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Vandervelde sobre el alcoholismo y la cuestión social (1925)

La lucha contra el alcoholismo fue un asunto importante para el movimiento obrero, tanto de signo socialista como anarcosindicalista. Las duras condiciones laborales, con jornadas interminables y embrutecedoras, unidas a las lamentables condiciones de las viviendas generaron un fenómeno muy acusado de alcoholismo. La reclamación de la jornada laborable de ocho horas, pretendía, lógicamente terminar con esas inhumanas jornadas, y permitir que los trabajadores pudieran descansar y desarrollar un tiempo de ocio, pero alejado de las tabernas, por lo que la creación de Casas del Pueblo y Ateneos populares no sólo como sede de organizaciones de resistencia, tiene mucho que ver con la necesidad de que los obreros encontrasen lugares donde instruirse, formarse, socializar, fortaleciendo la solidaridad obrera, y poder desarrollar un ocio saludable. Pero con el tiempo también el socialismo comenzó a comprender que el fenómeno del alcoholismo era más complejo, que tenía más causas y que no sólo afectaba a la clase obrera. Precisamente, este artículo incide en esa complejidad expuesta por uno de los principales líderes socialistas europeos en los años veinte.

Así pues, en este artículo nos acercamos a las ideas del destacado socialista belga Émile Vandervelde a través de un discurso que pronunció en el Congreso internacional contra el alcoholismo, celebrado en Estocolmo. El público español pudo leerlo gracias a la traducción publicada por El Socialista en el verano de 1925.

Vandervelde ofrece la clave del divorcio que se había producido entre los grupos que luchaban contra el alcohol y el movimiento obrero en esta materia. Si para los primeros el alcohol generaba miseria, al suprimirlo se terminaba el problema social. Frente a esta tesis, para el movimiento obrero socialista era la miseria la que generaba el alcoholismo, en línea con lo que decíamos al principio del artículo. Pues bien, el belga afirmaba que en ese momento, es decir, en los años veinte, ambas posturas como absolutas no valían ya, sino que debían complementarse. El fenómeno era, por lo tanto, más complejo.

En primer lugar, consideraba que no era cierto que el alcoholismo generaba la miseria, y que se terminaría cuando desapareciera aquel. Eso sí, no negaba que terminar con el alcoholismo podía suponer un ahorro sustancial para la clase obrera.

En segundo lugar, también admitía que muchos obreros muy humildes no bebían jamás, destacando en este comportamiento alejado del alcohol el de las mujeres trabajadoras. Por otro lado, afirmaba que si se suprimían todas las empresas vinculadas al alcohol no habría menos capitalistas y proletarios. Eso sí, éstos dispondrían de más recursos para su lucha.

Por fin, el alcoholismo era un mal que aquejaba a otras clases sociales, no era exclusivo de la clase obrera. Vandervelde también desmontaba las ideas tradicionales de que el alcohol era un estimulante para duros trabajos manuales, y que tenía un supuesto valor alimenticio. En función de todo lo expuesto, consideraba que era el obrero más pobre o peor remunerado era el primer interesado en no beber. Pero era una ilusión pretender que se terminaría el alcoholismo apelando al argumento de que su ingesta no era una necesidad porque sobre el fenómeno incidían infinidad de causas de tipo fisiológico, psicológicas, de costumbres y económicas.

Pero Vandervelde, como buen socialista, no podía dejar de criticar a las “clases directoras” cuando condenaban al trabajador que se entregaba al alcohol porque nada se había hecho para “aliviar su tarea” o para proporcionarle “en las horas de descanso, distracciones científicas o artísticas”.

En este sentido, también se enfrentaba a un argumento muy empleado cuando el movimiento obrero defendía que se subieran los salarios y se aminorase la jornada laboral. Ante esta lucha se afirmaba que si los obreros ganaban más, y tenían más tiempo libre lo dedicarían a acudir a la taberna a gastarse ese aumento en alcohol. Y se aportaban estadísticas que vinculaban los períodos de aumentos salariales con una elevación del consumo de alcohol. Por otro lado, parecía un hecho que no eran los obreros peor retribuidos, sino los que disfrutaban de salarios más altos, los que se entregaban más al alcohol.

Pues bien, Vandervelde consideraba que el primer argumento no era tan importante como se quería demostrar. Al parecer, a partir del momento de prosperidad que siguió a 1870 el aumento del alcoholismo corrió parejo al de los salarios, pero poniendo el ejemplo belga hacía ver que en el período de desarrollo económico que se estaba viviendo a mediados de los años veinte con aumentos salariales, debidos a la presión del movimiento obrero, el consumo de aguardiente había descendido. Esto significaría, a su juicio, que los aumentos pasajeros, extraordinarios o anormales de la remuneración acrecentarían el aumento del consumo de alcohol frente a los períodos con un alza normal o sostenida del nivel de vida, que tendían, por el contrario, a disminuirlo.

Y en relación con la segunda cuestión, el socialista belga consideraba que para beber no bastaba quererlo, sino que hacía falta tener dinero. Así pues, entre los obreros peor pagados, como los del ámbito agrícola, la falta de ese dinero obraba como un freno. Por eso, además de la escasez de tabernas, el alcoholismo en el ámbito laboral agrícola era menor, según explicaba, aportando unos datos sobre la información agrícola belga del año 1886.

Así pues, había obreros que no bebían o muy poco por sus bajos salarios, pero también había otro grupo de trabajadores poco proclives al consumo de alcohol y que eran los que se dedicaban a la lucha obrera.

Vandervelde terminaba su exposición abogando por el entendimiento entre los adversarios del alcoholismo y los socialistas para combatir el problema.

Hemos consultado el número 5152 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.