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La confusión de los nacionalistas italianos ante el papa Pío IX


Escudo de armas de Pio IX. Escudo de armas de Pio IX.

Durante toda la Edad Moderna, Italia había sido un mosaico de estados independientes, pero, a comienzos del siglo XIX, comenzaron a surgir grupos de nacionalistas partidarios de una unificación territorial y política de la península italiana. Pero desde la Edad Media existían en el centro los llamados Estados de la Iglesia y la pregunta sobre su destino surgió en el debate político, pues debe tenerse en cuenta que el prestigio del papa no había desaparecido.

El pontificado de Pío VII (1800-1823) había demostrado que cuanto más poder temporal perdía el papa, más ganaba en autoridad espiritual ante el mundo. La invasión francesa de los Estados Pontificios en 1808 y su cautiverio en Francia así lo habían demostrado. Sin embargo, Pío VII defendió que, tras la caída de Napoleón, se devolvieran a la Iglesia los territorios del centro de Italia. ¿Por qué? Para mantener su independencia respecto a cualquier potencia europea. Su mismo cautiverio en Francia había sido utilizado por Napoleón para tergiversar su autoridad y lograr manipular a la opinión pública católica.

La restauración de los Estados Pontificios por medio del Congreso de Viena de 1814-1815 no facilitó una reconciliación entre los revolucionarios y liberales que habían apoyado al emperador francés y los partidarios del papa, que decidieron restaurar la situación anterior a 1808. Los sucesores de Pío VII condenaron la revolución francesa y el liberalismo ateo y anticatólico.

Los nacionalistas italianos participaron en la revolución liberal de 1820 y 1830 pero su fracaso afianzó su idea que resultaba imposible el cambio político sin un cambio territorial, y el sentimiento nacionalista y romántico se unió al revolucionario. Los partidarios de una Italia unida crecieron en la primera mitad del siglo XIX. Y así, antes de la tercera oleada revolucionaria de 1848, dos fórmulas se disputaron la primacía del proceso unificador. En primer lugar, la republicana unitaria de Manzini (el proyecto La Joven Italia), para el cual era necesaria la desaparición de las monarquías italianas y de los Estados Pontificios; y la propuesta del católico Gioberti, partidario de una confederación de estados italianos presidida por el Papa Pío IX (1846-1878), con la fuerza moral suficiente para actuar de árbitro y garantizar la estabilidad social. Para alcanzar el éxito, la segunda fórmula necesitaba un acuerdo entre el reino del Piamonte y Roma, sin contar, lógicamente, con Austria, partidaria de mantener la desunión en su beneficio político.

Pío IX -pese a su fama de liberal por criticar algunos aspectos del poder temporal de sus antecesores- no comulgaba con esas ideas, pero en el imaginario de muchos italianos se forjó una imagen del papa que, tras los acontecimientos de 1848, se deshizo.

Las primeras medidas modernizadoras que asumió el papa fueron mal interpretadas por absolutistas y liberales: mayor libertad de prensa, decretos de amnistía de presos, introducción del gas en la iluminación de calles, aprobación de la construcción del ferrocarril, etc. La oleada revolucionaria de 1848 llegó a los Estados Pontificios y los revolucionarios tomaron las calles de la ciudad, solicitando la proclamación de la república romana. El Papa nombró un jefe de Gobierno moderado que realizó una política de “justo medio” intentando atraerse a los liberales menos radicales.

El 10 de febrero de 1848, Pío IX concluyó una alocución con las siguientes palabras: “Bendecid, pues, Oh Dios omnipotente, a Italia y conservadle ese don preciado: la fe”. Los nacionalistas italianos interpretaron la frase como una instigación de la guerra contra Austria y los revolucionarios incluyeron en sus proclamas y panfletos vivas a Pío IX. El reino de Piamonte -al intentar liderar el proceso de cambio- declaró la guerra al Imperio austríaco (23 de marzo de 1848) y unos días antes (14 de marzo) el papa había tenido que firmar una constitución de carácter liberal para frenar a los partidarios más radicales de la revolución. Pero, ante el estallido del conflicto bélico, una nueva alocución del papa dejó claro, el 29 de abril, su postura al separar la causa de la Iglesia, que él representaba, de la causa de los nacionalistas italianos, que luchaban por la unidad política de la península contra Austria. Esta vez, su alocución fue bien entendida, pero los revolucionarios la tacharon como una traición a su causa y una mano tendida hacia las potencias absolutistas. Los nacionalistas solicitaron que renunciara a sus poderes temporales, pero el papa se negó pues los territorios pontificios le garantizaban su independencia política.

La causa nacionalista empezó a ser derrotada, al ganar Austria la guerra contra Piamonte, que solicitó un armisticio. Los revolucionarios radicales decidieron tomar el poder y expulsar al papa que se refugió en territorio napolitano, constituyeron un gobierno provisional que convocó una Asamblea Constituyente para redactar una constitución, aprobada el 21 de enero de 1849, donde uno de sus artículos proclamó la república romana. Se organizó un triunvirato de poder formado por Manzini, Armellini y Saffi, mientras Garibaldi asumía la defensa militar.

España y Francia intervinieron militarmente para acabar con el régimen revolucionario. La opinión pública católica era muy importante en esos países y los liberales moderados que estaban en el Gobierno necesitaban su apoyo. Luis Napoleón quería el voto de los católicos franceses y, al mismo tiempo, evitar que Austria se aprovechara del caos en el centro de Italia. España vivía la Segunda Guerra Carlista (1846-1848) y las autoridades isabelinas aceptaron la intervención a favor de la autoridad pontificia para quitar la bandera católica a los carlistas, lo que consiguieron finalmente.

De esta manera, el 12 de abril de 1850 el papa volvió a Roma, pero, a partir de entonces, las tesis anticlericales de los revolucionarios radicales se impusieron en todos los proyectos unificadores y nacionalistas. De ahí que incluso en el reino del Piamonte comenzara una política de secularización en la vida pública. A partir de entonces, nadie calificó ya al papa como un ardiente partidario de la unidad de Italia.

El lector interesado puede acudir a

A. Moral Roncal, Pío VII. Un papa contra Napoleón, Sílex, 2008.

H. Header, Breve historia de Italia, Alianza, 2001.

J. Paredes (Coord.), Diccionario de los papas y concilios, Ariel, 2005.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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