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EL PERIÓDICO
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Un Häendel glamuroso y tostón en el Real


En París… o Nueva York o quién sabe, hasta Berlín. Son años de guerra en la pasada centuria. Pero la capital francesa, cuna de tantos ismos y tantas vanguardias artísticas se amolda mejor a este Häendel que luce en el Real.

Poco importa la anécdota clásica de Parténope y el lío de nombres masculinos y femeninos acentuado con la transfiguración de algún que otro personaje. (A la salida se escuchan dudas entre el público por el trajín amoroso de los actuantes).

Lo que destaca de esta ópera es en cierta manera el montaje, con pretensiones innovadoras conseguidas, eso sí, y con alguna moñez, a puro injerto, concesión al auditorio, mayoritariamente español: compases de castañuelas y un ¡¡olé!! coral de los maestros de la orquesta. Superfluo. Topicazo.

En fin…que si uno tiene prisa y se quiere ir después del primer acto, no se pierde gran cosa y si llega tarde al segundo o incluso al tercer acto, por eso de decir: “he estado en la ópera”, pues también.

Es lo que ocurre con compositor alemán: que lo da todo de buenas a primeras, se viene arriba desde el principio y luego decae en una constante repetición que por mucho estirar, aburre.

Glamur en unos espacios amplios, de diseño moderno, muy iluminados, paredes blancas resplandecientes y todo lleno de sofisticación en los que la protagonista se mueve cual Coco Chanel en sus salones de alta costura. Amigos ociosos que pasan el tiempo con flirteos, candidatos que anhelan a la dama, desengaños, “amour fou” y locura de amor…supuestamente clasicismo en la actualidad. Soldados preparados para la contienda bélica ataviados de trajes de impecable factura, venganza y recelo, sospecha y sexo atisbado y poco más. Muy barroco.

Mucho rock and roll travestido en coreografías de Cabaret (casi adivino a Ute Lemper y a Liza Minelli), claqué suave y divertido. Lo mitológico se mezcla con lo metafórico, realidad y simbolismo sin solución de continuidad.

Mejor no seguir el texto y dejarse llevar por la melodía y las voces, algunas sin resuello y otras espléndidas.

Satén, encaje y transparencias evanescentes. La música, marcial y potente, casi siempre bailable.

Me advierten que el público está poco implicado en comparación al día del estreno joven… será que la edad también define ánimos y marca ritmos.

Se suceden las rivalidades y la sensualidad, poco sugerida y bastante nítida. A flor de piel las emociones, en la escena todos plasman sus quejas y dolores, el penar que provoca Cupido al no acertar con la dirección de las flechas mientras pasamos del salón a la habitación y a través del pasillo, terminamos de nuevo en la estancia más lujosa del apartamento a doble altura, que ha enmarcado toda la obra.

Sombras chinas y juegos manuales proyectados a modo de holografía; mucha fiesta, un feliz vivir de los protagonistas que han saltado de la antigüedad a la modernez: copas y chisteras, tacones y tul, máscaras y fotos. Final feliz: desenlace resuelto y todos tan contentos.

Por cierto, de las bambalinas a las butacas: mi hijo tuiteando con los cantantes en los minutos previos a que suban el telón. Convendría engrasar la maquinaria porque observamos su ascenso a trompicones.

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