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Doña Emilia y su “habitación privada”: cuestión de pálpitos, cien años después de su muerte


La escritora tenía 66 años cuando fue retratada por Joaquín Sorolla en 1913. El óleo pertenece a la Hispanic Society of America desde 1924. En la web de la sociedad se describe así la obra: "Bien vestida, aunque de negro y con sencillez, irradia una fuerte personalidad. Sorolla le ha pintado una mirada desenvuelta, enigmática y hasta beligerante". La escritora tenía 66 años cuando fue retratada por Joaquín Sorolla en 1913. El óleo pertenece a la Hispanic Society of America desde 1924. En la web de la sociedad se describe así la obra: "Bien vestida, aunque de negro y con sencillez, irradia una fuerte personalidad. Sorolla le ha pintado una mirada desenvuelta, enigmática y hasta beligerante".

Según Virginia Woolf, "una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas". Woolf observa que las mujeres han sido apartadas de la escritura debido a su pobreza relativa, y que la libertad financiera les traerá la libertad para escribir. Y sigue: “En realidad, si la mujer no hubiera existido más que en las obras escritas por los hombres, se la imaginaría uno como una persona importantísima; polifacética: heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y horrible a más no poder, tan grande como el hombre, más según algunos. Pero ésta es la mujer de la literatura… en la práctica, es totalmente insignificante. En la Historia casi no aparece. En la literatura domina la vida de reyes y conquistadores; en la vida real, sabía apenas leer, apenas escribir y era propiedad de su marido”. A doña Emilia le toca vivir en un siglo muy convulso política y socialmente. Y como consecuencia, culturalmente. El mundo de las ideas se hace eco de todos estos pálpitos y en ella encontramos a una mujer prolífica, políglota, polifacética, polígrafa… poliédrica. Hoy diríamos multitask y mujer orquesta.

El padre de nuestra condesa, convencido de que la mujer es igual que el hombre, la anima a estudiar y mucho. Viajera y políglota, editora, “conferencianta” y ateneísta (la primera mujer que consigue traspasar esta institución), poeta, ensayista y novelista. Madre, esposa, amante y colega.

Mujer avispada e inteligente, consciente de su responsabilidad como autora de contenidos enjundiosos, nada blandengues: pico pala, cuño y cuña para hacerse un hueco en el panorama literario, masculino, por supuesto.

Según plumas varoniles, el mundo femíneo era una pavada, lastrante y tedioso. Poco tenía la Pardo Bazán de “moñas” ni de ingenua, robusta de físico y de ideas. Libre, muy libre. Recibe el aplauso de don Benito por su escritura, el ninguneo del “machirulo” de Valera y la reticencia del “enrocado” Clarín. Resulta una gran entomóloga que disecciona la realidad, desbroza las relaciones humanas y lo vuelca en un lenguaje descarnado y auténtico, genuino, como ella misma: se mueve con gran habilidad por uno y otro registro idiomático reproduciendo el habla particular de sus personajes. Mujer de armas tomar, se pone el mundo por montera y molesta, mucho. Incomoda alguien como ella que escribe, habla, discursea y que sin pelos en la lengua analiza, describe, cuenta, narra. Doña Emilia es mucha Emilia. Algunos querríamos invitarla a unas cañas o a tertuliar con ella. Poco postureo, la verdad. Más allá del tracamundeo anecdótico amoroso, sobresale su valía como una profesional muy formada en la construcción narrativa. No fue profeta en su tierra, estaba claro, pero en ocasiones “dormía con el enemigo”: le pasaban la mano por el lomo y luego le hacían la peineta. Lideresa y activista. Rodeada de colegas -masculinos- algunos timoratos y melifluos. Lectora y escritora atrevida, sin tapujos, ni rodeos: envuelta en tafetanes y miriñaques, al pan, pan…sin dobleces, que España no estaba para confeti. Junto a Concepción Arenal, Sofía Casanova y Gertrudis Gómez de Avellaneda forman el grupo de mujeres intrépidas: instruidas todas ellas y no contrincantes que hostigan. Homenajes y celebraciones, recuerdos imborrables, muchas lecturas de sus libros…Lo que escribe no es puro pasatiempo, ni ocio para entretener.

Y sí, doña Emilia, trató temas repugnantes que avergüenzan y sonrojan.

Con su producción literaria se perpetúan las escenas violentas, incluso escabrosas, pasiones tormentosas, paisajes provocadores y paisanos tentadores, sentimientos desbocados, poca imaginación; roza el modernismo y penetra en el discurso noventayochista al que suma la filosofía de Nietzsche. Habla y escribe. Y lo hace muy bien. Parece la quimera mitológica que engulle lo que encuentra a su paso y lo transforma en contenido matérico. Sensualidad y decadentismo a raudales, juegos amorosos y realidad carnal, denuncia y crítica, sin fisuras ni artificios.

En su obra emergen de la profundidad abisal, fuerzas oscuras que claman al exterior, gritan ayuda y piden libertad. Lo irracional se impone desde el subconsciente. Ética y estética, la naturaleza de los actos humanos en páginas que vibran y viven. Tragedia y comedia a partes iguales, que nuestra gallega, condensa y mezcla. A veces histriona, teatral. Poco elusiva, muy plástica, intensa y gráfica. Lo primitivo a flor de piel. Todo es puro torbellino. Pálpitos y más pálpitos. El ser impelido por lo atávico: obsesiones renuentes que explotan. El paisaje mimetiza con el sentir, deviene un personaje más con su propio ánimo. Desmesura e hipérbole. Así era Emilia Pardo Bazán en sus obras. En muchos de sus comportamientos vitales, en muchas de sus empresas e intenciones. Una fuerza arrolladora. Cubre sus páginas de grandes gestos, diálogos y gritos, actitudes hieráticas y pulsiones, todo a la vez, todo en pura antítesis.

Perspicaz e intuitiva, la escritora fabula lo real y realiza lo fabuloso: el triple salto mortal sin red: palpa la presencia de la muerte y el misterio; arranca sus evanescencias para plasmar lo genuino y lo auténtico.

(Este artículo está dedicado a mi colega y amiga Rosa Amor del Olmo, con mi mayor gratitud).

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