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Mujer y carlismo en el primer bienio republicano (1931-1933)

A partir de 1931, el carlismo comenzó un proceso de reunificación, entre sus escisiones mellistas, integristas y jaimistas, que provocó un crecimiento insospechado y cierta modernización sobre todo organizativa. La Comunión Tradicionalista relanzó sus agrupaciones femeninas convirtiéndolas de asociaciones católicas caritativas en secciones políticas a las que otorgó una importancia jamás reconocida anteriormente. No sólo las circunstancias exteriores favorecieron el papel de las tradicionalistas –como la concesión del voto a la mujer- sino que surgió un importante número de mujeres católicas que se distinguieron como propagandistas, beneficiando el crecimiento de la Comunión de tal manera que algunos líderes carlistas no pudieron sino reconocerlo públicamente. Entre ellas –Mercedes Quintanilla, Carmen Villanueva, Clinia Cabañas, las hermanas Balaztena- destacó María Rosa Urraca Pastor. Pronto se unió a la Agrupación de Defensa Femenina que, en la zona vasconavarra, asoció a margaritas, alfonsinas como su amiga Pilar Careaga y, durante un tiempo, a las emakumes del Partido Nacionalista Vasco. Esta asociación de mujeres conservadoras y católicas fue creada en Bilbao y en su primer acto público, celebrado en noviembre de 1931, se encargó a Urraca Pastor la explicación de su programa inicia .

Esta dirigente pronto destacó en la vida política por su enorme capacidad de trabajo y su labor como propagandista, llegando a realizar 50 mítines en cuatro meses. Participó en grandes concentraciones organizadas por la Comunión Tradicionalista, como la realizada en el Frontón Euskalduna de Bilbao, el 17 de enero de 1932, junto a Marcelino Oreja y Joaquín Beunza. Asimismo, fue invitada por círculos locales y provinciales para arengar a las mujeres, obreras y jóvenes. Entre marzo y junio de ese año, la Acción Católica de la Mujer en Andalucía organizó diversos actos públicos en protesta por la política religiosa del gobierno, a los que invitaron a actuar como oradoras a Pilar Careaga y a Rosa Urraca.

Su formación como dirigente de Acción Católica de la Mujer y su trabajo como inspectora de trabajo, hasta su cese por motivos políticos en febrero de 1932, le dotaron de capacidad comunicativa para ser una impactante oradora, además de ponerla en contacto con numerosas redes sociales que se movilizaron contra el gobierno. Su preocupación por las mujeres, hizo que en numerosas conferencias aludiera a la posición que debían tener ante el régimen republicano. En Gijón afirmó que las españolas no estaban representadas en las Cortes y resultaba evidente que hacía falta que estuvieran. Las tres diputadas existentes entonces no tenían “alma española”, por lo que no contaban. Las españolas auténticas eran católicas, por lo que, ante la política religiosa republicana, debían asumir su papel y votar en conciencia a candidatas adecuadas. En Santander afirmó que había llegado el momento de que las mujeres descendieran de las gradas de las iglesias y salieran a la lucha política, modernizando el discurso carlista sobre la mujer.

No fue la única. La mayor parte de los partidos políticos apostó por la politización de las mujeres, pero esta circunstancia no borró las diferencias de sus discursos internos en cuanto a la definición del papel de la mujer en política. ¿Cuál fue la postura de Urraca Pastor? Afirmó que la mujer era ante todo madre –es decir, formadora de ciudadanos- y que no había ido a la política, sino que ésta había sido quien la había buscado en el hogar. En ese campo, añadió, “la mujer no se pone delante del hombre, sino al lado suyo” y declaró, ante un público femenino, que existía una crisis de hombres capaces de hacer algo colectivamente, puesto que si individualmente habían dado muestras de valor, unidos eran “abúlicos por temperamento”. Por ello resultaba necesario que las mujeres se unieran a los hombres para levantar y hacer resurgir España. En Madrid afirmó que varías coronas ceñían la frente de la mujer: la de profeta –su intuición- que preveía el porvenir, al ver más allá que los hombres, ya que su corazón les anticipaba los acontecimientos; la del ángel tutelar, al ser madre de familia y madre de la sociedad. En ese mismo discurso, no tuvo reparos en defender el voto femenino en unas futuras Cortes tradicionalistas, que debían elaborar una legislación adecuada para la mujer.

