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Mujer y gremios en el Madrid de Carlos III

En 1775, Madrid contaba con cinco gremios mayores, formados por ricos y poderosos comerciantes, y más de cuarenta gremios menores, cuya difícil situación económica había provocado que el rey Carlos III decidiera, por Real Decreto, eximirles del pago de los grandes impuestos. Todos se regían por sus propias normas internas, llamadas ordenanzas, en las cuales no se reconocía a la mujer la posibilidad de obtener el grado de maestro y, con ello, la apertura de una tienda, a menos que fuera viuda. En este último caso, los maestros permitían que una mujer pudiera quedar al frente de un obrador, pero tan sólo en el plazo de un año. Así, en ningún gremio el número de mujeres, legalmente registradas, superaba al de hombres en la dirección de los talleres. No obstante, algunas corporaciones decidieron no limitar claramente el tiempo de viudez. Tal fue el caso de comerciantes menores de mercería, joyería y droguería -llamados tenderos de aceite y vinagre -, los tratantes de ropas usadas, los bodegueros, los confiteros y los menuderos. No resulta extraño que las cifras de mujeres legalmente registradas en estos oficios fueran las mayores de todas las corporaciones.

A pesar de la legislación imperante, numerosas mujeres intentaron alcanzar el título de "maestras" en un oficio y salir de la norma. A finales del siglo XVIII, el gremio menor de mercería aceptó reconocer mujeres como miembros plenos con la condición de que fueran viudas o hijas de agremiados y dueñas de un capital de ocho mil reales de vellón. Otras mujeres con ingresos menores intentaron su reconocimiento figurando y firmando en los documentos notariales como "maestras" o "mercaderas". Algunas esposas de artesanos buscaron el apoyo de instituciones nacidas del impulso de la minoría ilustrada, la cual se decantaba por la reorganización de la mujer en la vida laboral.

Efectivamente, la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País - corporación ilustrada fundada en 1775- se declaró partidaria de regular y delimitar la presencia laboral de todas las madrileñas. Su primer director, Antonio de la Quadra y Llano, propuso en una memoria, publicada posteriormente, la plena incorporación de la mujer popular al mundo del trabajo. Calculó, en base a los datos disponibles, que la población femenina de la Villa debía rondar las 65.0000 almas. De ellas, 15.000 trabajaban en diversos oficios, 25.000 eran aristócratas, ancianas y niñas, sobrando todavía un resto de 25.000 que debían, en su opinión, aplicarse a la manufactura textil a semejanza de Inglaterra o Francia.

No es extraño, por ello, que, en 1795, María Soba elevase una petición a la Matritense solicitando su ayuda para que las autoridades gremiales la expidieran el título de maestra tejedora y bordadora. Por aquellos años, Teresa Villaroel y Herrero también solicitó a la misma institución que recomendara la publicación en la Gaceta de Madrid de su ofrecimiento para enseñar gratuitamente el oficio de tejedora a las mujeres de la Villa. La empujaba "un noble deseo de desvanecer la vulgar opinión de que las hijas de Madrid son costosas para sus maridos". Es decir, aparecen mujeres que no cumplen esa actitud pasiva que, teóricamente, las caracterizaba.

¿Debemos pensar que sin título no se trabajaba en los talleres? De ningún modo. Si la mujer no participaba en alguna etapa del proceso de producción, atendía la clientela de las tiendas o vigilaba la labor de aprendices y oficiales. Su conocimiento del obrador, desde luego, era preciso. Sin contar, además, con aquellas mujeres que trabajaban de manera informal, como diríamos hoy, en el mercado negro.

En aquellas actividades cercanas a los trabajos textiles era donde más numerosa era la presencia femenina debido a la tradicional visión de la mujer unida a la rueca y el hilo. Recuerdo al lector que el mismo Goya las dibujó de esta manera en una alegoría de la Industria que, junto a las de la Agricultura y Comercio, decoraron el vestíbulo del palacio del ministro Manuel Godoy. Así ocurría en los talleres de bordadores, sastres, calceteros, guanteros o laneros, realizando una parte o casi todo el proceso de producción. Por ello, cuando la Real Sociedad Económica Matritense adjudicó al maestro José Nieto la dirección de su escuela de bordados, éste se comprometió a enseñar su oficio con ayuda de su mujer e hija, expertas en todo género de bordado. El archivero Larruga, en su descripción sobre el estado de las manufacturas madrileñas de la época, cifró el gremio de cordoneros en cincuenta hombres y varias mujeres que se empleaban en hacer botones y borlas de cofias. Durante la guerra de Independencia (1808-1814), la necesidad, motivada por el hambre y la muerte, hizo que numerosas mujeres se encargaran directamente de la producción de los obradores y aprendieran - en un plazo de tiempo más corto que lo estipulado en los asientos de aprendizaje - los rudimentos de los oficios mecánicos.

El lector interesado puede acudir a

A. M., Moral Roncal, Gremios e Ilustración en Madrid (1775-1836), Madrid, 1998.

P. Molas Ribalta, "La vida cotidiana de los gremios" en Vida cotidiana en la España de la Ilustración / coord. por Inmaculada Arias de Saavedra Alías, 2012, , págs. 113-130.

S. Villas Tinoco, "Los gremios" en El Siglo de las luces : de la industria al ámbito agroforestal / coord. por Manuel Silva Suárez, 2005, págs. 281-310. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.