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La revolución Meiji, ¿una revolución burguesa?

Durante el reinado efectivo del emperador Mutsu Hito (1868-1912), conocido como época Meiji, Japón realizó un cambio fundamental en su economía, política y sociedad que impidió, al contrario que otros estados asiáticos, convertirse en una colonia o en un protectorado de las potencias europeas o de Estados Unidos.

¿Fue una revolución burguesa? Indudablemente se trató de una transformación liberal, ya que se produjo una mutación de su economía feudal a una de libre mercado, con adopción de muchas de sus características. Además, se implantó una monarquía constitucional, nuevos códigos de legislación inspirados en otros europeos y una reforma social que varió la estructura generada hasta entonces en el archipiélago japonés. Sin embargo, sus protagonistas ¿fueron burgueses?

Desde hacía siglos, Japón se encontraba en un peculiar feudalismo, a cuya cabeza se encontraba una monarquía bicéfala, pues al lado del emperador -reducido a funciones simbólicas y religiosas- se encontraba el shogun, auténtico detentador el poder. Sin embargo, las revueltas y conspiraciones nobiliarias eran continuas, lo que hacía que los señores feudales y sus ejércitos fueran una pieza fundamental para entender el débil equilibrio de poder. Cerrados durante siglos al comercio exterior -salvo con los Países Bajos- a mediados del siglo XIX la superioridad militar estadounidense y europea obligó a Japón a abrir sus puertos y comercio. La entrada en vigor de esos acuerdos comerciales provocó subidas de precios, desorganización monetaria y malestar entre los comerciantes. ¿Pero esa clase media de la sociedad feudal era lo suficientemente poderosa como para cambiar la situación? Evidentemente, no.

Fue necesario que miembros de esa nobleza feudal, sobre todo del sudeste del Imperio, se concienciaran de la necesidad de evitar la dependencia colonial, provocando un conflicto armado con los extranjeros en junio de 1863 que precipitó una guerra civil contra el poder del shogun. Quienes abolieron el régimen shogunal y restauraron la plena soberanía del emperador, en abril de 1868, fueron ellos, derrotando con sus ejércitos feudales al resto de clanes nobiliarios partidarios de la inmovilidad y la tradición.

Hablar en esos momentos de “burguesía ascendente” como líder del nuevo Japón resulta, a todas luces, un error. Indudablemente, hubo comerciantes y prestamistas que apoyaron los planes de esos nobles de modernizar el país, mezclando moldes extranjeros con el mantenimiento de esencias particulares que definieran el nacionalismo japonés, pero no constituyeron la mayoría de la nueva elite dirigente. Por lo tanto, lo mismo que en otras partes del mundo, más que de “revolución burguesa”, la moderna historiografía prefiere hablar de un largo proceso de transformación económica, social y política, basado en la ideología liberal, con diferentes ritmos, retrocesos y avances, a la hora de definir ese proceso de modernización.

Políticamente, se acabó con el feudalismo, potenciándose el poder centralizado del gobierno y del emperador, mediante una constitución -que tardó en llegar- aprobada en 1889, en donde la corona poseía importantes poderes de decisión (disolución de cámaras, ministros responden sólo ante el emperador). El parlamento se componía de dos cámaras: la de pares, integrada por las más altas jerarquías de la nobleza (lógico, eran los protagonistas del cambio), por representantes elegidos por el resto de los nobles y por el emperador; y la cámara de diputados, compuesta por miembros elegidos por sufragio censitario muy restringido (1% de la población). Ello demuestra que el liderazgo del cambio fue obra de una minoría, ni siquiera de un grupo social burgués que, por otra parte, fue aumentando sus miembros mediante la revolución industrial que presenció el país. Esa minoría consideró necesaria reforzarse legislativamente para dirigir, desde el Estado, la transformación.

Efectivamente, la economía japonesa pasó del feudalismo al capitalismo mediante la dirección, fundamental, del gobierno, no tanto de una clase empresarial autónoma que, por otra parte, se fue formando durante este reinado. El Estado, entre 1868 y 1885, invirtió grandes cantidades de dinero en las industrias básicas, astilleros, comunicaciones, minas, fábricas de municiones, armada de transporte, convirtiéndose en dueño y rector de las empresas más importantes. El sector privado se impulsó, sobre todo, a partir de la venta que hizo el estado de numerosas fábricas a finales del siglo XIX. Y lo más importante: se buscaron pocos créditos en banca extranjera, favoreciendo el gobierno la autofinanciación pero evitar depender de las potencias coloniales.

Se implantó la libertad de contratación, la de industria y comercio, se transformó la propiedad feudal de la tierra en propiedad privada liberal, se suprimieron monopolios comerciales y aduanas interiores, lo que potenció la creación de un mercado nacional. El Estado -es decir, esa minoría de nobles, militares y altos funcionarios- consolidó una nueva administración civil que abolió la feudal, así como los ejércitos de los señores de la guerra, creándose -con conflictos internos graves- un ejército y una armada moderna al servicio del poder central. Los siervos y habitantes de feudos se transformaron en ciudadanos del imperio, que pagaron impuestos al Estado, el cual les reclamó servicio militar obligatorio y universal en 1873.

El comercio japonés creció y, siguiendo el ejemplo de otras potencias liberales, buscó la expansión exterior para conquistar mercados, conseguir productos básicos y demostrar, mediante una política de prestigio, que no era igual al resto de pueblos asiáticos. El imperio japonés derrotó a China y Rusia en varias guerras, de tal manera que a la muerte del emperador Mutsu Hito, en 1912, era una potencia internacional, modernizando, mediante un largo proceso de transformación, su economía, política y sociedad.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.