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A propósito de la exposición de Vicente Carderera en la Biblioteca Nacional

Entre el 27 de septiembre de 2019 y el 12 de enero de 2020 podemos visitar la exposición “Valentín Carderera. Dibujante, coleccionista y viajero romántico” en la Biblioteca Nacional.

Valentín Cardedera y Solano (1796-1880) es un artista destacado para conocer el romanticismo español, reuniendo, además en su figura un conjunto de facetas que lo hacen, a pesar del desconocimiento del público, un personaje fundamental como estudioso, bibliófilo y coleccionista, y como divulgador y defensor del patrimonio artístico español justo en el momento de la desamortización eclesiástica y su repercusión, en muchos casos negativa, en el impresionante patrimonio de la Iglesia. Y, precisamente, este es el campo que aquí nos interesa en esta primera reseña de exposiciones que iniciamos en la sección de Cultura, intentando destacar un aspecto que nos sugiere un análisis o comentario.

Al entrar en la exposición en la Sala Hipóstila de la BNE encontramos un fragmento de un artículo que Carderera publicó en el Semanario Pintoresco Español en julio de 1940 con el significativo título de “Sobre la demolición de los monumentos artísticos”, y que nos sirve para abordar nuestro objetivo.

Carderera fue un infatigable viajero, tanto fuera como dentro de España. En el extranjero intentó publicar sus dibujos de los monumentos españoles. Al final, su magno proyecto solo pudo materializarse en parte gracias a la publicación de sus dibujos en la España artística y monumental de Genaro Pérez Villaamil, y en las revistas Semanario Pintoresco Español y El Artista. Esa preocupación por la conservación del patrimonio español se vincula con la que fuera de España pudieran tener literatos y artistas como Prosper Mérimée, Viollet-le-Duc, Owen Jones y Richard Ford, entre otros, y con los que Carderera tuvo intensas relaciones. Era el momento en el que los profundos cambios políticos, sociales y económicos que se estaba produciendo en Europa occidental estaban provocando un intenso debate sobre el progreso y la tradición, una relación muy complicada y que, en muchos casos, no se supo conjugar.

El largo trabajo publicado en el número del 19 de julio de 1840 en el Semanario Pintoresco Español de nuestro protagonista comienza ensalzando la riqueza artística de Salamanca, afirmando que podría hacerse la Historia del arte español sin salir de su recinto, al menos entre los siglos XII y XVIII. Pues bien, en medio de tanta belleza clamaba por el hecho de que se iba a derribar lo que quedaba del Convento de San Vicente. Efectivamente, este conjunto sufrió durante la Guerra de la Independencia, al convertirse en cuartel francés, siendo bombardeado. Lo que quedó del mismo fue empleado, en gran medida, para la construcción de viviendas del entorno. Carderera escribía justo en los momentos previos a este hecho, aludiendo a que, según tenía entendido, se iba a abrir una plaza de toros. El autor valoraba la enorme importancia que había tenido el convento, y cómo la riqueza artística que había llegado a ese momento se había vendido por 15.000 reales de vellón. Se preguntaba si era esta “la ilustrada época de lo positivo”, y si “es posible que la nación haya de desprenderse en favor de unos pocos, de cosas que tanto valen por tan miserables sumas?”, y todo para fomentar el embrutecimiento con una plaza de toros más.

El meollo del artículo estaba en el siguiente párrafo, al que aludíamos anteriormente y que abre la exposición:

“No nos cansaremos en llamar la atención del gobierno, como otras veces lo hemos hecho, para, poner coto a estos actos del más refinado vandalismo. ¿No ha habido alguna real orden para exceptuar del anatema de demolición algunos monasterios célebres y brillantes monumentos del arte nacional? ¿No habría un expediente para salvar algunas capillas, altares, sepulcros ricos de bellos mármoles y labrados con singular primor, y que los propietarios de ahora no los aprecian más que como un montón de piedra para construir una pared?”

Carderera y Solano reconocía que se había legislado para que los objetos de arte fueran propiedad pública y se colocasen en museos, pero la falta de orden (recordemos que acababa de terminar la guerra carlista, y el país había vivido muchas convulsiones políticas) y de dinero, además de la ignorancia y la apatía, habían jugado en contra de lo dispuesto. Denunciaba que con tanta inestabilidad desde el inicio de la Guerra de la Independencia la mayor parte de los tesoros artísticos de los conventos se había perdido. Y ponía ejemplos, como el derribo de una parte de la portada de la Trinidad fuera de las puertas de Burgos, y que había merecido una estampa de Mr. Roscoe en su libro Excursiones por España. Pues bien, eso no había bastado para mantener el monumento por obra y gracia de la Junta de Armamento y Defensa de Burgos. También habían caído la portada de San Gabriel de Valladolid, y la Capilla de Fabio Nelli, por razones idénticas. España estaba convirtiendo “el oro en polvo”. La nación no podía renunciar a este patrimonio. El Gobierno debía actuar.

El artículo puede consultarse en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional.