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EL PERIÓDICO
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Mercedes Peces Ayuso

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

El centinela y el coronavirus

«Así pues [los exploradores interestelares] dejaron un centinela, uno de los millones que deben de existir esparcidos por todo el universo, vigilando los mundos en los cuales vibra la promesa de la vida». El centinela, Arthur C. Clarke.

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Casa de muñecas con coronavirus

«HELMER: Nora, por ti hubiese trabajado con alegría día y noche, hubiese soportado penalidades y privaciones. Pero no hay nadie que sacrifique su honor por el ser amado.


NORA: Lo han hecho millares de mujeres». Casa de muñecas. Henrik Ibsen.

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El árbol de la ciencia o la lucha por salir del coronavirus

«Ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo». El árbol de la ciencia, Pio Baroja.

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Drácula y el vampiro del coronavirus

«He tratado de mantener una mente abierta; y no son las cosas ordinarias de la vida las que pueden cerrarla, sino las cosas extrañas; las cosas extraordinarias, las cosas que lo hacen dudar a uno si son locura o realidad». Drácula, Bram Stoker.

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El juego de los abalorios predice el coronavirus

El juego de los abalorios predice el coronavirus</p«Recuérdalo: se puede ser un lógico estricto o un gramático y, al mismo tiempo, estar colmado de fantasía y de música. Se puede ser músico o jugador de abalorios y, contemporáneamente, estar entregado por entero a la ley y a la regla». El juego de los abalorios, Herman Hesse

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El tambor de hojalata redobla el coronavirus

«¿Qué más diré? Nací bajo bombillas, interrumpí deliberadamente el crecimiento a los tres años, recibí un tambor, rompí vidrio con la voz, olfateé vainilla, tosí en iglesias, nutrí a Lucía, observé hormigas, decidí crecer, enterré el tambor, hui a Occidente, perdí el Oriente, aprendí el oficio de marmolista, posé como modelo, volví al tambor e inspeccioné cemento, gané dinero y guardé un dedo, regalé el dedo y hui riendo; ascendí, fui detenido, condenado, internado, saldré absuelto; y hoy celebro mi trigésimo aniversario y me sigue asustando la Bruja Negra. —Amén». El tambor de hojalata, Günter Grass

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Tiempo de silencio grito de coronavirus

«Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. (…). Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo». Tiempo de silencio, Luis Martín-Santos

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La muerte en Venecia espera al coronavirus

«La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietamente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito». La muerte en Venecia, Thomas Mann.

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Orlando frente a coronavirus

Hay tres Orlandos literarios: Orlando enamorado, de Matteo Boiardo, Orlando el furioso, de Ludovico Ariosto y continuación del primero, y Orlando, de Virginia Wolf. Me gustan los tres, pero hoy me quedo con el último, que ha visto más siglos y ha atravesado más océanos. También hay una película estupenda con el mismo nombre y Tilda Swinton basada en la novela de Virginia Wolf.

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Otra vuelta de tuerca o de coronavirus

«Cuantas más vueltas le doy más cosas comprendo, y cuanto más cosas comprendo más miedo me da» (Otra vuelta de tuerca, Henry James)

Hablemos de fantasmas, de abducción y de pérdida de la inocencia. Con una sola condición: nunca debemos importunar al señor que nos paga.

Me asusta saber que no podemos reducirlo al relato de alguien que ve visiones; no obstante, todo depende del punto de vista que decidamos adoptar en esta realidad-verano de 2020. Tampoco debemos realizar una simple transferencia del miedo en la que los sobreentendidos nos sigan jugando una muy mala pasada. El entramado de sospechas, suposiciones y evidencias cambiantes acerca del coronavirus hace que el miedo se propague por todos nosotros. Ante este panorama mi primera duda es: ¿quiénes somos, la institutriz mentalmente desequilibrada o los seres malignos que atormentan a los vivos?

Yo ya no sé si es que oigo voces apocalípticas en mi cabeza o si realmente las escuché en algún medio de comunicación anunciando el terror como arma arrojadiza. A la velocidad con que son desmentidas y sustituidas por otras nuevas noticias me hace pensar que estoy siendo víctima de la histeria colectiva, pero me niego a que me falle el corazón y me quede in albis sin saber cómo termina esta apasionante historia de apocalipsis fantasmal mundial. En realidad, creo que empiezo a tener algo de señorita solterona decimonónica inglesa, con una fantasía más que notable y tendencia a elucubrar ̶ yo creo que ya más por puro aburrimiento y enfado ante lo que estamos viviendo que por creencia inamovible. En fin, que me aburro tanto como la institutriz en el caserón de la campiña británica y voy a terminar más loca que Nicole Kidman en Los otros. Esos mismos otros que nos están haciendo dudar de la realidad y que nos atenazan con el miedo, sea este real o no, sabiendo que es el sentimiento más poderoso. El otro es el amor, pero ese no lo practican. Entre medias, nos han vendido una novela de terror con un punto de inflexión magistral en el que no sabemos si todo es producto de nuestra imaginación o si de verdad es para morirse de miedo.

