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La crisis del liberalismo económico en la Gran Depresión de 1873

Aunque popularmente se piensa en la primera gran crisis del capitalismo se produjo en 1929, en realidad, no es así. En 1873 se produjo una gravísima depresión que condicionó la economía, la sociedad y la política durante el resto del siglo XIX y, en realidad, hasta el estallido de la Gran Guerra, en multitud de aspectos.

Así es, el período que transcurre desde la Gran Depresión de 1873 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 supone en el ámbito de la economía una paradoja, ya que si, por un lado, parecía que el liberalismo económico había triunfado, la realidad de la política económica practicada se alejaba de lo que Adam Smith había formulado en su momento, y eso fue debido a un conjunto de factores.

Inglaterra había sido la patria del liberalismo económico, el lugar donde se defendía la casi nula intervención del Estado en las relaciones de los distintos factores de producción. El libre mercado era el encargado de ajustar la producción y la distribución de los bienes, así como las relaciones laborales, y los movimientos del capital. Los desajustes entre oferta y demanda se autorregulaban automáticamente. Esa política económica básica había sido adoptada, con modificaciones, por otros estados, que se encargaron de crear condiciones legales para su implantación, eliminando los obstáculos propios del Antiguo Régimen, como eran las aduanas interiores, el complejo y diverso sistema de pesos y medidas, la falta de una moneda común, la existencia de gremios y corporaciones con sus pormenorizadas ordenaciones, la regulación de salarios, la pervivencia de fábricas reales o estatales, las tasas de precios de alimentos, y los sistemas fiscales propios de las sociedades estamentales. Pero eso no era obstáculo para intentar adoptar medidas proteccionistas para evitar el incontestable poder de la competencia británica.

A mediados del siglo XIX, la política económica de origen británico se basaba, por lo tanto, en tres libertades y una misión nueva para el Estado. La primera era la libertad de contratación de bienes y servicios, y especialmente en relación con el factor productivo del trabajo, donde no debía intervenir el Estado, ya que era un asunto contractual exclusivo entre el patrón y el trabajador. La segunda libertad tendría que ver con la libertad comercial (librecambismo) de mercancías, servicios, y hasta de personas, aunque bien es cierto que en algunos países se adoptaron prácticas proteccionistas para poner en marcha sus revoluciones industriales respectivas frente a la competencia de los productos británicos. Por fin, la tercera libertad se refería a la defensa de un sistema basado en el oro como instrumento básico de la economía mundial, el denominado “patrón-oro”. La misión nueva del Estado era exclusivamente policial, de vigilancia para que el sistema funcionase por sí solo, siendo teóricamente “neutral”, no interviniendo en el proceso productivo, ni estableciendo políticas sociales porque supuestamente distorsionarían el reparto de riqueza que generaba el mercado. Por fin, el Estado para ser neutral debía gastar lo justo, es decir, su objetivo era conseguir un perfecto equilibrio presupuestario.

La crisis de 1873 trastocó el supuesto idílico funcionamiento de la economía según los presupuestos del librecambismo. Comenzaron, además los ciclos económicos con crisis periódicas (1882, 1890, 1900 y 1907), demostrando que el mercado no podía resolver los desajustes. Como decíamos, la primera gran depresión o crisis del capitalismo estalló en 1873 y se prolongó en el tiempo. La agricultura europea sufrió gravemente esta crisis porque no podía competir con la llegada de un verdadero aluvión de productos agrarios americanos (Estados Unidos, Argentina) o australianos. En estos países se producía con costes menores y, por lo tanto, sus productos podían venderse a menor precio que los europeos. No olvidemos, además, que las mejoras en el transporte interoceánico permitían acceder fácilmente a estos productos baratos. Las consecuencias para la agricultura europea fueron terribles porque, ante el considerable aumento de la oferta, los precios se hundieron en los mercados europeos y hubo un descenso de hasta el 30% de los beneficios. Muchos campesinos abandonaron sus tierras y marcharon a las ciudades o emigraron fuera de Europa. Pero la situación no era mejor en la industria y en las finanzas. En 1873, la Bolsa de Viena se hundió y con ella se sucedieron muchas quiebras bancarias en los principales países industriales. La falta de capitales produjo el cierre de fábricas e industrias, con el consiguiente aumento del paro.

