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LA CAUSA
Una novela por entregas de
Rosa Amor del Olmo
Sonia una joven burguesa madrileña descubre el día de su cumpleaños que su casa está vacía, sus familiares han desaparecido de la manera más extraña. Tiene que abrir un Diario que alguien dejó a la vista en el día de su aniversario. Sorprendida en su propia casa por los Servicios de Inteligencia del Gobierno, la Brigada Político Social (CESIBE), tiene que comenzar una aventura de espionaje, donde Federico Sánchez, Santiago Carrillo, el doctor Poole o el Teniente Coronel Aguado formarán parte directa de su vida.

Una maraña de causalidades entre combatientes de la resistencia en Madrid, descubren a la protagonista una verdad desconocida para ella. Un viaje de pesquisas a Moscú hará de Sonia una nueva persona, afrontando acciones asombrosas al lado de un Nikita Jruschov en decadencia. Los acontecimientos girarán alrededor de un gran todo que es: la causa, donde el fin justificará los medios.
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Capitulo XI


(Tiempo de lectura: 13 - 25 minutos)

Cuando despertó de la aventura en el sur de Rusia, estaba algo cansada y con ciertas secuelas de las torturas que había padecido en el interrogatorio de los militares, de modo que le costaba caminar. Se le habían dañado los nervios ciáticos y apenas podía moverse, aunque para una mujer como Sonia sería corto el desafío y tenía su misión que hacer, su causa.

Había estado la tarde anterior Kruschev, su mujer y su asistente en una especie de reunión casi casi familiar. Daba un poco de pena verla tan desmejorada. Había sido todo un logro de la parte del Coronel y de su madre Hélène cambiando el cuerpo golpeado y a punto de sucumbir de Sonia por el de un joven del pueblo. Habían conseguido dar la “carnaza” que necesitaban los del gobierno de Franco y sus policías y sus militares y su equipo preparado de espionaje. Todos pensaron que el cabecilla de los atentados –probablemente guerrillero azkatasuna- ya había sido liquidado junto a otros del comando que recorrían la zona del Pays Basque como la palma de la mano. El Doctor Urrutia declaró la muerte del joven y por supuesto se olvidó de que el Coronel estuvo por allí durante la persecución del terrorista (Sonia) del interrogatorio y de todo lo que hicieron.

Aquellos días en Moscú a penas comía, más el interrogatorio y algo que le debió de pasar que no recordaba pero que la dejó en ese estado de no poder a penas andar. Sentía cambios en la sensibilidad de la cara y huesos faciales que los sentía como deformes o desiguales. Dificultad para respirar a través de la nariz debido a la hinchazón y al sangrado la agobiaba mucho porque de momento no se visualizaba de nuevo ni como espía ni como persona siquiera. Tenía además la visión doble.

Nikita ordenó, no directamente –nadie le hubiera obedecido- pero sí a algunos fieles adjuntos, traer varios médicos y cirujanos, los mejores del Estado, para que hiciera lo que tuviera que hacer y por supuesto lo harían bien. Había además que intervenir en cirugía estética porque tenía el rostro con bastantes fracturas y hematomas, dolores de cabeza, sordera, tinitus, mareos…todo le sucedía. Operaron a Sonia en el Hospital de la Revolución y fue intervenida en diez anestesias, casi con más protocolo que si hubiera sido el propio Stalin. Aquellos cirujanos lograron restablecer su naturaleza.

Con los meses, fue restableciéndose. Kruschev mostró su orgullo y se despidió con un abrazo muy sentimental. Sonia tenía todo lo que le habían pedido los franquistas, el Coronel también, todos los de la DGS estaban bajo control, pero esta vez sería el control de ella hacia ellos. Kruschev la había proporcionado militares, los mejores militares: una unidad especial del KGB y los medios para poder acabar con la dictadura de Franco.

Mientras desayunaba con su padre en Moscú y preparaban junto a Semprún todo lo que habría que hacer, llegó un diario en español. Los rusos siempre tenían los diarios de todos sus vecinos y países. Todos los noticiarios del momento destacaban a Luis Merino como el gran detective por su gran hallazgo. ¿Cuál? ¿Qué habría pasado en esa España que ahora Sonia vislumbraba más como un lugar de operaciones? Había perdido gran parte de su alma sensible, pero guardaba un pedacito de corazón para sus padres, su amigo Benito y alguien más: el Coronel, a quien según órdenes de los franquistas tendría que matar.