Así que cuanto antes lo entendamos mucho mejor, porque será menos probable que perdamos la perspectiva; y mientras más alejados nos mantengamos de presencias malignas, de botarates de una y otra ideología al mero servicio de su propio bienestar y de esos profetas cargados de buenas intenciones (como el ama de llaves del libro) que terminan endiosándose y creyendo que su misión mesiánica es el fin último y por la que no dudarán en sacrificar todo cuanto se interponga en su camino dando todas las vueltas de tuerca que sean necesarias, más probable es que no perdamos el norte y salgamos de esta. Así que vamos a ver si espabilamos ya y nos despertamos de este sueño de sombras chinescas.

Hay que hacerlo pronto, que se avecina el otoño y quedarse encerrado en casa abre las puertas a muchos demonios. Que nos corran las cortinas. 

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El corazón de las tinieblas del coronavirus

«Hay un aire de muerte, una idea de la mortalidad en la mentira que es de forma precisa lo que más odio y detesto en el mundo, lo que más me gustaría olvidar» (El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad)

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El guardián entre el centeno oculta el coronavirus

«La verdad es que no hay nada como decir algo que nadie entienda para que todos hagan lo que te dé la gana». El guardián entre el centeno, J. D. Salinger.

He aquí la verdad perfecta que se aplica al campo de cultivo en el que se oculta nuestro coronavirus, porque esta novela de Salinger es ideal para el aprendizaje y porque, aunque parezca estar dirigida a un público joven, el coronavirus ha retorcido tanto nuestras neuronas que apenas notaremos la diferencia, garantizado. Es un relato que va sobre el aprendizaje y la maduración, el choque contra la fea realidad y la asertividad. Es exactamente como estamos ahora, intentando equilibrar esta locura. La angustia existencial de Holden es tan sintomática como el coronavirus: aparentemente impredecible y profundamente contagiosa, además de inoportuna, errática y falta de sentido. Y con tan escasa acción como nuestra vida actual.

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Un mundo feliz de coronavirus

En mi nuevo mundo felizmente distópico nada tengo que envidiarle al de Aldous Huxley. Vivo en un lugar donde apenas tengo la oportunidad de suscribir su «reclamo el derecho a ser desgraciado», bien cargadita como voy de soma hipnopédico, ese al que todos nos hemos entregado ardientemente en estos tiempos de somnolencia y lenitud. ¿En qué momento le pasamos el control total de nuestras vidas y libertades al Estado? ¿Cuándo comenzó en realidad nuestro condicionamiento? Y si me lo estoy preguntando, ¿no es señal de que empiezo a cuestionármelo? ¿Voy inclinándome por el lado del buen salvaje de Rousseau, soy una especie de John atormentada o una Lenina orgiásticamente instalada en millones de eslóganes que manipulan y concentran mi mente y mis sentimientos deslizándose por el canal por el que ya circulan los de otros cientos de miles más de aborregados por la pandemia?

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Noches blancas de coronavirus

¿Conoces ese instante de alivio que parece cercar la soledad en una noche lechosa antes de que el triste amanecer lo vuelva a difuminar y la amistad no sea siempre correspondida? Ese es el momento de mi encuentro fortuito con las grandes pasiones del ser humano a la luz borrosa del coronavirus.

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Las uvas de la ira germinan con el coronavirus

«En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, […] listas para la vendimia». John Steinbeck, Las uvas de la ira.

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Opiniones de un payaso llamado Coronavirus

Como Hans Schnier, padecemos de un temprano declive. Como este joven payaso, alemán por casualidad y arquetipo universal de 28 años, elegimos la nariz roja, los zapatones y la máscara para lanzar impiedades e ironías coronavirusianas desde nuestro disfraz de locos y así poder diseccionar nuestra sociedad de principios de siglo XXI desde la lectura de este libro de 1963. Un año, 2020, para el olvido. O mejor dicho, para hacer la cuenta de la vieja y recomenzar, que no comenzar de cero. Un momento viral para deshacerse de las raíces familiares y socioculturales que ya no funcionan y cuyo seguimiento nos ha conducido a una deriva de callejón sin salida. La quiebra de las voluntades, junto a la de la sociedad, producida por un virus microscópico, es la analogía perfecta del ángel exterminador más letal y aterrorizador que nuestra pansociedad conectada haya conocido jamás.

