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Agronomía e Ilustración: de Feijoo a Campomanes

La enseñanza de la agricultura constituye uno de los medios para la difusión de la revolución agrícola en la crisis del Antiguo Régimen, es decir, para el conocimiento de los nuevos tipos y sistemas de cultivo, aperos, herramientas, abonos y todo lo relacionado con los aspectos técnicos que estaban transformando la agricultura en Inglaterra y en otros lugares de Europa occidental en el último tercio del siglo XVIII, y no tanto de los aspectos relacionados con la estructura de la propiedad más vinculados con la revolución agraria, y que necesitaban reformas profundas que podían trastocar los pilares sociales del poder de la época. En este trabajo estudiamos el pensamiento de los ilustrados españoles sobre la enseñanza agronómica, desde Feijoo a Campomanes.

El primer autor español del siglo XVIII que se interesó por la enseñanza agrícola fue Benito Jerónimo Feijoo. Si en muchas cuestiones se le puede considerar el autor que inauguró el siglo de las luces en España, en la enseñanza de la agricultura también es el que desbrozó el terreno de varias cuestiones básicas que los ilustrados y los tardo-ilustrados discutieron durante un siglo. En “Honra y provecho de la agricultura”, Feijoo se quejaba de la falta de libros que tratasen en España de temas agrícolas. El asturiano explicaba que los que se dedicaban a la agricultura no leían libros, pero eso no debía ser un obstáculo, ya que con que hubiera alguien que los leyera ya serían útiles porque estos lectores se encargarían de difundir las instrucciones correctas a los labradores. Así pues, Feijoo estaba defendiendo el papel de la cultura escrita propia del movimiento ilustrado. No cabe duda que influyó en la preocupación a favor de la publicación de obras y de traducciones de obras extranjeras de agronomía. Pero habría otro problema relacionado con la escasez de bibliografía agronómica. Al parecer, imperaba en la época la idea que con uno o dos libros bastaba para desarrollar la agricultura. En España se contaba con dos obras clásicas, la Agricultura de Gabriel Alonso de Herrera del siglo XVI, y el Llibre del secrets de Agricultura de Fray Miguel Agustín, prior del Temple en Perpiñán, del siglo XVII. Feijoo se guardaba mucho de criticar estos dos manuales, pero no le parecían suficientes, ya que no abarcaban todos los conocimientos necesarios, y porque gran parte de las enseñanzas contenidas en sus páginas no se podían aplicar a todas las tierras y lugares. En realidad, Feijoo estaba defendiendo la necesidad de obras para la realidad presente sin menospreciar las aportaciones clásicas del pasado.

Otra idea que tendría mucha fortuna en el pensamiento del siglo tenía que ver con el problema del aprendizaje consuetudinario en agricultura. Junto con la transmisión de prácticas útiles, se perpetuaban otras completamente erróneas, inercias que dificultaban el progreso económico. Este tipo de aprendizaje era rechazado porque no se basaba en principios científicos, fruto de la observación y de la reflexión, es decir en un método científico guiado por la razón y la experiencia. Es evidente que se estaba haciendo una defensa de la agricultura como ciencia útil por razones evidentes para el sustento humano. Esta sería la segunda idea que más influyó en el movimiento ilustrado.

En conclusión, Feijoo consideró imprescindible que se dedicase atención a la enseñanza de la agricultura en función de su importancia, para luego lamentarse por la situación del abandono de la agricultura y de los labradores en España, dedicando una especial atención al problema de arar con mulas.

La preocupación por la enseñanza de los labradores fue recogida por Ward, planteando de nuevo la necesidad de que la difusión de los nuevos avances en agricultura quedaría en nada sin no se enseñaba de manera práctica a los labradores. El irlandés no fue mucha más allá y no explicaría qué métodos habría que establecer para conectar la ciencia con la práctica de los campesinos. La Ilustración terminaría por estar obsesionada con la idea de cómo acercar los avances de la nueva ciencia agronómica a los labradores, habida cuenta de la falta general de instrucción, para que fuera aplicada.

Campomanes escribió Idea segura para extender y adaptar en España los conocimientos verdaderos de la agricultura en el año 1763. En esta obra abogaba por la creación de academias por todo el país para difundir los nuevos avances de la ciencia agronómica. En la corte se abriría una sociedad o academia de agricultura que centralizaría y coordinaría los esfuerzos de todas. Además, esta central se encargaría de recibir las noticias del extranjero sobre los distintos progresos de la ciencia agronómica, y los difundiría a través de estas academias periféricas. También se publicarían obras españolas, se reeditarían los clásicos y se traduciría lo mejor publicado en otras lenguas. En estas academias se harían experimentos para demostrar los avances, así como se fabricarían instrumentos y se probarían en la práctica. En los inicios, sus miembros debían ser personas “hábiles y celosas de todas clases”, seguramente para poder ponerlas en marcha con rapidez, dada la utilidad que se perseguía. Pero, luego, una vez asentadas estas instituciones, convendría que los académicos fueran elegidos entre individuos de probada sabiduría en la materia, acreditada en publicaciones, invenciones de instrumentos, máquinas o nuevos métodos agrícolas. Como vemos, estas academias no se contemplaban como escuelas o cátedras para enseñar con un programa más o menos reglado de la ciencia agronómica a propietarios y/o campesinos, alumnos de agronomía o interesados en general. Tampoco lo serían las Sociedades Económicas que, al final de un largo proceso de maduración del autor, comenzado en la Idea, terminarían siendo las instituciones que promovió. Pero, es evidente, que, con el tiempo estas corporaciones, no sólo divulgarían la nueva ciencia con todos esos medios citados, sino que fomentarían la creación de escuelas o cátedras de agricultura en su seno o en otras instituciones.