Recorrió el país participando en mítines y conferencias, escribiendo numerosos artículos en muchos periódicos. En el verano de 1932, la destacada labor política de Urraca Pastor fue reconocida por los más importantes líderes carlistas del momento, que elogiaron su figura en el banquete-homenaje que organizó el Centro Femenino Tradicionalista de Madrid, el 12 de julio. Desde la reina Margarita, esposa de Carlos VII, no había habido una mujer que fuera halagada y encumbrada por los tradicionalistas de esta manera.

Urraca Pastor no olvidó referirse al problema social en sus conferencias, muchas de las cuales se dirigieron exclusivamente a obreros. Criticó al capitalismo, por haber convertido al trabajador en una máquina y a su trabajo en mercancía, defendiendo la vuelta a la tradición como solución para sus males, aplicando la doctrina social cristiana. En ese sentido, insistió siempre en animar a los empresarios a cumplir con sus deberes cristianos, y a los más ricos a emplear su dinero socialmente. Criticó la nueva legislación laboral, al ser incompleta para las obreras, pues, a pesar de la conquista de 8 horas de trabajo, resultaba falsa la pretendida igualdad con el hombre, ya que éste, tras la jornada laboral, pasaba a la de ocio, mientras la mujer continuaba trabajando en el hogar y la familia . Manifestó a los trabajadores que el tradicionalismo era enemigo de la lucha de clases y, de esta manera, se unió a los esfuerzos de otros dirigentes, como el diputado Ginés Martínez, por impulsar las secciones obreras carlistas.

Ante las elecciones a Cortes de 1933, María Rosa fue propuesta e incluida inicialmente en la candidatura Católico-Agraria de La Rioja, con el objetivo de atraer el voto femenino, pero el intento quedó cortado por el veto de Tomás Ortiz de Solórzano. Finalmente, María Rosa se integró en la candidatura Unión Regionalista Guipuzcoana, junto a Ramiro de Maeztu. Las elecciones otorgaron la victoria a los candidatos del Partido Nacionalista Vasco que obtuvieron 5 escaños, siendo el sexto y último para Ramiro de Maeztu. En séptimo lugar se situó Urraca Pastor, la cual obtuvo 31.618 votos, a sólo 1.702 de su compañero de candidatura. Su amarga reflexión personal sobre el resultado fue comunicada a la reina María de las Nieves de Braganza, a los pocos días, en carta particular. Si bien no había querido presentar su candidatura, finalmente había obedecido las órdenes superiores, conociendo las miserias de la política, observando cómo su nombre rodaba como el de una bailarina por todas las candidaturas de España, oponiéndose el veto de otras agrupaciones derechistas y sin que los tradicionalistas tuvieran el valor de mantener su derecho. Habiendo garantizado previamente los carlistas a Renovación Española que saldría su candidato Ramiro de Maeztu porque ellos traían el dinero, la incluyeron en la lista de Guipúzcoa, “de comparsa y de reclamo (…) la Comunión Tradicionalista me ha vendido por unas miserables pesetas. Y mientras al Parlamento irán una porción de señores desconocidos (…) la única mujer que les convenía haber mandado se queda sin ir”.

El lector interesado puede acudir a:

-Arce Pinedo, R., Dios, Patria y Hogar. La construcción social de la mujer española por el catolicismo y las derechas en el primer tercio del siglo XX, Santander, Universidad de Cantabria, 2009.

-Moral Roncal, A. M., La cuestión religiosa en la Segunda República. Iglesia y carlismo, Madrid, Biblioteca Nueva, 2009.

-Moral Roncal, A. M., “María Rosa Urraca Pastor: de la militancia en Acción Católica a la palestra política carlista (1900-1936)”, Historia y Política, (2011) 26, pp. 199-226.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.