LA ZURDA

El eterno retorno de Woody Allen

Ilustración de Fito Vázquez. Ilustración de Fito Vázquez.

Estamos de enhorabuena. A pesar de linchadores y linchadoras, catetos y catetas (hay que avanzar en el lenguaje inclusivo), Woody no se ha convertido todavía en cosa del pasado, a no ser que queramos referirnos a ese personaje suyo mil veces re-encarnado que añora una nostalgia de tiempo no vivido para escapar de una realidad árida, o quizá sólo para ver si en una de estas el mundo en que se mueve coge perspectiva y sentido.

Y ese es otra vez, ahora en versión pos adolescente, el protagonista de su última pelicula, "Día de lluvia en Nueva York"; a mi juicio, la mejor desde el clásico moderno en que ya se ha convertido "Midnight in Paris". Sólo que, de pronto, el director, en consonancia con su nuevo personaje parece haber rejuvenecido (rezo por que no sea un canto de cisne), y ha concebido así una delicia que parece, efectivamente, la obra de un imberbe en plena búsqueda, entre melancólico e ilusionado, pero con la sabiduría de un maestro, trufada de referentes como los ineludibles clásicos del jazz, seña de identidad y leit motiv de todo su cine desde los títulos de crédito.

Esa cápsula musical en sepia en la que respiran los álter ego de Allen cobra aquí el mayor sentido, porque del mismo modo que aquellas viejas (eternas) melodías responden a un canon compositivo, el director se ciñe ya explícitamente a un esquema fílmico muy personal y ensayado.

Es la estructura que uno puede ver en la mencionada "Midnight...", y con un personaje principal análogo, pero en circunstancias muy distintas; si en la primera película la fórmula se aplicaba a una fábula fantástica, en cambio "Día de lluvia en Nueva York" adopta el tono de una screwball azuzada por diálogos como lanzas, combinada con el género de la comedia romántica, pero agridulce a fuerza de sincera.

Finalmente no hay lugar para el desencanto y sí para el descubrimiento. Dentro del canon que abraza el último Woody, con la seguridad que da dominar una ‘métrica’, las conversaciones de los personajes ejecutan una coreografía encantadora puntuada con sonrisas que sin embargo no logra ocultar ni restar fuerza a la sátira más feroz; en este nivel, la película  apunta a una sociedad de 'caníbales' en sus múltiples 'dietas'; a saber, galanes buscando reafirmarse en la carne más impresionable, artistas de lo 'intenso' que no dudan en vampirizar la frescura de vírgenes intelectuales, o gentes 'de bien' -o sea, adineradas- que a su vez consideran la cultura como una forma de status social.

Bien es verdad que esa denuncia del clasismo cultural y la sacralidad de sus iconos lleva apareciendo en el cine de Woody Allen desde los tiempos de "La última noche de Boris Grushenko", con su desprejuiciada parodia de la literatura rusa del siglo XIX. Del mismo modo está presente también en "Día de lluvia..." la confusión sentimental tan ‘alleniana’, complicada por ritos y convenciones.

Y ser judío, claro, no ayuda (Del protagonista se llega a decir en la película que "odia tanto las bodas como los funerales, y por el mismo motivo") Son temas recurrentes del universo del maestro de Brooklyn pero que ahora cobran una suerte de inocencia, como si acabáramos de descubrírselos. Sospecho que en ello tiene algo que ver la tierna edad de este nuevo álter ego; que desde el otro extremo de la vida, quizá el personaje esté personificando a un Woody Allen más vulnerable que nunca hacia lo de afuera -también la muerte, y sobre todo-, aunque con la fortaleza que da toda una vida de integridad y reflexión creativa. No es difícil adivinarlo.

Al fin y al cabo es a nosotros, la civilización occidental urbanita, a los que lleva retratando durante más de medio siglo y a lo largo de cincuenta películas. Cuando la especie llegue -si llega- a las fechas de "El dormilón", los antropólogos de entonces sólo necesitarán visionar dos o tres de sus títulos para conocer quiénes éramos, y de paso, reírse; puede que "Annie Hall", "Desmontando a Harry", y también  "Delitos y faltas", con su divertido y brutal existencialismo, basten para dar cuenta de nuestros conflictos, búsquedas y carencias, a caballo entre el siglo XX y el XXI.

Sinceramente, no sé si en esa arqueología del futuro resultaría relevante la película que nos ocupa, pero de todos modos no importa: basta con saber que aún tenemos al genio activo en nuestro presente, y de regreso a sí mismo siempre. 

Humorista multidisciplinar: Guionista de televisión y viñetista desde los tiempos de “Diario 16”. La realidad no sólo supera a la caricatura sino también al dibujante.