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Hace 36 años moría el periodista, escritor y sindicalista libertario Ángel María de Lera

Ángel María de Lera García vino al mundo en Baides (Guadalajara), en 1912, porque allí trabajaba su padre, médico rural. Y por lo mismo se trasladó a Membrilla y más tarde a Fuente del Fesno, ambas localidades de Ciudad Real, donde pasó su infancia hasta que en 1920 se marcharon a Lanciego (Álava).

Siendo todavía un niño ingresó en el Seminario Menor de Vitoria. Allí cursó estudios de Latín y Humanidades hasta que a los 17 años una crisis religiosa le hizo abandonar la idea de ser sacerdote. Su padre había muerto en acto de servicio, víctima de una epidemia de gripe en 1927, por lo que se recompensó a su madre con una administración de loterías en La Línea de la Concepción (Cádiz). Allá acudirá nuestro hombre junto a sus hermanas, y allá cursará los estudios de bachillerato. La realidad andaluza, infestada de lacras e injusticias sociales, avivó sus inquietudes políticas, y en noviembre de 1930 lo encontramos adscrito a las Juventudes Republicanas. Lee entonces muchos ensayos sobre marxismo y anarquismo.

Instaurada la II República española, a partir de 1932 colabora en el periódico revolucionario madrileño La Tierra tras el pseudónimo Ángel de Samaniego, de cuya redacción formará parte, y en la revista valenciana Estudios. Ese año, además, comienza estudios de Derecho en la Universidad de Granada, carrera que verá truncada cuando estalle la guerra de España. Afín al anarcosindicalismo, y enemigo de dogmatismos, se mostró crítico con la estrategia insurreccional de la CNT de entonces. Así, en 1935, tras la impresión que le causa Ángel Pestaña en una visita de a La Línea, se sumará al Partido Sindicalista (PS), encargándose de la creación de la agrupación local, de la que será secretario, y de su expansión por Andalucía. Será habitual su participación en mítines (Cádiz, San Roque, Ceuta…) En un pleno del partido en Cádiz, en 1936, será nombrado candidato a diputado en la coalición del Frente Popular a las elecciones de febrero, pero cede el puesto a Pestaña cuando motivos de táctica electoral propicien que éste deje su candidatura de Zaragoza al abogado sindicalista Benito Pabón.

Tras el golpe de Estado reaccionario de julio de 1936 pudo huir a Gibraltar, de donde pasará Málaga. Testigo de algunos episodios dramáticos, decide enrolarse en una unidad de combate que es trasladada en un destructor hasta Cartagena, y en septiembre llegará a Madrid. Militó activamente en el PS y colaboró en su principal periódico, El Sindicalista, llegando a formar parte del Comité Nacional del partido. El 17 de octubre recibió una llamada de Pestaña para que se dirigiera al Ministerio de la Gobernación, donde el Presidente del Gobierno y Ministro de Defensa, Francisco Largo Caballero, lo nombra Comisario de Guerra con la tarea asignada de levantar la moral de los defensores del Madrid sitiado. Fue enviado al frente del Centro, a Torrejón de Velasco, donde al día siguiente tendrá su bautismo de fuego en la ofensiva sobre Illescas, junto al excéntrico coronel Mena y al célebre comandante Ristori.

Desplazado a Gijón con la misión de explicar los entresijos de la heroica defensa de Madrid, y ante la rápida descomposición del frente Norte, logrará regresar a Valencia tras muchas dificultades. Muy crítico con la retaguardia republicana y pesimista ante la marcha de la guerra, a finales de 1937 pedirá el reingreso en el comisariado de guerra y entrará en el 549 Batallón de la 138 Brigada Mixta, adscrita a la 33 División (Medrano) del IV Cuerpo del Ejército, el de Cipriano Mera. Participará en algunas de las batallas más importantes de la guerra (Teruel, Ebro), y en marzo de 1939 vivirá en persona la rebelión de Segismundo Casado y su Consejo Nacional de Defensa.