—¿Cómo?- gritó, pero si es Helga, la vecina familiar del Doctor Massip. ¿Por qué aparece en primera página como asesina? Siempre pensé que era de las SS. Maldita hija de puta. (se dijo a si misma.)

De un momento a otro se decidió Luis Merino a venir a Madrid en los años 60 y establecióse en el número 50 de Velázquez. Era un detective de los buenos, y por ello, no le quitaba ojo a la alemana Helga, ni a Massip, en realidad, a nadie. Había sido contraespía en la División Azul, centrado en altas maniobras de espionaje, como el Coronel, aunque en apariencia, ni se conocían. Le dieron trabajo de calle, el cual como detective magnificaría por su enorme talento.

En Madrid tras la guerra y en plena recuperación por zonas, había todavía algunas casas o edificios que se conservaban firmes, en apariencia fuerte y milagrosamente conservada, claro. Cercenadas por las bombas, parecían cementerios vivientes, algunas hasta conservaban aún los dos pisos, los cuatro pisos y aunque con la fachada algo destrozada, crujían ventanas y puertas de todos los edificios como si fuesen a caerse. Una de ellas fue particularmente destacada por lo que allí sucedió, era la casa del anticuario que de momento aguantó hasta que no pudo más. En la zona la conocida Carretera «Mala de Francia» de 1933 perteneció a la actual Bravo Murillo que pertenece al norte del barrio de Tetuán en los tiempos en que aún era parte de Chamartín de la Rosa. Habitaban esta zona los obreros más pobres -clases menesterosas para la burguesía- y eran numerosos los traperos que vivían y almacenaban o arrojaban por aquí el producto de su recogida.

Fue un inmueble sito en Cuatro Caminos, en el distrito de Tetuán, zona de gente obrera, artesanos…pero muy complicada. En los años setenta, funesto periodo para la arquitectura madrileña, en el que se cometieron la mayor parte de los atropellos urbanísticos y de las destrucciones del patrimonio arquitectónico, se elaboró un plan de remodelación del distrito de Tetuán, cuyo objetivo era crear un barrio nuevo partiendo de cero, es decir, derribándolo todo y construyendo de nuevo.

En este caso el Plan se olvidaba de la mejora de las condiciones de vida de los habitantes del barrio en favor de las maniobras especulativas y de la vieja idea de que el eje representativo de la Castellana extendiese su influencia en los laterales. Era evidente que la terciarización de la zona de la Castellana y sus aledaños, y la presión de la cada vez mayor población acomodada que se iba asentando en las nuevas áreas residenciales, estaban en el origen de este Plan.

Una zona a derruir, donde había vivido un anticuario, el cual había muerto y la casa ahora estaba habitada por un zapatero, un sacerdote y una mujer sola, cada uno en un piso diferente, es lo que le comentaron al inspector Merino, los vecinos que quedaban por allí para resolver un caso.

Tres días después de la comisión de higiene que intentaba poner en orden la ciudad, decidió que la casa del anticuario tendría que ser derribada, pues había un riesgo importante de derrumbamiento. La orden de desalojo había sido enviada de un día para otro anunciando la expulsión de los inquilinos, pegado este cartel sobre la puerta se podía leer perfectamente: En una semana tendrían que abandonar la casa.

Pasado ese tiempo un funcionario llegó para constatar el desalojo, sintiendo el frío característico de las casas que están vacías de seres humanos. Nada de humanos pero sí de muebles, muebles que en realidad no merecen ser tirados ni mudados, muebles hermosos de anticuario. Llegado el momento comenzó el gran espectáculo de la demolición, una grúa enorme, armada de una gran bola metálica suspendida en el aire por una cuerda comenzó a colisionar contra los muros. Entre el ruido y el polvo de los enormes agujeros que provocaba intencionadamente la grúa, podían verse desde fuera papeles pintados rasgados, una desnuda escalera, una mesilla de estilo, un sofá imperial, una chimenea suspendida...el espacio de un instante entre el cielo y la tierra. Tres golpes más de la monstruosa bola terminarían por dar muerte implacable a la casa del anticuario. Ahora no era más que un montón de escombros anónimos, en un desierto nivelado por las palas mecánicas. ¡Desolador!

