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El carlismo durante la Guerra Civil

Desde el comienzo de la guerra, a mediados de julio de 1936, la prioridad del alto mando carlista fue ganar en los campos de batalla al bando oponente, por lo que todos sus discursos oficiales -a través de la prensa y la radio- se orientaron en esa dirección. La fuerza armada de los carlistas se organizó en los tercios de requetés, los cuales tuvieron una decisiva actuación en las primeras semanas de la guerra, sobre todo en el norte peninsular y en Andalucía occidental. Precisamente, en esas zonas se habían consolidado durante el quinquenio anterior. En aquel trágico verano de 1936 el número de afiliados a la Comunión Tradicionalista aumentó espectacularmente, en un clima de exaltación bélica que la propaganda oficial no dudaba en conceptuar de "Cruzada". La mayor parte de esos nuevos voluntarios salieron de familias de clase media urbana, que se unieron a aquellos provenientes de círculos arrendatarios rurales, obreros y empleados. El carlismo llegó a organizar y sostener en el transcurso del conflicto más de cuarenta tercios de requetés, alrededor de unos treinta mil hombres. Desde un punto de vista organizativo, se creó la Junta nacional carlista que ratificó el liderazgo del principal dirigente de la época, Manuel Fal Conde, que pronto observó tres problemas en el horizonte.

Por una parte, temió el peligro de una pérdida de identidad carlista en el bando en el cual combatían, debido a la mezcla con otras opciones de derechas, a las difíciles relaciones entre la jerarquía militar y la dirección de la Comunión Tradicionalista, a la elección de una capital en la escasamente carlista ciudad de Burgos y a la difusión de los requetés en diferentes frentes bajo mando estrictamente militar, a lo que se añadió las mezclas con otras familias conservadoras. Y es que las típicas referencias ideológicas del carlismo –junto a la sencillez de su tradicional cuatrilema Dios, Patria, Rey y Fueros- favorecieron cierto trasvase de dirigentes y de lealtades sociales, reconociendo los límites versátiles de esos referentes. En el siglo XIX así había ocurrido y, en aquellos momentos, en las circunstancias bélicas que favorecían la fusión política en torno a un bando en liza, esos trasvases aumentaron.

Fal Conde temió, además, el fortalecimiento del carlismo navarro, bajo el liderazgo, casi caciquil, del conde de Rodezno, el cual se mostró abiertamente dispuesto a la colaboración con los militares alzados. Así, pareció que este político y sus consejeros se conformaron con las cuotas de poder que las autoridades militares les dejaron: esencialmente el control de Navarra.

El último problema fue la muerte del pretendiente Alfonso Carlos I, el 29 de septiembre de 1936 en Viena, que puso en evidencia el problema de la sucesión, al no tener heredero directo varón. El 1 de octubre, un decreto fechado a propósito en Burgos, anunció el establecimiento de una regencia, normando príncipe regente a Javier de Borbón Parma, que confirmó a Manuel Fal Conde y su equipo como jerarquía máxima del carlismo.

No obstante, el crecimiento de la Comunión Tradicionalista fue un hecho indiscutible desde 1931, pero no alcanzó, durante la guerra civil, al experimentado por la Falange o, en el otro bando, por el Partido Comunista. Según comentaron algunos soldados, muchos recién incorporados no fueron totalmente carlistas ya que procedieron de otras formaciones políticas, de familias conservadoras, católicas, tradicionalistas... “gente de orden”, como se decía en aquella época. Ello se explica por el ambiente de guerra civil, que obligó -en ambos bandos en lucha- a muchos hombres y mujeres a integrarse en una organización. Al no desear hacerlo en las milicias de Falange -por discrepancias ideológicas o por su defensa monárquica- eligieron los tercios de requeté. Con la mayor actuación de las Margaritas -sección femenina- y de Pelayos -agrupación infantil-, la presencia en las calles de los carlistas aumentó. Además, hasta el decreto de Unificación de 1937, se desarrolló la Obra Nacional Corporativa, una especie de sindicato, que integró a las agrupaciones gremiales y las secciones obreras de los distintos círculos carlistas, intentando incorporar tanto a patronos como a trabajadores en una estructura de corte corporativo. Su mayor éxito se alcanzó cuando lograron la adhesión de la Confederación Española de Sindicatos Obreros, una entidad católica que contaba con medio millón de afiliados.

Los temores de Fal Conde se confirmaron cuando Franco y la cúpula militar decidieron impedir la existencia autónoma de entidades políticas. La excusa oficial fue el intento carlista de crear una Real Academia Militar que llevó al destierro a Fal Conde, acusado de querer aumentar la independencia de los requetés, justo cuando la tendencia oficial era la contraria. Esta maniobra fue seguida de otras que culminaron con el decreto de unificación de 19 de abril de 1937, por el que falangistas y carlistas fueron obligados a unirse en una única organización: FET y de las JONS. Las divisiones internas del carlismo fueron aprovechadas por Franco en su beneficio, como haría durante los cuarenta años de su régimen. Mientras la Junta nacional carlista de guerra, desde Insua, se reafirmaba en la singularidad política de la Comunión, la dirección de Navarra se manifestó por una estrecha colaboración con Burgos. Fal Conde y don Javier guardaron silencio, aceptando los hechos, pero sin renunciar a la existencia singular del carlismo.

El primer objetivo continuó siendo ganar la guerra, cuatro tradicionalistas fueron nombrados miembros de la junta política de FET; un 40 % de los jefes delegados del partido también fueron carlistas y doce de los cincuenta miembros del Consejo Nacional. Rodezno fue recompensado con la cartera de Justicia en el primer gobierno de Franco en 1938.

Pero, tanto para muchos falangistas como para la mayoría de los carlistas, el partido único fue un desengaño. Los tradicionalistas se sintieron irritados con el reparto de poder, las maneras exhibidas y las ideas falangistas, de corte totalitario, que se alejaron bastante de las suyas. Los conflictos callejeros con los falangistas fueron continuos y el desencanto contribuyó a la desmovilización. La Comunión Tradicionalista, no obstante, se negó a dejar de existir y continúo, dificultosamente, sus actividades. En abril de 1939, los carlistas, a diferencia del siglo XIX, se encontraron en el lado de los vencedores, pero el precio que habían pagado fue considerado excesivo para muchos de ellos, de ahí que sintieran la "frustración en la victoria" ante la hegemonía oficial de la Falange y del propio Franco. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.