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Abolicionismo y feminismo: raíces compartidas


Ilustración de la Manifestación de la Sociedad Abolicionista Española en Madrid, 12 de enero de 1873. Fuente: Biblioteca Digital Memoria de Madrid. Ilustración de la Manifestación de la Sociedad Abolicionista Española en Madrid, 12 de enero de 1873. Fuente: Biblioteca Digital Memoria de Madrid.

La Sociedad Abolicionista Española fue la gran artífice de la erradicación de la esclavitud en todos los territorios de España durante el último tercio del siglo XIX. Algunos de sus miembros más destacados no solo desarrollaron un formidable activismo por la causa antiesclavista, sino que además desempeñaron importantes cargos políticos ejecutivos y legislativos.

De esta Sociedad también formaron parte muchas mujeres, constituyendo uno de los primeros espacios para la participación pública que se abría a las féminas. La escritora Carolina Coronado presidió la sección femenina de la Sociedad -la Sociedad Abolicionista de Señoras- y, aunque los trabajos que se les encargaban eran subordinados respecto al protagonismo y acciones de sus compañeros, la lucha contra la esclavitud en España no habría alcanzado el respaldo social que obtuvo sin el apoyo numeroso y dedicado de cientos de mujeres.

Lo cierto es que el compromiso con la abolición de la esclavitud se encuentra en el origen mismo del feminismo (de hecho, en la actualidad, una de las prioridades de la agenda feminista es la erradicación de la explotación sexual y reproductiva), no en vano, la segunda ola feminista llegó de la mano de notables abolicionistas americanas.

El concepto de ciudadanía que se va desarrollando con el nuevo orden liberal del siglo XIX dejó fuera del mismo a grandes masas de seres humanos, como las personas sometidas a la esclavitud y nada menos que a la mitad de la humanidad: las mujeres. En este sentido, la filósofa y feminista Amelia Valcárcel presenta «el feminismo como un racionalismo polémico primero, en contadas obras del pensamiento barroco, y como un hijo no querido de la Ilustración en el Siglo de la Luces». Con los principios auspiciados por la Ilustración modificando la sociedad, era cuestión de tiempo que aquello que se reivindicaba para los varones, con los mismos argumentos los exigieran las mujeres.

En 1848, estalla en Francia la conocida como «primavera de los pueblos», la cual se extendió por el viejo continente, aunque en España apenas se dejara sentir debido a la dura represión de Narváez, cuya intransigencia también sufrió diecinueve años más tarde la Sociedad Abolicionista Española, que no pudo retomar sus campañas en contra de la esclavitud hasta el advenimiento de «La Gloriosa» en 1868.

Mientras, en ese mismo año, en la pequeña localidad de Seneca Falls, situada en el estado de Nueva York, tuvo lugar la Convención del mismo nombre de la que surgió la maravillosa Declaración de Sentimientos y Resoluciones, basada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) y considerada el texto fundacional de la segunda ola feminista.

La realidad es que las mujeres americanas, no sin obstáculos y resistencias, gozaban de mayor libertad e independencia que las europeas. Como apunta el catedrático de historia contemporánea Juan Sisinio Pérez Garzón, durante los primeros años de la década de los treinta del XIX Tocqueville viajó por los Estados Unidos, dejando constancia de que las mujeres «tenían acceso a la educación, participaban en la vida social y política, viajaban libremente y destacaban como luchadoras contra la esclavitud».

Así las cosas, al Congreso Antiesclavista que aconteció en Londres en 1840, asistió una delegación americana de la que formaron parte cuatro destacadas activistas, cuya trayectoria se distinguía por su compromiso humanitario y alocuciones públicas. Sin embargo, se impidió expresamente que las mujeres tomaran la palabra, lo que provocó que se sintieran humilladas y que, ya de regreso a su país, comenzaran a tomar conciencia de sus derechos como ciudadanas y a organizarse para clamar por ellos.

De esta manera, el 19 y el 20 de julio de 1848, Elizabeth Cady Stanton y Lucrecia Mott convocaron en una iglesia metodista de Seneca Falls a cerca de un centenar de personas para debatir sobre la situación de las mujeres y los derechos de las mismas, marcando un hito histórico, pues la historia de las mujeres es constitutiva en sí misma de la historia universal.

