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Mucho más que dos mil kilómetros


  • Escrito por Santiago Aparicio
  • Publicado en Sport

Los datos oficiales indican que la distancia entre España y Alemania es de algo más de dos mil kilómetros pero el arranque de LaLiga Santander este fin de semana demostró que la diferencia con la Bundesliga va mucho más allá.

La irrupción del fútbol español tras la pandemia del coronavirus arrinconó los recelos apuntados desde los terrenos de juego germanos, en funcionamiento desde hace justo un mes. Nada que ver. Ni sobre el césped ni por televisión.

El aspecto desolador que delatan las retransmisiones de la competición alemana despertó el ingenio de los operadores españoles que encontraron ciertas soluciones para aplacar el silencio y el vacío.

Público y aliento virtual como opción para equiparar la nueva con la antigua normalidad. Un público irreal desde el que salió un espontáneo auténtico. El que invadió el césped del Visit Mallorca Estadi en pleno partido entre el Mallorca y el Barcelona.

De la nada surgió el aficionado. Nació del desierto de la grada. Por encima de las severas medidas de seguridad y de los controles sanitarios. Resultó estimulante la vuelta del balón, la puesta en marcha de LaLiga que demostró una mayor naturalidad de la contemplada hasta ahora en la Bundesliga.

Un mes de experiencia acumula el fútbol alemán desde el confinamiento. Fue la primera de las grandes competiciones del Viejo Continente en dar el paso al frente y volver a jugar. Lo hizo con la exigencia del carácter germano. Férreo en sus demandas e implacable con las normas.

La Bundesliga ha completado seis fechas desde el parón. Las celebraciones siguen siendo contenidas, apenas hay protestas a la decisión del juez y la intensidad sobre el césped parece estar cohibida. La distancia de seguridad entre los suplentes está medida.

Y el aspecto de la grada es desolador. No ha habido avance alguno desde que el pasado 16 de mayo se empezó a jugar. La condición de local sigue desaparecida. Los equipos no parecen haberse amoldado a la nueva situación y pocos triunfan en su estadio.

Treinta días después jugar en casa no garantiza nada. De hecho, en la última sesión solo el Bayern Múnich ganó en su campo. En los nueve partidos disputados seis victorias fueron visitantes y los otros dos terminaron con empate.

El fútbol español arrancó con otro ritmo. Ofreció una cara dispar. Desde el principio, con los cuarenta y cinco minutos restantes en Vallecas, pendientes entre el Rayo Vallecano y el Albacete.

No se ha guardado nada LaLiga, ávida de balón después de tres meses de silencio. Compatibiliza el jugador el respeto por el protocolo con la naturalidad. Casi todo es más próximo a lo real que a lo aparente, que a lo impuesto. No es tímido el festejo tras un gol.

Permanecen los abrazos, las piñas, la satisfacción. No han desaparecido las protestas, ni el cara a cara. Hubo entradas fuertes, forcejeo y también faltas de concentración. Goles, goleadas, protestas y tensión. Un espontáneo cambio de camisetas al final y choque de palmas.

Sonido ambiente, trabajo extra desde la megafonía y métodos de motivación para que el futbolista encontrara acomodo ante lo desconocido. La pelota dictó mucha más variedad que en Alemania. También en el marcador hubo normalidad.

Cuatro triunfos locales, tres empates y tres victorias visitantes en los diez partidos completados. Hubo de todo. Ni desapareció la condición de local ni mejoró el panorama del visitante.

Y la mayoría de los técnicos sacaron provecho de los cinco cambios. Había tanto hambre de balón que sobre el verde no se resguardó nada. Hubo intensidad y pasión, dicha y drama. Felicidad y decepción. Solo que no hubo con quién celebrarlo. EFE.

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