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Mayorga o la pasión por el teatro


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Desde que llegué a Madrid, hace 43 años, he sido espectador habitual y apasionado del teatro, ese arte, que según definición genial de Jorge Luis Borges, consiste en que el actor finge que es otro, en tanto el público finge que se lo cree. Un pacto de fingidores que permite al autor sacar a escena los grandes asuntos del corazón humano. Hace tiempo que no se escucha esa cantinela, mantra dicen ahora, de que el teatro está en crisis. Para nada, salvo que tomemos el término crisis en su sentido etimológico y lo entendamos como análisis y cambio profundo. Entonces, sí, entonces el teatro es el arte de la crisis permanente desde hace 25 siglos largos, desde que Esquilo estrenó “Los persas” en Atenas. ¡Qué noche la de aquel día!

La antorcha del arte dramático va atravesando los siglos, las generaciones y los países, y cada noche, cada tarde se levantan miles de telones y millones de espectadores acuden a las salas para contemplar a actrices y actores que los van a engañar diciéndoles verdades incómodas, haciéndoles llorar o reír. En España, el arte dramático vive un buen momento, y entre los nombres de los dramaturgos destaca uno por encima de los demás, Juan Mayorga, flamante premio Princesa de Asturias de las Letras. La importancia de su obra dramática es inversamente proporcional a su vanidad, de suerte que es difícil encontrar, yo no conozco ninguno, un caso de un escritor tan destacado que sea tan transparente, tan modesto, sin falsos abanicos. En su repertorio destacan obras como “Himmelweg”, “Reikiavik”, “Cartas de amor a Stalin”, “Golem” o ”La tortuga de Darwin”, aunque podrían citarse muchas otras, ya que es un autor muy prolífico, y raro es que no haya una pieza suya en los escenarios, no solo de España, sino de diversos países de Europa, de América o de Asia, como Corea del Sur, donde es un autor muy apreciado.

Mayorga destaca por su inteligencia preclara, que le permitió estudiar simultáneamente Matemáticas y Filosofía, materia en la que es doctor, pero sobre todo por su curiosidad, por su compromiso radical, por estar atento a las cosas de la vida y por su potencia creativa. Es miembro de la RAE, donde tiene como compañero de silla a otro importante hombre de la escena, José Luis Gómez. Las reflexiones de Mayorga sobre el arte escénico son originales y cargadas de hondura. Así, considera que el teatro debiera ser un lugar que pusiera en guardia a los cobardes, por el temor a verse reflejados, de manera que tan pronto como un pusilánime se encontrara con un teatro saliese huyendo. Y señala, desde la hipérbole, que hay que soñar con escribir obras tras cuya representación un espectador, quizás, decida no volver a casa, porque su vida ha cambiado, o si vuelve, tal vez no lo reconozca su familia.

El Holocausto es un asunto muy cercano en su inquietud como dramaturgo, y estima que hay que afrontarlo procurando que el espectador no se desplace al lugar de la víctima, sino que se replantee hasta qué punto él puede ser un verdugo, o un cómplice. Por eso mismo, y en contra de un cine exitoso, como el de Spielberg, piensa que no hay que crear en el espectador la falsa ilusión de que él estuvo allí, sino ser muy conscientes de que ni el autor ni el público conocieron aquel infierno, que no pueden hablar de ese extraordinario y terrible acontecimiento más que de manera indirecta.

Estos días he estado con él en Asturias, preparando un reportaje para “Informe Semanal”. No ha sido la primera vez que por mi oficio he tenido la fortuna de entrevistar a este hombre amable, a este creador admirable. De vez en cuando lo han comparado, por su calidad dramática, con Buero Vallejo, aunque el director de escena, Andrés Lima, me decía que en su opinión lo ha superado, y que está ya en la longitud de onda de gigantes como García Lorca o Valle-Inclán. En abril estrena en “La abadía”, el teatro que dirige, “María Luisa”, una comedia sobre los sueños y las pesadillas de una anciana solitaria. “Todos somos el sueño de alguien, desdichado el que no tenga quien le sueñe”, dice un personaje, con penetrante eco calderoniano. Ya saben, se llama Juan Mayorga, y es nuestro mejor dramaturgo. No le pierdan la pista.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.

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