Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Cuando Alfonso XIII de España detuvo un pronunciamiento militar


Alfonso XIII. Alfonso XIII.

Como consecuencia de la formación de las juntas de defensa y su jaque fallido al gobierno en 1917, diversos sectores militares se encontraban envalentonados en la España que trataba de adaptarse a la nueva realidad surgida como consecuencia de la Primera Guerra Mundial en Europa. El régimen constitucional debía aumentar su democratización, pues el sufragio universal masculino y un conjunto de libertades y derechos, consagrados en la constitución, no eran ya suficientes. Pero los gobiernos continuaban necesitando el apoyo del Ejército para garantizar el orden público y la consolidación del proyecto africano del Protectorado del Rif.

Mientras, en Europa la institución militar iba aumentando su poder y presencia en el campo político: en Turquía, el ejército iba a derrotar a los soldados griegos en la antigua Jonia, consolidando un proyecto de reforma política que acabaría con el sultanato en 1922; en la vecina Grecia, la oficialidad iba a ser clave para la abdicación del rey Alejandro I; en Polonia, la república debía su supervivencia a sus fuerzas militares y a su indiscutible líder el general Pilsudski; y en Portugal los oficiales pronto se convertirían en claves a la hora de finalizar bruscamente el periodo conocido como la primera república.

A comienzos de febrero de 1920, el senador por Teruel, Gerardo Doval, criticó, en el Congreso de los Diputados, la torpeza represiva del capitán general de Cataluña, Milans del Bosch, cuya actuación no había ayudado a imponer la paz en la ciudad condal, epicentro de una alta convulsión social. El diputado liberal conde de Romanones defendió la idea de que -salvo claros actos de violencia criminal- la mayor parte de los problemas de Barcelona no eran de orden público sino social. Había que dar una respuesta social, en este sentido, para solucionar el problema de esa urbe. Como Milans del Bosch había facilitado correspondencia oficial al senador Ramón del Rivero, lo cual era un acto ilícito, Romanones logró que el presidente del gobierno, Allende Salazar, admitiera el error del militar, facilitando que el ministro de la Guerra cesara a Milans del Bosch, haciéndose efectivo el cese el 10 de febrero, oficialmente “por motivos de salud”.

Las Junta de Defensa de Barcelona y algunos de los altos mandos de la zona -generales Castelflorite, Losada y Canals- manifestaron su desagrado en muchas ocasiones y se llegó al punto de amenazar con una sublevación del Ejército, para lo cual tantearon a la propia guarnición de Madrid. En esta ocasión, el rey Alfonso XIII no dudó en ponerse al lado del gobierno y, según Guillermo Gortázar, lo que pudo ser un pronunciamiento militar se saldó con una gélida recepción del nuevo capitán general de Barcelona, el liberal Valeriano Weyler, de ochenta y dos años. Su sólida reputación se puso a prueba ante la helada hostilidad de los oficiales de la guarnición catalana.

Un grupo de militares descontentos estuvo a punto de salir hacia Reus para impedir que Weyler -el veterano forjado en las guerras coloniales- llegara a Barcelona. Pero el general Arturo Ceballos, que tenía el mando interino, impidió la maniobra. Ordenó formar a la guarnición para la llegada del alto mando, aunque varios jefes y oficiales se negaron a hacerlo. En el Casino Militar, varios socios trataron de maniobrar también para que Milans no se marchase, pero Weyler asumió el mando de la capitanía general y se negó a marcharse, lo que elevó la tensión entre la oficialidad, llegándose a defender el atentado contra el conde de Romanones.

El rey Alfonso XIII tuvo que intervenir para que Milans del Bosch aceptara la orden gubernamental y se retirara sin provocar ningún tipo de conflicto. Más tarde, con el objetivo de vigilarle y de evitar una nueva conspiración, le nombró jefe de su Cuarto Militar, puesto que desempeñó hasta su pase a la reserva cuatro años más tarde. Este hecho demuestra la tensión que existía en el Ejército español por aquellos años, así como la dificultad que tenía el gobierno constitucional para cesar a un capitán general con una guarnición a su favor. Esta experiencia, debió pesar -junto a otra serie de factores coyunturales- en el golpe de Estado del general Primo de Rivera en septiembre de 1923, que también tuvo su epicentro en Barcelona.

Para saber más:

Guillermo Gortázar, Romanones. La transición fallida a la democracia, 2021.

Carlos Seco Serrano, Alfonso XIII y la crisis de la restauración, 2002.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.