Era muy común que las gentes que habían superado la guerra, veinte años o veinticinco después permanecieran prácticamente con su misma vida, con pocos cambios, la posguerra fue para todos un valle de lágrimas. Bajo la casa del anticuario que era francés, quedaba una cava abovedada como esas que tienen en todas las casas francesas con su costumbre de albergar vinos y más vinos que después yacen muertos sin que nadie –con la muerte sobre los talones- llegue a consumir. En efecto, bajo la casa del anticuario se podía ver una preciosa cava del siglo XVI sobre la que el arquitecto dijo:

—Reconstruiremos esta preciosa cava...el inmueble nuevo tendrá muchísimo más valor. En su lugar levantaremos un gran Centro Comercial que será la envidia de toda Europa, un Galerías Preciados ¡Quiten los escombros y límpienla!

El arquitecto, los peritos, el promotor y algunos obreros visitaron concienzudamente la casa del anticuario, pues era necesario comprobar el estado de las bóvedas después de la demolición. El arquitecto volvió a comentar:

—Esta casa —afirmaba el arquitecto — es una de las más antiguas de la ciudad, la cava se prolonga sobre los bajos de otras casas. La he visitado antes de la demolición y como tiene dos niveles, es decir dos pisos, siendo así, resulta excepcional. Si seguimos mis planos, podremos construir en una primera planta baja un establecimiento público, restaurante o brasserie y decorar el primer nivel de la cava como sala de fiestas...ved, es inmensa, esta escalera lleva a otro nivel que puede servir para guardar los materiales útiles de despensa, las mercancías.

—¡Vamos a ver esto!, expresó con pasión el reconcentrado arquitecto.

El segundo nivel de la cava del anticuario se encontraba atrancada por una puerta de madera cerrada por un picaporte de estilo, bien sellado. Los obreros hacen por abrirla mientras que el arquitecto y el promotor examinaban los planos con atención, a la luz de una antorcha. Cuando es abierta la puerta, uno de los obreros reculó con estupor...un olor espantoso salía del interior, de adentro de la bóveda. Para sorpresa, el resto de los que allí se encontraban recularon también para atrás y en la escalera pequeña que se hallaba justo al lado de los hombres comenzaron a mirarse con inquietud y estupor. Buscaron más antorchas y bajo las órdenes del arquitecto tiraron la puerta. Uno de los hombres, prudentemente y reteniendo su respiración, entró de golpe por el agujero que había dejado la puerta alumbrando con su antorcha al suelo. Una vez que se alumbraron paredes, suelo, vigas dispuestas en forma de cruz...el olor era tan inaguantable que el hombre se tapó su nariz y la boca con un pañuelo. Un segundo más tarde dio un grito de tal calibre que llegaron el resto de sus compañeros a ver qué estaba sucediendo.

Brutalmente inundada de luz, la segunda cava de la casa del anticuario revelaba un espectáculo espantoso: un cuerpo clavado al muro de la pared como un crucificado. Un rostro torturado, los ojos saltones pero muertos, inertes, miraban al intruso molestos por la perturbación del extraño cadáver yaciente en cruz.

Una visión completamente inadmisible, pavorosa por lo que el grupo de hombres se precipitó a buscar una salida al exterior, impresionados por la visión. Les parecía haber descubierto el mismo antro del diablo. Solo con su promotor, el arquitecto se obligó a sí mismo a mirar una vez más el increíble espectáculo, necesitaba poder explicárselo. Sin duda alguna, había un hombre ahí, despojado de sus ropas y muerto desde hacía tiempo. ¿Pero muerto cómo? Qué ejecutor, qué asesino demoníaco había realizado este trabajo espantoso? El cuerpo había sido atado y clavado sobre las vigas de madera, por las manos y los pies...la cabeza con el rostro de frente, se había mantenido por dos cuerdas que tiraban para tensarlo, como si se hubiera querido que mirase la muerte de frente hasta el final, para la eternidad.

El arquitecto salió a escape, el promotor igualmente, no era para menos. Era fundamental respirar aire fresco, para poder asimilar todo aquello que acababan de descubrir. Allí se personó el mismísimo Luis Merino, con su gabardina y sombrero de color marrón, paso calmado como controlando la situación. Estos trabajos le hacían volver a lo esencial del héroe inspector. Advirtió a los hombres, habida cuenta del horror de la situación, de que no contasen nada a nadie, mucho menos a la prensa, ávida de noticias así.

—¡Mejor dejaremos a los periodistas de lado, ni una sola palabra para contar! ¿entendido?

—Todos afirmaron, sí, sí, señor. El inspector Merino imponía realmente.

En una primera instancia y junto a algunos policías pensaron tener delante de si, restos de torturas de guerra...qué tipo espantoso de ajuste de cuentas había tenido lugar en esa cava? Luis Merino acompañado de tres de sus mejores por no decir únicos amigos que le quedaban, pues de todos es sabido que los detectives no tienen amigos en el sentido característico de la palabra. Médicos forenses que inspeccionaron la situación, anuló por completo la suposición de los crímenes de guerra. Ese crimen había sido mucho más reciente. El personaje había sido atontado previamente con golpes y posiblemente alguna droga, atado al nivel de la nuca y crucificado después. La muerte había venido después de un largo sufrimiento, bien por hemorragia, sed o simplemente hambre, además de dolor, claro, según su capacidad de resistencia. La muerte se remonta como mucho a seis meses atrás.

Fuera del horror y tortura que representa una crucifixión, el cuerpo no revelaba a simple vista otras huellas, a menos no se podía aseverar nada más. Con todo, la identificación del cadáver sería muy difícil. Para Luis –todo un experto en fisonomías- había pensado quizá arbitrariamente para sí que aquel hombre tendría unos sesenta años. Pensando como una máquina pues así era su mente de detective policial, llegó a algunas conclusiones en la investigación.

Comenzó a repasar los antecedentes, y por supuesto, antes de la demolición, ese hombre vivía en el primer piso, se llamaba Klauss Werner, un pobre viejo sin trabajo, sin casa que vivía en estado marginal desde que terminó la guerra. Para Luis que conocía el barrio, era imposible pasar desapercibido. Si los malditos obreros encargados de la demolición, no hubiesen demolido nada, se hubieran podido encontrar algunas pistas más, ahora ya eso era demasiado tarde. Todavía quedaba la mujer sola a quien de vez en cuando se la veía de visita en la planta de arriba abuhardillada, la visitante solitaria que nadie sabía a quién visitaba. Solamente el funcionario encargado de los desahucios se acordaba de ella, aunque solamente había hablado con ella el último día antes del aviso de que se largase de la casa, la supuesta inquilina a quien visitaba.

Pasaron a tomar declaraciones a los que quedaban en el edificio.

-Era una mujer –declaraba el funcionario- muy grande y fuerte, de aspecto...como de unos cincuenta años, morena y muy desagradable. Luis Merino no quitaba ojo del declarante y siempre ensimismado le preguntó... ¿se fijó usted en cómo estaba su casa?

-El funcionario respondió que justamente eso es lo que le había impresionado más. Era un horror de casa, en efecto, todo lleno de olores asquerosos, de basuras repartidas por todas partes, sillas rotas...me fijé en que no había ni cama, debía dormir en el mismo suelo. Creo que no tenía medios de supervivencia, afirmó el funcionario con indignación y asco en su cara, bastante asco. No sé si alguien vivía allí, pero sí reconocería a la mujer que visitaba a la inquilina, entiendo que fantasma inquilina

Haciendo memoria, Luis sacó su fichero de gentes –controlaba a todo el barrio desde que llegó a Madrid- y con su habitual cara segura del que sabe algo y lo sabe claramente afirmó: claro pero si esta mujer es la alemanota Helga, la vecina que también vive en Velázquez, la desagradable. Se llamaba Helga Schullmann. Si no recuerdo mal hablaba el alemán con acento. De este detalle solo se daba cuenta el doctor Massip cuando cruzaba dos palabras con ella en el portal y por supuesto Luis Merino.

—el funcionario dijo:

—Sí, sí, en efecto hablaba el alemán con acento extranjero...puede ser acento polaco...o rumano…qué se yo.