Cuando las tropas franquistas entraron en Madrid, fue capturado y encerrado en edificio de la glorieta de San Bernardo, primero, y luego en un sótano del número 7 de la calle Vallehermoso. No es más que el comienzo, ya que será juzgado por el Consejo de Guerra permanente nº 7 (causa 6829) y condenado a muerte, pena finalmente conmutada por 30 años de cárcel: Porlier, Aranjuez, Ocaña, Santa Rita, Guadalajara… En 1944 se le concede la libertad provisional y logra trabajo como listero en una obra, en Madrid. Pero vuelve a ser detenido, juzgado y condenado a 21 años. De Carabanchel pasa a la cárcel de Torrero (Zaragoza); por suerte, será indultado en diciembre de 1947.

Para ganarse el sustento se ocupó en varios trabajos (representante y distribuidor de gaseosas, escritor de fascículos de contabilidad para la academia de un amigo…), hasta que encontró estabilidad llevando las cuentas de una fábrica de licores situada en el barrio de Las Carolinas, en Villaverde (Madrid). En la década de los 50 comienza a escribir y publica su primera novela, Los olvidados (1957). Luego vendrán muchas más, pues su faceta de novelista nace de la necesidad de escribir sus vivencias, muchas de ellas angustiosas. Escritas con un estilo sencillo, conciso y ameno, son encasilladas en el realismo social de posguerra, con personajes a menudo dramáticos. Destacan Los clarines del miedo (1958), que le consolida en la narrativa y será llevada al cine (Orson Welles dijo que era una de las dos mejores novelas escritas sobre el mundo taurino); La Boda (1959) y Bochorno (1960), ambas llevadas a la gran pantalla; Tierra para morir (1964), premio Pérez Galdós de la Casa Colón de Las Palmas de Gran Canaria y premio Álvarez Quintero de la Real Academia Española; o Se vende un hombre (1973), premios Fastenrath de la Real Academia y del Ateneo de Sevilla.

Pero será la serie de novelas autobiográficas dedicada a los perdedores de la guerra de España la que le llevará a la popularidad. Con la distancia temporal necesaria para abordar el asunto, en 1967 publica Las últimas banderas, ganadora del Premio Planeta. Y entre 1974 y 1977 publicará la trilogía continuadora Los años de la ira (Los que perdimos, La noche sin riberas y Oscuro amanecer). Contienen información relevante para reconstruir la vida de Lera.

Mientras colabora en la sección cultural Mirador Literario del periódico ABC, entre 1962 y 1963 viaja a Alemania como enviado especial para hacer crónicas sobre los trabajadores emigrantes españoles, las cuales serán publicadas en libro bajo el título Con la maleta al hombro (1965). Otros libros elaborados con artículos de prensa o revistas son Por los caminos de la medicina rural (1966) y Los fanáticos (1969). También escribió ensayos y guiones de novelas y seriales radiofónicos, además de la biografía Ángel Pestaña. Retrato de un anarquista (1978).

Por otro lado, fundó y presidió la Mutualidad Laboral de Escritores de Libros (1971) y la Asociación Colegial de Escritores (1977), y es considerado uno de los padres de la defensa de la propiedad intelectual y de los derechos de autor.

Al morir Franco volvió a la militancia política y participó en las elecciones de 1977 en las listas al Senado por Almería de la Alianza Socialista Democrática (ASD), que no consiguió ningún escaño.

Hacia el final de su vida dio 15.000 volúmenes de su biblioteca en el pueblo de Águilas (Murcia), donde veraneaba. A principios de julio de 1984 fue ingresado en el Hospital Provincial de Madrid enfermo de cáncer, y fue enterrado al día siguiente en el cementerio civil de esta localidad. Dejó viuda (María Luisa Menés) y dos hijos (Ángel Carlos y Adelaida). Varias calles y plazas de España llevan su nombre, además de dos premios literarios.

Para saber más:

DE LAS HERAS, Antonio R. (1971), Ángel Mª de Lera. Madrid: E.P.E.S.A.

HERNÁNDEZ, Ramón (1981), Ángel María de Lera. Madrid: Ministerio de Cultura, Dirección General de Promoción del Libro y la Cinematografía.

Educador e historiador. Licenciado en Historia por la Universitat de les Illes Balears (UIB), dedica sus estudios a las facciones más heterodoxas del anarcosindicalismo español. Colaborador habitual del portal divulgativo Ser Histórico, acaba de publicar el libro Ángel Pestaña, falangista. Anatomía de una mentira histórica (Piedra Papel Libros, 2020).