria della Grazie en Milán. Una obra de gran envergadura, 4,6x8,8 mts, llevada a cabo mediante la técnica de la tempera y el óleo sobre yeso, técnica que mucho tuvo que ver con su rápido deterioro.

Alumno de Andrea Verrochio, Leonardo se codeó en su época de aprendizaje con otros pintores de renombre como Botticelli o Perugino. Su ingenio y su arte sirvieron a señores como Lorenzo de Medicis, Ludovico Sforza, o el rey Francisco I. Fue el duque de Milán, Ludovico Sforza, llamado “El moro”, quien le encargó la realización de una última cena, obra de dimensiones colosales, que acabó en un tiempo record, solo tres años, y de la que se conservan un número importante de estudios.

La escena se fundamenta en un pasaje del evangelio de Juan (13,21-31), en el que Jesús anuncia a los apóstoles que conoce que uno de ellos le traicionará:

“Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu, y declaró y dijo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar”.

El pintor recoge, de una manera magistral, ese momento de conmoción, convirtiendo la escena, que habitualmente otros pintores solían mostrar estática, plena de reacciones y dramatismo, aunque, y ahí el talento de Leonardo, en ningún momento de la composición pierde la armonía ni el equilibrio presentes en los principios renacentistas. Los personajes se dividen en cuatro grupos repartidos a izquierda y derecha del personaje principal: Jesús. Por la izquierda: Bartolomé con Santiago el Menor y Andrés. A estos les siguen Judas Iscariote, Pedro y Juan. En el lado opuesto Tomás con Santiago el Mayor y Felipe, seguidos de Mateo, Judas Tadeo y Simón. Leonardo integra, como podemos ver a Judas, el traidor, con el resto de los apóstoles, ya que aún, no se ha descubierto. Otros artistas solían situar a Iscariote fuera ya del conjunto para significar su traición, pero Leonardo lo incluye. Pero no por ello deja, simbólicamente, de señalar el carácter de este personaje cuando con el codo derrama la sal sobre la mesa, algo que para la superstición popular era de mal agüero. Pedro, por su parte, porta un cuchillo, arma en la que se ha querido reconocer el prolegómeno de lo que posteriormente sería el episodio del Monte de los Olivos. Cada personaje muestra una fisonomía distinta, con unos rasgos propios y originales.

Respecto a la composición, el artista parte de un punto de fuga central, algo habitual en el Renacimiento, siendo la figura de Jesús, con los brazos abiertos lo que da equilibrio a las dos partes en el que se divide el cuadro Las ventanas ayudan a la luz natural, recurso muy utilizado en esta época, que permite, además la profundidad espacial. La cabeza del Maestro se recorta contra la ventana del fondo sustituyendo lo que en otras obras sería el halo.

Hasta ahora lo que se ha ido describiendo se presenta a los ojos del espectador tal y como es. Pero para muchos este mural encierra otros mensajes, oculta un simbolismo que ha sido centro de estudios y de obras literarias.

Por una parte se ha afirmado que La última cena representaba la concepción filosófica de Leonardo respecto a la existencia, dentro del neoplatonismo, señalando la triada platónica del Amor, la Belleza y la Virtud, pretendiendo llevar a cabo un encuentro entre el cristianismo y las teorías de Platón, oponiéndose a Aristóteles, centro de la teología sistemática y de la Escolástica a través de Tomás de Aquino y defendida por la Iglesia católica.

Por otra parte, la teoría de que Leonardo pertenecía a la herejía de los cátaros también planea sobre la interpretación de esta obra. No hay eucaristía, porque no hay cáliz; la figura de Juan, de rasgos claramente femeninos, se atribuye a Magdalena, la compañera de Jesús y madre de su futura descendencia. No hay halo, como ya hemos dicho, de santidad, algo habitual, en los personajes. Tampoco hay cordero, sino naranjas y pescado. Este último alimento, el pez, debemos recordar que fue el símbolo de los primeros cristianos, ese del que el papado reniega en su pompa y esplendor.

Sea como fuere, una pintura religiosa o un mensaje encriptado, La última cena de Leonardo da Vinci es ejemplo, uno más, del genio de su autor, el más grande entre los grandes.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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