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Víctor Adler, el socialismo y el problema austriaco por Émile Vandervelde

Con motivo del cuadragésimo aniversario de la fundación de la Socialdemocracia austriaca, que se celebraría el 31 de diciembre de 1928, se le pidió al destacado líder socialista belga Émile Vandervelde que glosara la vida de Víctor Adler, fundamental socialista austriaco, para un artículo en el Kampf de Viena. Adler había fallecido diez años antes, en noviembre de 1918.

En este trabajo nos acercamos al artículo del socialista belga porque supone una fuente interesante sobre el papel del socialdemócrata austriaco en relación con la vertebración del Imperio austro-húngaro, sobre los problemas nacionalistas y el fin de dicho Estado justo en el final de la vida de Adler.

Debemos recordar que Víctor Adler (1852-1918) es uno de los padres de la Socialdemocracia austriaca cuando se fusionaron distintas formaciones a finales de la década de los años ochenta del siglo XIX. Por su parte, Émile Vandervelde (1866-1938), además de ser uno de los principales líderes del Partido Obrero Belga, jugó un destacado papel en la Segunda Internacional, además de ser en varias ocasiones ministro.

Vandervelde tuvo que acudir a sus recuerdos sobre Adler cuando ambos estaban trabajando en la Oficina Socialista Internacional, una relación que cortó la Gran Guerra, como a la propia Segunda Internacional. Vandervelde recordaba la última vez que vio a Adler, en el famoso mitin del 29 de julio de 1914 donde habló Jaurés, la primera víctima del conflicto, un asesinato que, creemos, puede ser considerado un símbolo del fracaso del socialismo internacional ante el estallido del conflicto. Así pues, a partir de entonces, solamente pudo conocer la vida de Adler a través de escasas noticias de prensa, y, sobre todo, por lo que había escrito a su muerte personajes como Otto Bauer, Seidtz y otros. En este sentido, Vandervelde aprovechaba su escrito para recomendar públicamente que Huysmans tradujera y publicara en L’Avenir Social el artículo que Seidtz había escrito recientemente.

Para el socialista belga Adler se había consagrado a la causa socialista en Austria, pero, además, a la defensa de un estado democrático donde cupieran todas las nacionalidades, es decir, aludía a uno de los grandes temas del marxismo austriaco, el vinculado con la necesidad de satisfacer las demandas nacionales de cada pueblo, pero en una unión democrática.

Vandervelde observaba que mientras en el primer objetivo el austriaco se podía considerar que había triunfado, no ocurría lo mismo en el segundo, ya que había derrochado esfuerzos infructuosos para impedir la disgregación de un Estado que, realmente, solamente estaba unido por la institución monárquica. La Gran Guerra precipitaría su final.

Adler estuvo enfermo en la época de la contienda, pero también se sentía “herido” moralmente, viviendo una especie de contradicción, ya que, si por un lado, como socialista fue un intenso opositor de los Habsburgo, considerando que el emperador Francisco José tenía una responsabilidad directa en el estallido de la guerra, por otro, queriendo derribar la Monarquía deseaba conservar el Estado, algo imposible con la derrota. El problema de Adler era el problema de la Socialdemocracia austriaca.

Pero la Historia se precipitó cuando el 3 de octubre de 1918, el emperador Carlos, ante lo irremediable, buscó el apoyo de las fracciones parlamentarias para llegar al armisticio. Adler acudió, pero al llegar a la audiencia se desmayó, siendo atendido por la propia emperatriz Zita. Vandervelde veía en este hecho reminiscencias de Shakespeare, “el encuentro de un mundo que se va y de un mundo que viene”. Pero el viejo socialista consiguió recuperarse pronunciando un discurso en el que establecía la responsabilidad de poner fin a la guerra a quienes habían asumido la responsabilidad de comenzarla.

Los hechos se aceleraron, como es sabido, ya que seis semanas después llegaba el armisticio, y luego la revolución. Se constituyó un gobierno provisional donde Adler entraba como ministro de Estado, es decir, de Asuntos Exteriores, pero su corazón se rompió de inmediato. Si Jaurès murió la víspera de la guerra, Adler fallecía el día después de la paz, dos hechos igualmente trágicos para Vandervelde. Moría unas horas antes de que se proclamase la República.

Hemos consultado el artículo en español en el número 6204 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.