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Abandonados

Abandonados a su suerte, para ellos ya será demasiado tarde. Desde que Moria, Vial, Samos… comenzaron a poblarse al ritmo que lo hacían, periodistas y defensores de derechos humanos, cooperantes, activistas y voluntarios hemos elevado incansablemente nuestra voz en una exigencia continua de solución. Hoy ya es tarde.

A la vista de lo que ya estamos viviendo en otros lugares de Europa, es previsible que los contagios se extiendan como la pólvora. Confinados en un espacio de escasas hectáreas en el que se amontonan entre basuras y lodo tiendas y más tiendas, no es posible escapar. La imposibilidad de adoptar en este espacio de abandono y miseria unas elementales medidas, tales como lavarse las manos con jabón, disponer de agua abundante y aislarse, constituirá el inicio de un apocalipsis que caerá sobre la conciencia de quienes lo permitieron. Con tan solo dos o tres puntos de agua corriente en un olivar de tierra reseca y guijarros diseminados en un intento de evitar el cieno producido por la lluvia y las basuras, sin jabón, ocupando diez o más personas una tienda de campaña de escasa superficie, sin acceso a atención médica alguna, la tragedia está servida en bandeja a este virus que tiene secuestrado al mundo. Hablar de guardar la distancia mínima entre personas es una ironía cruel.

En una carrera desesperada contra el reloj, algunas organizaciones de las pocas que hoy continúan trabajando tratan de levantar un pequeño centro médico de urgencia donde acoger a las primeras víctimas Han oído que el aislamiento es esencial para evitar el contagio, pero en ningún campo de refugiados del mundo es posible siquiera soñar con ello.

Hace unos días, se comenzó a fabricar, con telas plásticas o de saco, mascarillas para repartir urgentemente. También se buscan pantalones vaqueros o cualquier tejido duro y resistente. Cualquier cosa vale. La única condición, hacerlas rápido, Han de estar disponibles antes de que el primer caso dé la cara. Para esta población, cuyo alto riesgo es bien fácil suponer, no se ha previsto medio alguno de protección.

Nadie, desde las instituciones nacionales y europeas, ha previsto siquiera una mascarilla con la que retrasar el ataque del virus. Nadie ha pensado en una evacuación rápida y urgente hacia algún lugar desde el que intentar burlar a la muerte. Una vez más, Europa, la Europa del Estado de Bienestar y los Derechos Humanos, mira hacia otro lado, olvida y elude responsabilidades.

Hay que fabricar más de veinte mil mascarillas. Su efectividad no será mucha dada la precariedad de los materiales, pero serán las únicas armas con que defenderse. El tiempo apremia. El gobierno anuncia la inminencia de confinamientos, multas, cierres, suspensión de tráfico aéreo, marítimo y terrestre. Entre la población refugiada se esperan protestas. Realmente lo que sorprende es que no las haya. Sólo la desesperanza, la ausencia de futuro, las amenazas constantes, incluida la de la deportación, pueden explicar tanta calma. También, el que no conocen el idioma de la isla y, muchos, tampoco la lengua universal, el inglés.

Muchas familias con hijos e hijas acaban de llegar. Llegaron antes del 3 de marzo, fatídica fecha en la que el gobierno anunció la suspensión del derecho de asilo. Quedaron a la intemperie, asustados cual animales en jaula ajena, desprotegidos.

No es fácil imaginar las horas previas al inicio de este desenlace entre los habitantes de los campos. Hombres, mujeres y niños, bebés, ancianos… a los que se les ha prohibido salir de ese recinto de horror y muerte. Antaño fueron cámaras de gas, hoy será este virus desconocido y temible, no excesivamente letal si se respetan las condiciones recomendadas, el que se convierta en la guadaña que siegue la vida de estos miles y miles de seres humanos atrapados en una trampa mortal.

A toda prisa el gobierno repara y levanta las vallas que cierran el campo (5.000 personas) y trata de acordonar el espacio exterior (más de 15.000) para que nadie escape. A fin de disminuir las posibilidades de contagio con la población local, se anuncia que sólo se repartirá una comida al día. Se prohíben los grupos de más de 10 personas. Cunde el desconcierto entre las organizaciones que elaboran y reparten comidas ajenas al catering oficial. Las demás ya hace tiempo que dejaron de trabajar. Muchas, en los primeros días de marzo, cuando las islas se convirtieron en un polvorín de amenazas y ataques de fuerzas fascistas. Poco después, las que quedaban, ante la amenaza cierta de la llegada de este virus inclemente.

Hoy la isla es poco menos que un desierto de solidaridad. Las personas más vulnerables, débiles, marginadas y olvidadas del mundo quedan al arbitrio de un gobierno cuyo más elevado interés es encontrar fórmulas para expulsarles, del ejército y de la municipalidad. Personas que superan por número, condiciones de vida y abandono a cualquier otra población marginada. Personas inocentes que perseguían tan solo huir de la muerte y vivir en paz. Víctimas directas de la guerra, el hambre y la injusticia.

Ayer entraron en vigor nuevas medidas: nadie podrá desplazarse de un sitio a otro bajo multa de 150€. Una fortuna incluso para la propia población griega. Mientras las calles se quedan vacías y el silencio se apodera de ellas, en los campos de refugiados miles de personas se disponen a enfrentarse a la muerte. Millones de seres en todo el mundo.

Escribo ya desde Madrid. Mi mano tiembla ante la visión de lo que espera a estás miles de personas de todas las edades con las que he convivido, con las que he hablado y tomado un té, a las que he atendido. Miles de rostros condenados y cuyo único delito es haber nacido en un lugar equivocado. En Madrid tengo jabón, agua, casa. Y también un servicio sanitario que, aunque colapsado por la mala gestión de quiénes han antepuesto durante años el beneficio que puede reportar el negocio de la sanidad a su verdadera función social, me atenderá en caso de enfermar. Ante la urgencia y el desabastecimiento millones de mascarillas fueron recibidas urgentemente… Para miles de miles de seres humanos todo esto es, simplemente, un sueño que no se atreven a soñar, pérdida la esperanza esperan bajo la negra luz de la resignación.

© Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.