Se acercó el asistente alemán de Luis, un joven policía que además hacía extraordinarios retratos robot, se llamaba Stephen Hedge, un alemán más que afincado en España, vivía tan alegre. Por todos los detalles del funcionario y aun con pocos datos más que le proporcionó Luis, trazó el retrato robot. Hedge siempre le había parecido un inútil a

Merino, pues generalmente no daba ni una en las investigaciones, sin embargo, era un excelente compañero y por supuesto genial dibujante. Esto le hacía inseparable. Merino decidió buscar como fuera a Helga Schulmann, aunque fuese extremadamente difícil por no decir imposible en toda aquella situación de escombros, de anulación de pistas por el derrumbamiento del inmueble...al fin, un caos. Cuando las situaciones se presentaban tan tremendamente perdidas, con las pistas prácticamente invisibles que la policía recurría a sus servicios, el cerebro de nuestro joven detective español entraba en un estado especial de éxtasis, como en un bucle de ideas visualizadas solo en su mente que transitaban de momento sin sentido pero que paulatinamente comenzaban a cobrar sentido, a operar con otras ideas, con otros contextos, otros pensamientos, aquí, allá, con respuestas, con rostros, edificios, calles, olores….¡era impresionante! Sin embargo, se podía constatar en el edificio de Velázques una casa completamente opuesta al ambiente de Tetuán, la habían visto. Todos la conocían aunque no se habían apercibido de las muchas salidas que hacía.

Preguntaba sin cesar a otros habitantes del barrio, cercanos a la casa del anticuario. Los inquilinos de ahora son una población fluctuante e incontrolable. Ese era uno de los inconvenientes, otro más, con los que se tuvo que luchar en el Madrid de posguerra. Nada era de nadie, nadie era quien decía ser, todo era de todos y la gente vivía bajo el miedo, tal cual.

Tres meses de búsqueda después, Luis Merino, no había encontrado más que dos cosas: Helga Schullmann ni era polaca, ni rumana, ni tampoco alemana, aparentemente era suiza. Sin embargo, su acento no era un acento, era un defecto de lengua. Parece ser que ella había ejercido la profesión de escultora sobre mármol, al menos antes de la guerra. Esta información casi hubo que extraerla al Doctor Massip, tras al menos 15 visitas a su casa para que “cantara” porqué protegía a la tal Helga. Hacía unos meses que no estaba en la casa de Velázquez. Las respuestas de Massip eran además de encubridoras, insufribles.

Una mujer escultura sobre mármol, desagradable que desaparece después de la crucifixión de otro viejo inquilino... ¿es ella una simple testigo o realmente una criminal en potencia?

-Un testigo, decía Hedge, el inseparable asistente de Luis.

-Una criminal, sin duda, decía uno de los policías.

La posible teoría que tenía Merino, apoyada de cierta manera por su asistente Hedge a propósito del crucificado de Cuatro Caminos, se basaba en dos elementos concernientes a Helga. Esta era una mujer grande y fuerte, es decir que podía haber sido la responsable directa. Para ser escultora hay que tener cierta destreza, sin duda y el martillo encontrado en la cava para ser manejado tenía que haber sido por alguien corpulento, fuerte y poderoso. Además, la mujer ha desaparecido a parte de que el funcionario había tenido problemas con ella para que desalojase el edificio.

Habían encontrado serias dificultades por el momento social después de concienzudas búsquedas invadidas de tropiezos para poder tener información de algo después de la guerra, esto resultaba prácticamente una quimera. Encontraron, una Helga que figuraba en el dossier de los criminales comunes. Ella se llama Felder, aunque su apellido de padre era Schullmann, nacida en 1893 en Berna. Casada en Suiza en 1917 y condenada en 1930 por el homicidio de su esposo, esto era todo. Algo prácticamente imposible de encontrar en aquellos tiempos. Realmente Luis Merino era un investigador de pro. Fue condenada a veinte años de reclusión pero fue liberada en 1945 por buena conducta. En su momento, Helga pensó o descubrió que su marido la engañaba. Le mató mientras él dormía tranquilamente con la ayuda de un cuchillo de cocina. El dossier de Luis mostraba la foto de una mujer de rostro cerrado, maxilares cuadrados, mirada feroz, cabellos negros. En realidad no se sabía si era hombre o mujer. Para matar a un hombre del tamaño de su marido, tenía que ser una persona realmente fuerte, corpulento y con mucha fuerza pues, ya se ocupó en enjaretarle una buena docena de cuchilladas.

