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La Segunda Internacional contra la Guerra de Libia en 1911

“A los trabajadores de todo los países

En la noche del 26 al 27 de septiembre último, en vísperas de la reunión de la Oficina Socialista Internacional de Zurich, el Gobierno italiano, al cual no queremos confundir con Italia, enviaba al Imperio otomano un ultimátum brutal y cuarenta y ocho horas después le declaraba la guerra.

Esta agresión no será condenada bastantemente enérgicamente por todos cuantos se preocupan de la paz del mundo y del respeto al derecho de gentes. Quizás nunca la política depredadora del capitalismo se ha despojado completamente de todo velo hipócrita. Jamás ha hecho menos esfuerzos para poner excusas a un golpe de fuerza contra otra nación civilizada en los comienzos de su ansia de renovación.

Ante semejante atentado, la Internacional Obrera no podía menos que mostrarse unánime. Nuestros camaradas de Italia han estado de acuerdo con nuestros camaradas otomanos para protestar, en nombre de los intereses comunes del proletariado, contra una empresa criminal tan loca, que será también desastrosa, más desastrosa quizá para los vencedores que para los vencidos, que amenaza desencadenar la plaga de la guerra general, de abrir un abismo entre Europa y el nuevo mundo islámico, y que tendrá fatalmente, como última consecuencia, el proporcionar nuevos pretextos a las potencias para hacer más pesada aún la carga de los armamentos.

Para apoyar esta protesta, la Oficina Socialista Internacional, aplicando las resoluciones de Stuttgart y de Copenhague, así como la resolución especial tomada en Zurich el 25 de septiembre último, os invita a organizar, en las principales ciudades de Europa, reuniones públicas contra el golpe de fuerza en Trípoli y, de un modo general, contra la guerra.

La expedición tripolitana, en efecto, es solamente una de las múltiples manifestaciones de la política seguida por todas las grandes potencias: si Italia ha ido a Trípoli, Inglaterra se ha apoderado de Egipto, Francia y España se disputan Marruecos, Alemania ha dado el golpe de Agadir, Austria-Hungría se ha apoderado de Bosnia y de la Hergezovina.

Y a esta complicidad del ejemplo ha venido a unirse la complicidad de la aquiescencia: si el Gobierno italiano ha podido obrar, no lo ha hecho sino de acuerdo con sus aliados y la Triple Alianza.

Por consiguiente, no es solamente la política italiana, sino la política de todas las potencias, la que el Socialismo internacional debe denunciar a los pueblos como una política de salvajes, igualmente funesta para sus víctimas que para los que creen beneficiarse de ella.

En Turquía y en los países musulmanes en general, esa política engendra rencores tenaces, resentimientos temibles, y en el momento en que espíritus generosos se esfuerzan por introducir allí las ideas, las instituciones, las libertades ya conquistadas por las naciones occidentales hace el juego de los elementos reaccionarios, les proporciona argumentos eficaces contra toda penetración pacífica de la civilización europea.

En Europa, esa política enciende guerras coloniales mortíferas y onerosas; los españoles lo experimentan en el Rif; los italianos comienzan a sentirlo en Tripolitania. Esa política falsea las instituciones democráticas y entorpece su desenvolvimiento; refuerza los antiguos poderes y crea derivativos a las preocupaciones sociales; sujeta a los pueblos a la interminable cadena de los gastos militares; amenaza en todo momento con provocar catástrofes que superen en horror a cuantos horrores ha conocido el mundo.

El proletariado internacional debe, más que nunca, oponerse con todas sus fuerzas a esa política de brutalidad y de violencia. (…)

Protestamos, pues, con ellos contra la guerra, y al mismo tiempo hacemos votos porque el Gobierno turco, aprovechando la lección que le dan los acontecimientos, tratando de apaciguar los antagonismos étnicos y atendiendo las quejas de la clase obrera, contribuya a la aproximación de las naciones balcánicas para llegar a su unión más íntima en un organismo federativo. (…)

Trabajadores de todos los países, uníos contra la guerra, manifestaos en favor de la paz, del desarme y de la solidaridad de los pueblos. (…)

El Comité ejecutivo de la Oficina Socialista Internacional (…)

Consultado en el número 1337 de El Socialista.

