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A propósito de la exposición del “Lujo, de los asirios a Alejandro Magno” en Caixaforum

Lo primero que uno debe destacar de esta magnífica exposición es el intenso placer estético que proporciona al albergar una colección de piezas arqueológicas de gran belleza, de los asirios, babilonios, fenicios, persas y de la época helenística, ese momento en el que se fundió lo occidental con lo oriental, pero que también generó cierta uniformidad artística.

Explicaciones didácticas pero muy rigurosas, textos históricos contemporáneos a las épocas o no muy alejados de las mismas nos proporcionan, además del placer estético, el intelectual. En fin, un lujo de exposición sobre el lujo en la Antigüedad.

Pero, fiel al propósito de estas reseñas de exposiciones, nos centraremos en un aspecto del mismo y sus consecuencias. Nos referimos a la intemporalidad del lujo. Descubrimos que en la Antigüedad se plantean aspectos de la relación del ser humano con el lujo que se han hecho constantes en la Historia: ostentación de las élites, y mimetismo por parte del resto de la población. Los trajes sofisticados, los perfumes embriagadores, las joyas riquísimas, los muebles de maderas nobles, los exuberantes jardines, etc.., eran formas de demostrar el estatus social. Era elementos fundamentales para aquellas personas que aspiraban a tener un lugar destacado en sus sociedades, fomentando un intenso mercado del lujo. Y eso provocó que aparecieran mercados paralelos de falsificaciones e imitaciones con materiales menos costosos para poder atender a otros grupos sociales que querían imitar el lujo de los poderosos. Todo eso que conocemos muy bien paseando por las zonas comerciales de lujo de las ciudades occidentales, y luego entre los manteros, existía ya en Babilonia con otros medios e instrumentos, pero con similares propósitos.

Disfrutando en la exposición me vino a la cabeza que, aunque el poder siempre ha fomentado el lujo como una manifestación del mismo, como bien refleja la muestra en el principio de la misma con ejemplos de los asirios, también ha intentado regularlo y controlarlo a través de las denominadas leyes suntuarias por varios motivos. Este es el principal objetivo de nuestro artículo.

Las leyes suntuarias intentaron regular el consumo en relación con los productos de lujo con el fin de evitar grandes importaciones de los mismos, algo que se desarrollaría mucho en la época del mercantilismo, siendo en este sentido, muy significativa una orden emitida por Isabel I de Inglaterra en 1571, pero también buscaban marcar claramente las diferencias sociales, ya fuera en la Antigüedad clásica, ya, especialmente en la Baja Edad Media, y gran parte del Antiguo Régimen, porque establecían que tipo de productos y servicios podía consumir cada clase o estamento. De ese modo, se pretendía reforzar el poder de los poderosos, y que no hubiera mezcla social. Por otro lado, algunas de estas leyes establecían reglas sobre la forma de vestir de las prostitutas para diferenciarlas claramente.

En todo caso, estas leyes no fueron muy eficaces. Montaigne escribió una obra al respecto criticando su eficacia, ya que restringir el consumo de alimentos caros o de vestir ropajes sofisticados a los grupos sociales elevados lo único que conseguía era que fueran más deseados por el resto de la población.

En España debemos destacar la obra de Juan Sempere y Guarinos, publicada por la Imprenta Real en 1788, en plena época ilustrada, fomentada por Floridablanca, y que lleva por título Historia del lujo y de las leyes suntuarias de España, y que podemos consultar en la red gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. El economista de Elda realizó un estudio del lujo en España en todas sus dimensiones, no sólo de la vestimenta o moda, así como de la legislación emitida, y de la relación del lujo con la moral y la religión. Sempere reconoció, precisamente por la profusión de disposiciones legales, el fracaso de las mismas. La Ilustración española estuvo dividida en esta materia, ya que para unos el lujo era inmoral, mientras que para otros podía servir para fomentar la producción nacional. Sempere estaría entre los segundos, mezclando aspectos mercantilistas con otros más modernos de un incipiente liberalismo económico.