Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

El Domingo Sangriento de 1905


Represión militar frente al Palacio de Invierno, revolución en San Petersburgo, Rusia, dibujo de Fortunino Matania, de L'Illustrazione Italiana, Año XXXII, No 5, 29 de enero de 1905. Represión militar frente al Palacio de Invierno, revolución en San Petersburgo, Rusia, dibujo de Fortunino Matania, de L'Illustrazione Italiana, Año XXXII, No 5, 29 de enero de 1905.

Recogemos el relato que hizo La Revista Blanca del Domingo Sangriento (22 de enero) en la Revolución rusa de 1905, y que fue elaborado a partir de cartas recibidas desde Varsovia, de la frontera alemana y de Londres:

“Ha llegado el momento que había de llegar. Trabajado el espíritu ruso por las ideas revolucionarias modernas y sometido á las tiranías y á las humillaciones antiguas, había de producirse necesariamente el choque entre lo que viene y lo que se va, ó mejor, entre lo que traemos los revolucionarios y lo que empujamos hacia los abismos de la historia. Empezaron por declararse en huelga los trabajadores de las fábricas nacionales, luego les imitaron los empleados de los ferrocarriles, después todo el mundo, y ya antes la bomba habla cumplido su deber destructor contra algunos señores tiranos. Día de júbilo fué el 22 y siguientes del pasado mes. Han muerto muchos revolucionarios; más hubieran perecido en la guerra, en la Siberia, en el martirio y debajo de los caballos de la cosaquería, si no se hubieran revelado. Honor por la revolución y por los que en ella perecen.

He aquí lo más importante de la jornada:

A las ocho de la mañana empezaron á reunirse obreros en el arsenal de San Petersburgo. Pelotones de policías les invitaban á que se disolvieran; los obreros no obedecían. Considerándose impotente la policía, pidió auxilio á la fuerza; llegaron numerosos escuadrones de cosacos. El número de trabajadores iba aumentando. Los cosacos intentaron inútilmente disolverlos, y viendo que los trabajadores se mantenían firmes, cargaron sobre la multitud. Se dispersaron algunos, los valientes se mantuvieron firmes. Nuevas cargas de los cosacos dispersaron á los asalariados por la ciudad, dejando las calles cubiertas de muertos y heridos. La muchedumbre se dispersó gritando: “¡Venganzal” Algunos grupos se dirigieron á la residencia del zar; los infelices aún esperaban de él justicia. Mas la fuerza, apostada al efecto, los recibió á tiros. Los cosacos mataban á la gente estando ésta tendida en tierra por efecto de las cargas. También acuchillaban á las mujeres y á los niños que se resguardaban en el quicio de las puertas. La multitud emprendió la marcha otra vez, y otra vez fué diezmada por los cosacos.

Algunos grupos se corrieron hacia el otro lado del río Neva, que estaba helado, y podía ser franqueado fácilmente; la fuerza les persiguió; eran soldados hijos del pueblo. Las mujeres gritaban: «No tiréis, que somos vuestras madres.» Al oír esta invocación, muchos soldados arrojaron los fusiles al suelo, de los que se apoderaron al instante los trabajadores.

Organizada en toda regla la resistencia, se construyeron las primeras barricadas, que eran defendidas por los que tenían fusiles ú otras armas de fuego y por soldados que habían abandonado á su enemigo, la autocracia. De las ventanas y tejados llovían piedras, muebles y agua hirviendo.

Formidables incendios se iniciaron en varios puntos de la capital; los bomberos no podían acudir á sofocarlos; las tropas tampoco; al incendio siguió el saqueo; la tropa defendía con empeño el barrio rico habitado por nobles y banqueros.

Notando la policía que el incendio tomaba incremento inusitado por las latas de petróleo que á las casas arrojaban los revolucionarios, prohibió la venta de mineral; mas fué cuando ya habían agotado el de las tiendas. De pronto el incendio estalló en el mismo arsenal donde al principio se habían reunido los obreros; y en poder entonces de los soldados; este incendio fué obra de los hijos del pueblo que vestían el uniforme.

Más tarde el pueblo asaltó varias armerías y dos fábricas de dinamita, con las que construyeron bombas, utilizándolas en el acto. Los cosacos caían como moscas; buen número de soldados se incorporaban á los revolucionarios. Las bombas empezaron á estallar con maravillosos efectos. La tropa tuvo que abandonar el palacio del zar, y éste, con toda su familia, salió de incógnito de su residencia real, embarcándose con rumbo desconocido.

La revolución se ha extendido á todas las capitales del Imperio y en los mismos presidios de la Siberia, cuyos deportados estaban avisados convenientemente. En Moscou, el movimiento ha sido igual que en San Petersburgo: huelga general, cortadas las vías de la luz y de transporte desde el primer momento; saqueo é incendio en varios puntos de la población, particularmente edificios públicos y del Estado y palacios señoriales.

En las comarcas rurales los campesinos, armados de hoces y de otros instrumentos de trabajo, asaltaron los castillos y los palacios, dando muerte á los señores que encontraban.

En las capitales donde había fábrica nacional de fusiles, depósitos ó armerías, los revolucionarios las tomaron por asalto, apoderándose de las armas y utilizándolas contra la fuerza. Los inmensos arsenales de Sebastopol se convirtieron en un montón de cenizas; el incendio lo provocaron los mismos soldados de marina. Los revolucionarios son dueños de todo el Imperio, porque con la huelga de los ferrocarriles y la destrucción de las líneas férreas, el ejército no ha podido movilizarse. Polonia y Finlandia se han declarado independientes. En otras regiones se proclamaron los principios socialistas revolucionarios que hemos publicado nosotros hace algunos meses con la firma del barón de Stackelberg, refugiado y revolucionario ruso.

Los casos de indisciplina militar han sido numerosísimos, no sólo entre los soldados, también entre los oficiales. Regimientos enteros se han negado á hacer fuego contra el pueblo; otros dispararon al aire. Así se comprende que los revolucionarios pudieran llegar hasta el palacio del zar, que se vio por completo abandonado de sus soldados, pues las bombas de los revolucionarios no los mataron á todos.

En fin, una revolución más radical que la francesa, es dueña de Rusia. El pueblo ha visto que su enemigo, después del zar, es el propietario de la tierra, y se ha repartido sus bienes; han sido incendiados también muchos Bancos y Archivos del Registro de la propiedad. La revolución, como siempre, ha ido más allá de lo que querían algunos de sus partidarios más poderosos.

Ahora es preciso estar alerta, no contra la fuerza rusa, sino contra la fuerza alemana ó la francesa. El ejército que ha quedado fiel al zar no puede imponer de nuevo su reinado, ni siquiera el orden.

Los nuestros, los socialistas revolucionarios y los anarquistas, que esta vez han ido unidos, han entrado en funciones, y es posible que para vencer á las turbas sublevadas contra el principio de autoridad y contra la propiedad, pidan ayuda á Francia ó Alemania los tiranos de Rusia, y hasta lo es que se la pidan al Mikado. Contra el pueblo todos los poderosos se unen, y si el caso que apuntamos llegara, el proletariado internacional debería acudir en ayuda de sus hermanos de Rusia, declarando la huelga general en el país que sacara parte de su ejército para vencer los principios de la revolución rusa.

¡Viva la unión internacional de los proletariados! ¡Viva la revolución rusa!

De varios autores.”

(La Revista Blanca, 1 de febrero de 1905).