El siglo XX trajo cambios importantes en la política imperialista italiana. La tensión con Francia en el Mediterráneo terminó cuando Italia consiguió el apoyo de su poderosa vecina para hacerse con Trípoli y la Cirenaica. Los italianos ofrecerían, a cambio, un acercamiento a Francia y el reconocimiento de sus intereses en el norte de África, especialmente en Marruecos. Ambas potencias firmaron un acuerdo secreto en 1902, que establecía la mutua neutralidad en caso de agresión. Tenemos que tener en cuenta que Italia pertenecía a la Triple Alianza, uno de cuyos objetivos era seguir manteniendo a Francia aislada, según lo diseñado en su día por Bismarck. Francia conseguía abrir brecha en su aislamiento a cambio de ser generosa con Italia en Libia. Así pues, en 1911 los italianos decidieron actuar. En el mes de septiembre se publicó un “estado de quejas” contra Turquía, dueña del territorio y se declaró la guerra, a pesar de que el sultán estaba dipuesto a negociar. En noviembre se proclamó la soberanía italiana sobre la Tripolitana y la Cirenaica. Pero Italia se animó a seguir expandiéndose a costa del enfermo y decadente Imperio turco. Ocupó la isla de Rodas y el Dodecaneso en 1912. Al final, en el otoño se firmaron una convención y un tratado entre ambos estados por el que Turquía reconocía todas las anexiones italianas.

El PSOE publicó en el número 1337 (24 de noviembre) de El Socialista la declaración de la Segunda Internacional contra la guerra de Libia, que emitió el Comité ejecutivo de la Oficina Socialista Internacional en Zurich. En la noche entre el 26 y 27 de septiembre el gobierno italiano había enviado un ultimátum al turco, y cuarenta y ocho horas después se había producido la declaración de guerra. La Internacional protestaba en nombre de todos los trabajadores contra la que se consideraba una empresa colonial “loca” y desastrosa para ambas partes porque podía provocar una guerra general, ya que, no nos olvidemos el mundo se encontraba en plena paz armada con tensiones permanentes, pero, además de abrir “un abismo entre Europa y el nuevo mundo islámico”, además de servir de pretexto a las grandes potencias para hacer más pesada la carga de los armamentos. La Internacional animaba, en virtud de los acuerdos tomados en los Congresos de Stuttgart y Copenhague, así como por la resolución de Zurich de 25 de septiembre de 1911, a organizar actos en las ciudades europeas contra el golpe de fuerza de Trípoli y contra la guerra en general. Los socialistas afirmaban que esta acción en Trípoli era una más de las que se estaban produciendo en aquel momento, aludiendo a cómo Inglaterra se había apoderado de Egipto, Francia y España se repartían Marruecos, Alemania había protagonizado el episodio de Agadir, y el Imperio de Austria-Hungría se había apoderado de Bosnia y Herzegovina. Así pues, no sólo era la política italiana el problema sino la de todas las potencias, algo que el socialismo internacional debía denunciar. Recordemos, además, que en 1911 se reanudó el interés del gobierno español de Canalejas por Marruecos y comenzaron las negociaciones con Francia para establecer sendos protectorados. El PSOE continuó con la denuncia de la situación en Marruecos, como lo pone de manifiesto el espacio creciente que esta cuestión ocupaba en El Socialista.

En la denuncia de esta guerra, además, y como hemos apuntado más arriba al aludir al posible resentimiento musulmán, se aludía a las consecuencias que podía acarrear en Turquía y el resto del mundo musulmán, justo cuando se estaba intentando introducir en esa parte del mundo las libertades conquistadas en Occidente, proporcionando a los sectores más reaccionarios argumentos contra la penetración de la “civilización europea”.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.