Éste, que era esta, había encontrado por aquellos barrios de Cuatro Caminos una casa cerrada con un taller donde podían verse bloques de mármol, piedras y utensilios varios. Vivir como “familia del prestigioso Doctor Massip de la calle de Velázquez” la hacía más invencible todavía. El padre de Schullmann había pasado toda su vida trabajando como artista funerario, de hecho era el artista funerario del lugar. Muerto hacía tiempo ya sobre su tumba, encontraron una simple cruz de madera donde estaba grabado: 6 de noviembre de 1945…un mes antes de la liberación de su única hija, a la que nadie había vuelto a ver en el barrio, salvo el guardián del cementerio.

Un día, a las 6 de la mañana –declaró el guardián del cementerio- preguntó dónde estaba enterrado su padre, una vez que visitó la tumba se marchó en silencio, sin nada que decir. Parecía lógico que ella no tuviese ganas de regresar a vivir a la casa de su padre, aquella mujer amaba verdaderamente a su padre.

El notario encargado de la herencia no había tenido noticias de Helga Schullmann, pero él procuró alguna información como que la madre de Helga nacida en Velbert era alemana. La dirección que él poseía no se correspondía con nada, simplemente un conjunto de ruinas al lado de la casa del crucificado.

Es esta la causa por la que Teresa Schullmann que había retomado su nombre de soltera, había venido al barrio de Tetuán de Madrid, cobijada entre la burguesía madrileña de la calle de Velázquez. Para instalarse probablemente sin saber que solo encontraría ruinas y agujeros por las bombas incendiarias.

Refugiada en el barrio y en la única casa que quedaba en pie, se vio de repente en la calle, pero ¿y el crimen? ¿Por qué?

Luis Merino, llegó a la conclusión de que aquella mujer fugitiva habitaba seguro en alguna parte de las ruinas de Cuatro Caminos. Pensó en una idea. Una mujer como ella tiene necesidad de ejercer su arte, una necesidad un poco enfermiza, ciertamente, pero necesidad al fin. Él imaginó que Helga habría matado a su vecino y le había puesto sobre una cruz para que le sirviese de modelo. Aquellos papeles encontrados en la cava demostraban todos sus dibujos artísticos de un trabajo ya iniciado, bocetos maléficos que servían como primer inicio de un trabajo escultórico seguramente ya empezado. Por lo tanto, Helga, estaría refugiada con seguridad en el barrio para continuar su horrible trabajo artístico. Había comprado el piso de la calle Velázquez para tener un lugar y mantener esa doble vida.

Un mes más tarde, la artista fue encontrada en una ronda de noche descubierta en otra cava de un edificio más o menos próximo. Cuando Merino la encontró pudo comprobar de qué manera le observaban aquellos ojos maléficos. Las manos enormes, cruzadas delante del pecho en actitud de espera. Ella no quiso responder a ninguna pregunta, denotando un defecto de pronunciación en su lengua, que le obligaba a silbar ligeramente las palabras. Ella preguntó la razón del porqué ha sido detenida, y por tanto, anulada de su quehacer artístico. Sucia, con un pantalón de hombre, roto, con una camisa vieja y maloliente, los cabellos recogidos de mala manera sobre la nuca en desorden completo. En los bolsillos algo de dinero, sus documentos de identidad, un cuchillo y tabaco de pipa con su pipa. Con semejante facha nunca fue vista en el madrileño barrio de Salamanca pero al tener esa doble personalidad, se transformaba en aquella indeseable escultora que tomaba como referencia un crucificado de verdad, martirizado por ella misma.

Frente a su mutismo, Merino y su colega alemán decidieron ir directamente sobre las pesquisas en el lugar de los hechos. Helga impresionante de frialdad acudió a su “lugar de trabajo” con los investigadores. La cava estaba llena de latas de conserva y de botellas vacías, como un basurero. Diversas bombillas estaban clavadas sobre la pared para procurar suficiente luz en los muros y paredes. Detrás de una vieja puerta un gran volumen de tierra a esculpir…varios ensayos y ahí estaba la escultura. Era el crucificado descubierto en la casa del artesano. Sin duda, Helga posiblemente no estuviera dotada del arte de forma natural, pero era obvio que representaba en su arte la realidad, la pura realidad, dotando a sus esculturas del realismo que estaba buscando, merced a sus dibujos y bocetos quizás excesivamente académicos y por ello poco realistas. Por primera vez Luis Merino pudo tener delante de él el rostro de la víctima.

