LA ZURDA

Los socialistas en el 58 aniversario de la renuncia de Amadeo de Saboya en febrero de 1931

El 11 de febrero de 1931 se cumplió el 58 aniversario de la abdicación del rey Amadeo de Saboya, hecho que fue recordado en El Socialista con la publicación de la renuncia de dicho monarca, la contestación de las Cortes a la misma, y un breve comentario. No deja de ser significativo que los socialistas recordaran este hecho en ese momento de lucha contra la Monarquía de Alfonso XIII, y más aún por las lecciones que se podían derivar de aquella renuncia en el presente.

Los socialistas resaltaban que el 11 de febrero de 1873 se produjo un hecho insólito en la Historia contemporánea española porque en esa fecha se firmó la renuncia de un monarca a la Corona, que ceñía no por herencia ni por derecho de conquista. No se quería evaluar el acierto o error de haber elegido a Amadeo de Saboya como rey, sino resaltar el hecho de que, si dicho rey había fracasado como monarca, “y no precisamente por culpa suya” (apreciación a tener en cuenta), como “hombre de honor” quedó como ejemplo para los demás reyes, negándose a sostenerse a través de camarillas, ni a negociar (entendiendo negociar como maniobrar) en la sombra en menoscabo de su juramento de lealtad. No hacía falta decir mucho más en aquel momento.

Por esa última razón los socialistas creían que era muy conveniente, en ese momento, más que en cualquier otro, reproducir el mensaje que el rey envió a las Cortes para justificar su renuncia, así como la contestación de las mismas.

En este sentido recordamos el texto de la renuncia:

“Al Congreso: Grande fue la honra que merecí a la nación española eligiéndome para ocupar su trono; honra tanto más por mi apreciada, cuanto que se me ofreció rodeada de las dificultades y peligros que lleva consigo la empresa de gobernar un país tan hondamente perturbado.

Alentado, sin embargo, por la resolución propia de mi raza, que antes busca que esquiva el peligro, decidido a inspirarme únicamente en el bien del país, y a colocarme por cima de todos los partidos, resuelto a cumplir religiosamente el juramento por mí prometido a las Cortes Constituyentes, y pronto a hacer todo linaje de sacrificios por dar a este valeroso pueblo la paz que necesita, la libertad que merece y la grandeza a que su gloriosa historia y la virtud y constancia de sus hijos le dan derecho, creí que la corta experiencia de mi vida en el arte de mandar seria suplida por la lealtad de mi carácter, y que hallaría poderosa ayuda para conjurar los peligros y vencer las dificultades que no se ocultaban a mi vista, en las simpatías de todos los españoles amantes de su patria, deseosos ya de poner término a las sangrientas y estériles luchas que hace tanto tiempo desgarran sus entrañas.

Conozco que me engañó mi buen deseo. Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatiros; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males dé la nación son españoles, todos, invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cual es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.

Lo he buscado ávidamente dentro de la ley, y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla. Nadie achacará á flaqueza de ánimo mi resolución. No había peligro que me moviera a desceñirme la corona si creyera que la llevaba en mis sienes para bien de los españoles, ni causó mella en mi ánimo el que corrió la vida de mi augusta esposa, que en este solemne momento manifiesta, como yo el vivo deseo de que en su día se indulte a los autores de aquel atentado. Pero tengo hoy la firmísima convicción de que serían estériles mis esfuerzos e irrealizables mis propósitos.

Estas son, señores diputados, las razones que me mueven a devolver a la nación; y en su nombre a vosotros, la corona que me ofrecía el voto nacional, haciendo de ella renuncia por mí, por mis hijos y sucesores.

Estad seguros de que al despedirme de la corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarla todo el bien qué mi leal corazón para ella apetecía.

Amadeo. Palacio de Madrid, 11 de febrero de 1873”.

Como fuente hemos empleado el número 6867 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.