Estos problemas generaron un proceso de concentración industrial y financiera que buscaba eliminar la competencia y crear monopolios en los mercados o controlar parte de los mismos y asegurarse las ventas. Surgieron diversos tipos de asociaciones de empresas. El cartel era un convenio entre empresas independientes que fabrican un mismo tipo de producto con el fin de eliminar o reducir la competencia, mediante un acuerdo sobre los precios o el reparto de sectores del mercado. El trust, por su parte era una fusión de diversas empresas. Dicha fusión podía ser horizontal cuando se producía entre empresas dedicadas a la misma actividad o vertical, cuando se unían empresas que se dedicaban a distintas fases de un proceso productivo. Y, por fin estaba el holding, o sociedad financiera que invertiría en empresas variadas para controlarlas. Este tipo de concentración era el más empleado por los bancos para entrar en el mundo industrial.

Las concentraciones más importantes se dieron en Estados Unidos y Alemania. En el sector petrolero norteamericano destaca el caso de la Standard Oil Company. Fundada en 1870 refinaba solamente el 4% del crudo del país; diez años después, convertida en la Standard Oil Trust, controlaba el 90% de la producción y exportación de petróleo de los Estados Unidos. En Alemania se puede citar el caso de la AEG, que controlaba todo el mercado de productos eléctricos del país y que se repartía el mundial con la General Electric norteamericana. En las finanzas, destacará la Banca Morgan, la principal concentración de capital financiero de los Estados Unidos. El suizo Ritz se hizo con los principales hoteles de Europa y Estados Unidos. En la industria del automóvil, uno de los sectores innovadores de la segunda revolución industrial, pronto destacarían la Benz, la Citroën, la Ford y la Renault. Fue tal el poder de las nuevas concentraciones empresariales que el gobierno norteamericano tuvo que intervenir a principios del siglo XX con las leyes antitrust para dificultar o prohibir su creación para evitar los monopolios.

Otra de las consecuencias de la gran depresión de 1873 fue la adopción por parte de los estados de políticas proteccionistas. El proteccionismo es una especie de nacionalismo aplicado a la economía, ya que pretende la defensa de la producción autóctona frente a la competencia exterior. El proteccionismo se articula a través de los aranceles aduaneros, es decir, tasas que deben pagar los productos importados. Cuantos más altos sean esos aranceles más proteccionistas es un país. Excepto Gran Bretaña, todos los estados subieron sus aranceles aduaneros, especialmente de productos agrarios, pero con el tiempo se aplicaron a los sectores industriales.

La presión del movimiento obrero, ya fuera en su versión marxista ya en la anarquista, y cada vez más organizado en partidos y sindicatos, provocó que los poderes comenzaran a darse cuenta de la necesidad de atender a la cuestión social, como lo demostraría el caso de Bismarck que, por un lado, atacó a la socialdemocracia, y por otro, planteó una de las primeras legislaciones sociales en Europa occidental. En Francia, también comenzaron a aprobarse al final del siglo, en plena Tercera República, las primeras disposiciones sociales gracias a la presión del socialismo y los radicales. Pero, también es cierto que, además de esta presión obrera en la calle y/o en los parlamentos, ya que fueron adquiriendo peso en los mismos, se generaron otros grupos más específicos, como los agricultores o la gran patronal industrial que presionaban sobre los gobiernos y parlamentos para que el estado interviniera a favor de sus intereses, especialmente potenciando el proteccionismo. De forma paralela, los bancos centrales de cada país comenzaron a tener un gran poder en relación con el precio del dinero.

Es evidente que ahora los poderes políticos, en consecuencia, comenzaron a entender que la economía ya no era un ente que funcionaba aparte o de forma autónoma, ahora era un objetivo más de la política, o, mejor dicho, uno de los principales objetivos de un gobierno. En este sentido, además, el dogma del presupuesto equilibrado se cayó con el desarrollo de las políticas imperialistas. En la época de la creación de los grandes imperios mundiales había que gastar ingentes cantidades de dinero para crearlos y mantenerlos. La paz armada contribuyó claramente a los desequilibrios presupuestarios, ya que las grandes potencias, pero también las menos importantes, dedicaron porcentajes crecientes de sus presupuestos a la compra de armamento para asegurarse su posición frente al resto de las potencias.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Profesor de Secundaria, autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica, miembro del Grupo Federal de Memoria Histórica del PSOE.

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