—Entonces –preguntó a Helga- usted ha asesinado para esto? ¿Para hacer una estatua? ¿Ha sido para tener un modelo que usted ha crucificado al pobre viejo?

—Él ya estaba muerto cuando yo le he dispuesto así. Contestó la fría escultora.

—¿Dispuesto? Usted llama a esto disponer?

Los expertos no están de acuerdo con esa teoría, este hombre ha estado expuesto a una muerte por tortura. ¿Es usted quien ha hecho esto…¿Pero, por qué? ¿Es que usted está loca? –le increpaba Merino con ganas de matarla realmente y reprimiendo su carácter.

La acusada en silencio examinaba sus dibujos y contemplaba su obra con frialdad, sintiéndose molesta al ver que los policías no alababan su obra, pero sin embargo al ver que lo tocaban contestó.

—No toquen eso, es mi obra, qué hacen, ustedes no tienen derecho de tocar esto. Es mi trabajo.

Ningún remordimiento, dirá el psiquiatra. Ausencia total de sentimientos y de moral alguna. Esta mujer ha torturado a un hombre para disponer de un modelo de Cristo en la cruz. Su intención era dar una obra realista, después de realizar los bocetos, las medidas, comenzó con el reflejo realista en la escultura. Al faltarle algunos utensilios regresó a la casa de su padre para trabajar allí, encontró al hombre viejo. Ella quería realizar su gran obra, su obra final para coronar la tumba de su padre.

Helga consintió dar algunos detalles mediante una declaración suplementaria sobre el crimen. Después de enterarse de la muerte de su padre, visitó la tumba miserable que tenía en el cementerio, él que había ornamentado tantas y tantas tumbas para otros, no era justo. Quiso remediarlo pero le hacía falta un modelo porque como artista no tenía la imaginación suficiente. La idea vino cuando se encontró con el vecino al cruzar la calle.

Un día de noviembre ella le invitó a ir a la cava con un pretexto cualquiera, que había fugas de agua.

—Entonces, ¿por qué usted simplemente no le pidió que posara como modelo?

—Teresa dijo que no, eso no era posible, es necesario que esté muerto: es una cuestión de músculos.

— ¡De músculos! ¡ay que joderse señora! Por lo menos podía usted haber evitado la tortura.

—No la evitó Jesucristo. ¿Cómo quiere usted reproducir el dolor de un hombre crucificado si no lo está verdaderamente? He podido trabajar durante unos días en condiciones de excepcional verismo. Cuando ustedes han entrado aquí, han colapsado mi trabajo, pero no obstante el hombre ya estaba muerto, por lo tanto, ya no me servía, tenía que estar en pleno sufrimiento, en plena tortura.

Es usted un monstruo, un monstruo sin excusa, alguien que en realidad hubiera tenido su sitio en los campos de exterminación. Torturar y matar para hacer del arte una experiencia sádica bajo pretexto de buscar la verdad y la pureza de expresión...me recuerda algo.

El arte de Helga Schullmann recuerda las SS, de hecho ella fue un alto cargo, una asesina sin escrúpulos que había estado con ellos...crimen de guerra o crimen gratuito, el crimen sobrepasa a sí mismo. Habría muchos más que no tardarán en salir a la luz. Eso dijo el inspector y detective Luis Merino, en el titular que acompañaba la primera página del Diario.

Hará falta tiempo para sobreponerse a aquellos monstruos que viven con nosotros, pero eso sí, hay que estar en guardia. Instalada en Madrid bajo toda impunidad, hacía lo que quería en un país donde guardaban la identidad de tantos y tantos alemanes, como si no hubiera pasado nada. Un tiempo donde nadie preguntaba nada, donde el miedo y la incertidumbre gobernaban las calles.

Sonia, una vez que leyó lo sucedido, porque además Luis Merino era amigo de su padre Juan Santiago, la impresionó, le daba por muerto, sufrió un desmayo. Uno de los asistentes de Kruschev, la atendió y le dio una carta, como siempre con tinta invisible y en mensaje encriptado.

Era del Coronel.

1 comentario

  • Cristina Martínez Sábado, 02 Julio 2022 10:30 Enlace comentario

    Genial novela. Felicidades al periódico y a la autora

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