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Sin noticias de Gurb ni de Coronavirus

No es que yo quiera insinuar que ambos vayan juntos de la mano, pero de alguna manera la desaparición del primero ha puesto en primer plano al segundo. Mira que ponerse de nombre este virus… a veces creo que digerimos mal las informaciones que leemos sobre este planeta raruno. Empezaré el periplo de vuestra búsqueda a ver si os encuentro por este mundo absurdo. Así que me veo obligado a adquirir corporeidad para pasar desapercibido. Mimetizarse con el ambiente es la mejor opción para sobrevivir, pero en este lugar la gente está especialmente crispada y en cuanto se acerca un perro a preguntarles si conocen a Coronavirus, salen escopetados. Igual también debería haberme encarnado en una cantante guapa y famosa, porque en cuanto me acerco a preguntarles meneando el rabito amablemente, con intenciones honestas, en absoluto invasoras y para nada colonizadoras, salen disparados en dirección contraria gimoteando a velocidades galácticas, murmurando entrecortada y profundamente aterrorizados algo así como: «nosemeacercemantegaelmetrodedistanciadeseguridadpordiosss».

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Mefistófeles agazapado en el coronavirus

Si Fausto volviera a pactar con este diablo, esta vez lo tendría mucho más fácil.

A derecha e izquierda, arriba y abajo, demonios dispuestos a presentar el pergamino para que firmen las miles y miles de víctimas de este vacío existencial agudizado por las muchas horas de reflexión que este confinamiento nos ha regalado. Todo para bien o para mal, pues, en definitiva, parece que estamos vendiendo nuestros principios o nuestras almas. Al comienzo, como Fausto, solo queríamos dominar las cosas de nuestro entorno, lo cotidiano, lo tangible, aquello que respiramos y que nos provoca aversión o diversión, pasión o terror, miedo y sobresalto y este mefistofélico virus nos lo ha mostrado. Tanto, que lo que parecía ser parte racional y conocida de nuestro mundo ha pasado a conformar un mar de brumas en lo que lo emocional y subjetivo campa como las letras de un pagaré vendiendo las almas en fila, como si un famoso autor firmara su libro en la antesala del infierno.

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¿Aleph o coronavirus?

En el cuento infinito de Borges, el Aleph es ese lugar mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos (presente, pasado y futuro), ocupan «el mismo punto, sin superposición y sin transparencia» y en nuestro cuento de vida finito, ese punto es la representación gráfica de la esfera del coronavirus, una circunferencia de pocos centímetros que nos ha dejado visiblemente desnudos.

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Almas muertas para engordar el coronavirus

«Por estúpido que sea lo que dice el necio, en ocasiones es más que suficiente para confundir al hombre inteligente», Gogol, Almas muertas

A veces, la realidad supera la ficción y, a veces, las almas muertas también se compran y registran como seres existentes.

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Urraca, señora de Zamora y la última custodia del Grial

Urraca Fernández, infanta de Castilla y de León es la primogénita del rey más importante de la península ibérica en el siglo XI, Fernando I conde de Castilla y rey de León al desposarse con Sancha I de León. Se supone que nació entre 1033 (M. Pidal) y 1037 (Sánchez Candeira), en todo caso antes de que sus padres accedieran al trono de León en 1038 según la Crónica Silense. Tanto ella como sus cuatro hermanos: Sancho, Elvira, Alfonso y García, por este orden, fueron educados como infantes en las siete artes liberales. Urraca se ocupó tempranamente de la educación de su hermano Alfonso, el futuro Alfonso VI, unos ocho años menor que ella, por el que siente predilección y con el que tendrá una estrecha relación toda su vida. Cuando su padre Sancho I fallece en 1065 el testamento real, lejos de traer la paz pretendida y conformar a los hermanos, será fuente de disputas territoriales con graves consecuencias, pues el rey ha decidido no seguir el derecho visigodo y leonés que adjudicaba la herencia al primogénito, sino el navarro, y así reparte sus tierras entre sus tres hijos varones (a Sancho Castilla, para Alfonso León y las parias de Toledo y a García Galicia y Portugal), dejando a su dos hijas el patronato y los diezmos de todos los monasterios regios ̶ con la condición de que se mantuvieran célibes ̶ y cierto poder en ciudades y predios fronterizos, manifestado aquí bastante tino político, pues bien sabía el rey que los árabes andalusíes interpretaban el Corán según la escuela jurídica malikí1, que prohibía combatir contra mujeres, lo que aseguraba esas tierras.

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