El proceso de creación del Museo del Prado

Vista de la obra "Viejo desnudo al sol" que formó parte de la exposición "Mariano Fortuny (1838-1874)" en el Museo del Prado. /EFE/Emilio Naranjo Vista de la obra "Viejo desnudo al sol" que formó parte de la exposición "Mariano Fortuny (1838-1874)" en el Museo del Prado. /EFE/Emilio Naranjo

El 19 de noviembre de 1819 se inauguraba el Museo del Prado, sin lugar a dudas, una de las pinacotecas más importantes del mundo.

El Museo Real se estableció en un edificio no destinado, en principio, para ello, y que constituye uno de las obras más importantes del arte neoclásico español, proyectado por Juan de Villanueva en el año 1785 para albergar el Real Gabinete de Historia Natural, institución creada por Carlos III, y que necesitaba una sede adecuada, y dentro del ambicioso proyecto de reordenación urbanística del Paseo del Prado. La Guerra de la Independencia paralizó las obras. El edificio sufrió no pocos destrozos por parte de las tropas francesas que lo utilizaron como cuartel. Cuando, al final, se decidió situar allí el Museo de pintura hubo que emprender importantes obras.

La idea de crear un Museo de pintura surgió en plena época del despotismo ilustrado. Mengs hablaba de esta necesidad en una carta enviada a Antonio Ponz en 1775. El pintor neoclásico fue fundamental para cambiar los gustos artísticos en España, muy vinculado al rey, como su Primer Pintor, y creía en la necesidad de que la corte española tuviera una pinacoteca. En 1800, ya en tiempos de Carlos IV, el secretario de Estado y Despacho, Mariano Luis de Urquijo ordenó que se trajesen desde Sevilla a Madrid las pinturas de Murillo que se encontraban en el Hospital de la Caridad. Urquijo quería seguir el ejemplo que se estaba dando en otras cortes europeas de ir reuniendo colecciones de pintura. Godoy citaba, a su vez, en el verano de 1803, el “Museo de su Majestad” o el “Museo de esta Corte”. Así pues, en la transición al nuevo siglo se estaba madurando la necesidad de crear una pinacoteca en Madrid.

José Bonaparte, tan interesado en crear una corte adecuada, como lo demuestra su preocupación urbanística, dedicó también su atención a la cultura, y la idea del Museo de pintura estaba en esa línea. El gobierno afrancesado suprimió las órdenes religiosas, lo que suponía que el Estado se convertía en propietario de un patrimonio artístico de primera magnitud. Seguramente, el propio Urquijo animó más al rey, que firmó un Decreto el 20 de diciembre de 1809 por el que se creaba un Museo con las pinturas incautadas en conventos y monasterios, así como las procedentes de otros establecimientos públicos, y de los palacios y sitios reales.

El denominado Museo Josefino se debía situar en el Palacio de Buenavista, que había sido confiscado a Godoy. Pero no pudo abrirse por la inestabilidad provocada por la guerra y las dificultades de traer cuadros en una España en conflicto desde los sitios reales y otros lugares. Pero, sin lugar a dudas, la idea afrancesada con los antecedentes previos, no se arrinconó, ya que Fernando VII, a su vuelta al trono, decidió retomar el asunto. Pero la situación económica de España después de la Guerra, los gastos que suponía habilitar el Palacio de Buenavista, la presión de la Iglesia para que las órdenes religiosas recuperasen sus propiedades, además de algunos impedimentos dentro de la propia Administración en relación con el Consejo de Estado que opinó que era mejor que se instalase en otra sede, como podría ser el edificio de Villanueva, fueron factores que dificultaron el interés por abrir un Museo de pintura, que ahora debía pasar a ser denominado Fernandino.

Pero Fernando VII seguía pensando en la necesidad de crear la pinacoteca. En 1818 ordenó al marqués de Santa Cruz la creación de la Galería de Pinturas del Museo del Prado. Al parecer, la reina Isabel de Braganza fue la inspiradora del impulso del proyecto. Así pues, se abrió, reuniendo en ese primer momento ya una importante colección de más de mil seiscientos cuadros, aunque solamente se exponían unos trescientos.

El nuevo Museo, aunque parecía que se inspiraba en el diseñado por los afrancesados, en realidad, era distinto, y no sólo por la nueva sede, sino porque cambió su naturaleza, precisamente por el origen de los cuadros. Si el espíritu ilustrado afrancesado buscaba, fundamentalmente, un propósito pedagógico en la exposición, al reunir cuadros de distinta procedencia, tanto de la Casa Real como de las órdenes religiosas, ahora este objetivo se perdió, ya que los cuadros procedían exclusivamente de las colecciones reales, por lo que el Museo se vinculó claramente, por ese motivo, al rey, siendo, por lo tanto, un Museo Real, de su propiedad con un Gabinete propio, asunto que ha sido tratado en una exposición del propio Museo. Sería regido por servidores reales del ámbito de la nobleza o pintores de cámara, incrementándose la colección con más pinturas de palacios reales y de El Escorial.

La situación del Museo no comenzaría a evolucionar hasta los años sesenta del siglo XIX, cuando cambió su titularidad. En el Sexenio Democrático se produjo otro hito fundamental, ya que la colección cambió su naturaleza al incorporarse los fondos del Museo de la Trinidad, una pinacoteca creada con los fondos pictóricos de las órdenes religiosas suprimidas a raíz de la desamortización de Mendizábal en los años treinta, y que se habían convertido en bienes nacionales.