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Bardem en los días de enero


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Juan Antonio Bardem (primero en la esquina inferior izquierda en primera fila) en un acto público del PCE. / Wikipedia Juan Antonio Bardem (primero en la esquina inferior izquierda en primera fila) en un acto público del PCE. / Wikipedia

Era una España en blanco y negro. No recuerdo los colores, tal vez porque el NODO reflejaba los días que vivíamos y las películas en color venían de América. La primera vez que vi las películas La muerte de un ciclista, o Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem, me dejaron una sensación inquietante. Las recuerdo como películas que iban creando un recorrido circular, un horizonte de sucesos tras el cual sólo cabía caer en un agujero negro.

Intento recordar los colores del Madrid al que llegaron mis padres como inmigrantes, cargados con un niño y una niña y Madrid no tenía colores, tal vez porque lo recuerdo en las fotos sepia, mate, en las que la niña y el niño intentaban aprender a vivir entre las zanjas que olían a gas que terminaba por romper las gruesas tuberías.

El olor de gas, el olor del carbón de los trenes, el humo del gasóleo de los autobuses y de la gasolina de los coches, impedían que cualquier luz penetrase en nuestras vidas. Por allí estaban los tres B del cine español, aunque por aquellas fechas los tres B eran tan sólo dos, a saber Luis Berlanga y Juan Antonio Bardem.

El tercero, Luis Buñuel, no andaba por aquí, ni nadie se molestaba en hablarnos de él, ni podíamos ver sus películas, ni en el cine, ni en la televisión de dos canales, que era todo a cuanto podíamos aspirar por aquellos tiempos. La mayoría de sus películas, como Viridiana, La Edad de Oro, o Simón del desierto, tuvimos que verlas tras la muerte del dictador.

Tan sólo cuando el surrealismo del director desbordaba la inteligencia de los censores, pudimos ver con cierto retraso películas como Tristana, o el Angel exterminador, que eran casi siempre proyectadas en sesiones de cine estudio para entendidos. Alguna, como Belle de jour, consiguió el estreno tres meses antes del fallecimiento de Franco. Sin embargo Berlanga y Bardem, son más jóvenes que Buñuel, pertenecen a la misma generación y se estrenan juntos en el cortometraje con Paseos por una guerra antigua, en 1948, y en el largometraje con aquella encantadora Esa pareja feliz, en 1951, en la que, además, fueron coguionistas.

Pero no fueron sólo sus inicios en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográfico los que les unieron. También repitieron experiencia en Bienvenido Mister Marshall, que consiguió el premio a la mejor comedia en el Festival de Cannes.

Si Berlanga tuvo un merecido y general reconocimiento con motivo del centenario de su nacimiento, hace un año y pudimos volver a La vaquilla, La Escopeta Nacional, Plácido, El verdugo y otras tantas obras maestras, las noticias sobre el centenario de Juan Antonio Bardem han sido mucho más escasas.

He leído reseñas y reconocimientos en diversos medios. Algunos han realizado programas conmemorativos dedicados a Bardem. No pretendo, ni mucho menos, comparar las dos figuras incomparables, pero sí resaltar que promover el olvido parece un objetivo más evidente en el caso de Bardem.

Sería fácil recurrir al hecho explicativo de que Bardem era comunista y serlo hoy en día está mal visto. Es cierto que su vinculación comunista hizo que la censura se volcase con insistencia en la persecución de su cinematografía. Nunca quiso exiliarse, tuvo que convertir su labor creadora en un ejercicio constante para sortear la persecución y el ojo siempre alerta de los mediocres grandes hermanos obsesionados con su filmografía y, tal vez por ello, cuando recuperamos la mínima libertad para crear, el relevo de nuevas generaciones que apuntaban con fuerza, era casi inevitable.

Aún así Juan Antonio Bardem se lanzó a experimentar nuevas fórmulas, como el cine sociológico de El puente, el cine social de Jarabo, o el cine que se adentra en nuestra triste historia, como Lorca, muerte de un poeta, o El joven Picasso.

A este cine pertenece Siete días de enero, estrenada en 1979, que recrea con tremenda fidelidad, aquellos días en los que la democracia española estuvo amenazada. Aquellos momentos de finales de enero de 1977, en los que los secuestros de generales y altos cargos del Régimen, los asesinatos terroristas de la ultraderecha y el asesinato de los Abogados de Atocha estuvieron a punto de dar al traste con la experiencia democrática.

El 24 de enero de 1977, la muerte y la sangre en el despacho laboralista de Atocha 55, vertida por pistoleros de la ultraderecha, marcaron el final de la dictadura y el compromiso, no sólo de la clase trabajadora, sino de todo el pueblo, con un futuro en libertad y democracia.

La impresionante, ordenada y masiva manifestación que acompañó a los asesinados sólo podía tener una respuesta, la de la legalización del Partido Comunista en la Semana Santa de aquel año y de las organizaciones sindicales un poco más tarde, el 27 de abril.

Los Siete días de enero, de Bardem, han sido siempre un aldabonazo en mitad de las conciencias de toda España, un motivo no sólo para el recuerdo, sino para el ejemplo que debe anidar en nuestra juventud, si queremos que la libertad y los derechos sigan siendo esenciales en nuestras vidas. Nuestra luz y el color de nuestros días.

Maestro en la Educación de Adultos, escritor y articulista en diferentes medios de comunicación. Fue Secretario General de CCOO de Madrid entre los años 2000 y 2013, años duros de corrupción y miseria política antisindical. Durante los cuatro años siguientes fue Secretario de Formación de la Confederación Sindical de CCOO.

Patrono de las Fundaciones Ateneo 1º de Mayo y de la Abogados de Atocha. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentran El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de nos Nadie, o Cuentos en la Tierra de los Nadie. Ha sido ganador de más de veinte premios de poesía y cuento, en diferentes lugares de España y América Latina.

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