Quantcast
ÚNETE

Los anarquistas de Chicago

Uno de los lugares comunes en la historia del movimiento obrero es no prestar la suficiente importancia al desarrollo del obrerismo en Estados Unidos, pues allí encontramos algunas de las claves fundamentales para entender el movimiento obrero internacional.

Marx, al producirse la ruptura de la AIT en el Congreso de La Haya trasladó el Consejo General de la Internacional de Londres a Nueva York, donde ya existía una base del socialismo y en poco tiempo aparecieron organizaciones como Socialist Labour Party o los Caballeros del Trabajo. Importante fue la figura del profesor universitario y socialista Daniel De León que intentó acercar a las organizaciones socialistas al sindicalismo para poder reforzar el movimiento obrero.

Sin embargo, el movimiento obrero estadounidense tenía un fuerte vínculo con el anarquismo, merced en parte a que la inmigración que llegaba a EE. UU. traía consigo sus propias prácticas obreras, muchas de ellas relacionas con el anarquismo.

En ese crecimiento del movimiento obrero norteamericano es cuando se produjo los sucesos de Chicago de 1886.

Aunque la ley Ingersoll aprobaba las 8 horas de trabajo, lo cierto es que era excesivamente laxa y no tenía un mecanismo de cumplimiento, por lo que las jornadas laborales en fábricas y talleres era superiores a lo establecido. A esto se unía una reivindicación histórica del movimiento obrero de reducción de la jornada laboral.

En Chicago, el movimiento obrero contaba con fuerza y dinamismo lo que llevó a la convocatoria de una huelga general para pedir la reducción de la jornada y mejoras en las condiciones de vida los obreros. La huelga y manifestación quedó fijada para el primer día del mes de mayo.

Una movilización que reunió a miles de obreros y que hizo ceder a muchas empresas ante su empuje. Sin embargo, aquella movilización iba a acabar en tragedia. Los trabajadores habían decidido realizar una manifestación en la Plaza de Haymarket el 4 de mayo para el cese de las actividades laborales y el cumplimiento de sus reivindicaciones. La fábrica McCormick seguía funcionado por los esquiroles y rompehuelgas, pagados por la patronal. La represión patronal había sido muy dura los días anteriores, y la protesta de Haymarket no iba a ser menos. Sin embargo, en medio de las cargas y mientras los huelguísticas lanzaban su mensaje hizo explosión una bomba. El caos se apoderó la situación.

Rápidamente, las autoridades responsabilizaron a los anarquistas de haber cometido un atentado contra las fuerzas de orden público y las detenciones no tardaron en llegar. De manera indiscriminada la policía detuvo a dirigentes obreros acusados de haber sido los responsables del atentado, algunos acusados de haberlo perpetrado de forma material.

Sin pruebas ninguna, se montó un macro juicio contra los anarquistas detenidos, que no gozaron de todos los derechos de defensa. Los ocho acusados fueron declarados culpables, de los cuales tres fueron condenados a distintas penas de prisión (Samuel Fielden y Michel Schawb a cadena perpetua y Oscar Neebe a quince años de trabajos forzados) y los cinco restantes fueron condenado a la pena de muerte: George Engel, Adolphe Fisher, Albert Parsons, August Spies y Louis Lingg.

La pena de muerte fue ejecutada el 11 de noviembre de 1887 (Louis Lingg se había suicidado la noche anterior en su celda). El resto acudió al patíbulo entonando himnos revolucionarios y proclamando su inocencia.

El impacto que supuso la ejecución para el movimiento obrero estadounidense e internacional fue capital. A claras luces, se había cometido una injusticia y la inocencia de los ejecutados y condenados fue reconocida. Detrás de los sucesos de Haymarket estuvieron agentes rompehuelgas de la agencia de detectives, de contraespionaje e infiltración Pinkernton, que tendría más actuaciones antiobreristas en los años sucesivos.

Junto a los ejecutados, las movilizaciones del primero de mayo dejaron también muchas víctimas obreras, lo que comenzó a conferir a la fecha un carácter simbólico a nivel internacional. No solo porque la Segunda Internacional fundada en París en 1889 aprobase el Primero de Mayo como día internacional de lucha de clase obrera por sus derechos, sino porque a partir de ese momento cada primero de mayo se iba a convertir en una jornada de lucha, con diferencia de estrategia entre socialistas y anarquistas. También para los anarquistas, el 11 de noviembre, fecha de la ejecución de los anarquistas de Chicago, se iba convertir en una fecha de reivindicación y conmemoración.

El movimiento obrero americano siguió siendo fuerte y poderoso. Tras la muerte del presidente McKinley en 1901 a manos del anarquista León Czolgozs, se aprovechó la circunstancia para endurecer las leyes con unas series de leyes antianarquistas, que prohibía la entrada de inmigrantes que llevasen esas ideas a territorio americano. Aun así, eso no impidió que en 1905 se fundase la IWW (Industries Workers of the World), un sindicato poderoso que basaba su estrategia en el sindicalismo revolucionario que tan buenos resultados estaba dando en Francia. Desde anarquistas como Emma Goldman o Alexander Berkman hasta socialistas como John Reed o Daniel De León se vincularon a la IWW, también conocido como “wooblies”. Un movimiento que no paró de crecer y que fue reprimido, primero al calor de las consecuencias de la Revolución rusa de 1917, que llevó al Secretario de Justicia de EE. UU. en 1919 Alexander Mitchell Palmer. En esa ola represiva contra el movimiento obrero americano hay que enmarcar la detención, juicio y posterior ejecución de los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti en 1927.

A pesar de todo ello, la huella indeleble que dejó la movilización de 1886 y sus consecuencias, así como la lucha emprendida por estos anarquistas, haría que el Primero de Mayo se convirtiese en una jornada de lucha internacional por los derechos de los trabajadores que aun hoy perdura. 

Profesor e historiador. Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), ha desarrollado su labor docente en distintos centros de enseñanzas medias y universitarias así como en distintos grupos de investigación. Actualmente profesor de secundaria y de la Universidad Carlos III de Madrid.

Especializado en Historia Contemporánea de España y Europa ha centrado su labor de investigación en la historia del movimiento obrero, del socialismo y del anarquismo. Fruto de estas investigaciones ha publicado varios libros entre los que destacaría: Mauro Bajatierra. Anarquista y periodista de acción (LaMalatesta editorial, Madrid, 2011), Abriendo brecha. La lucha de las mujeres por su emancipación. El ejemplo de Soledad Gustavo (Volapük ediciones, Guadalajara, 2013), El movimiento obrero en Alcalá de Henares (Silente académica, Guadalajara, 2013), Por el pan, la tierra y la libertad. El anarquismo en la Revolución rusa (Volapük ediciones, Guadalajara, 2017), Socialismo en el siglo XIX. Del pensamiento a la organización (Queimada ediciones, Madrid, 2017) o Historia de la CNT. Utopía, pragmatismo y revolución (Los libros de La Catarata, Madrid, 2019). Es autor de numerosos artículos, capítulos de libros y conferencias sobre estas cuestiones tanto a nivel nacional como internacional.