En España, los cambios sociales se producían más lentamente, tal vez porque ni el liberalismo ni el proceso de industrialización que acompañó a aquel se desarrollaron con la misma intensidad de otros países. Aun con todo, la realidad es que el camino seguido por el abolicionismo de la esclavitud y un naciente feminismo difícilmente podrían entenderse sin el influjo del krausismo y las ideas regeneracionistas de todas aquellas corrientes de tradición librepensadora.

El sexenio democrático (1868-1874) constituye uno de los periodos más interesantes e indudablemente transformadores de la historia contemporánea de España. A pesar de su brevedad e inestabilidad, su influencia prosiguió en las décadas siguientes, introduciendo ideas vanguardistas que se vieron materializadas en iniciativas de gran trascendencia hasta el siglo XX, como fue la Institución Libre de Enseñanza.

Este periodo histórico fue muy favorable para el surgimiento de asociaciones de todo tipo, pues supuso un cambio decisivo en cuanto al reconocimiento de los derechos del individuo, sobre todo en lo que a la libertad de expresión e instrucción se refiere. En este contexto, reanuda sus actividades la Sociedad Abolicionista Española, en cuyas bases participan un buen número de mujeres, sin embargo, los órganos de decisión de esta entidad se encontraban copados por los hombres. Muchos de estos varones, además de mantener una activa militancia en contra de la esclavitud, también estaban involucrados en que las mujeres pudieran acceder, cuando menos, a la educación. Es el caso de dos de los presidentes más célebres que tuvo la Sociedad, como son Fernando de Castro, desde una postura más tradicional, y Rafael María Labra desde posiciones más progresistas.

Fernando de Castro fue un católico heterodoxo del XIX y discípulo del introductor del krausismo en España, Julián Sanz del Río. En 1869, se embarca en las exitosas Conferencias Dominicales para la Educación de la Mujer, en las que se difundió una opinión favorable a la educación femenina, de cuya crónica se hizo cargo Concepción Arenal. En esta línea, promueve decididamente la creación de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, suponiendo un empujón trascendental a la cuestión de la educación de la femenina y contribuyendo a extender el debate sobre el tema.

En las Conferencias Dominicales participaron algunos de los personajes más reconocidos del ámbito político e intelectual, muchos de ellos también relacionados con la Sociedad Abolicionista de la esclavitud, como Canalejas, Moret, Echegaray, Sanromá, Pi y Margall, Rafael María Labra, etc. Este último, abogado, diputado e incansable activista antiesclavista, también fue uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza y su rector entre 1881 y 1882. Labra estuvo presente en la formación de esta Sociedad en casa de Julio Vizcarrondo en 1864 y un año después, en su constitución oficial, presidiéndola durante los últimos años hasta el momento de su disolución al dar por concluidos los objetivos pretendidos. Una de sus intervenciones más notables en el ámbito feminista tuvo lugar en el Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano de 1892, evento controvertido pero que supuso un gran avance en la manera de entender la educación de las mujeres.

En este Congreso participaron dos de las mujeres con más conciencia feminista del momento: Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal. Pardo Bazán se atrevió plantear el derecho a la educación basándose en la autonomía de las mujeres, sin tener que apelar a la maternidad para legitimarse, y defendió que los derechos educativos de ambos sexos fueran equivalentes. En cuanto a Concepción Arenal, realizó una de sus intervenciones más nítidamente feministas, exponiendo la necesidad de las mujeres de reafirmar su personalidad. Si bien no cuestionaba los roles de género establecidos, sí señalaba como un error que la única misión atribuible a las mujeres fuera la de madre y esposa.

En 1866, la Sociedad Abolicionista Española celebró uno de sus actos más notorios en el Teatro Jovellanos. En el mismo, se dio cuenta del fallo del jurado del certamen poético que se había convocado en favor de la abolición de la esclavitud, siendo la ganadora del mismo nada menos que Concepción Arenal con su composición A la abolición de la esclavitud, ciertamente un poema que puede considerarse progresista y valiente.

En este acto, donde más de la mitad del auditorio eran mujeres, se recordaron figuras destacadas por sus opiniones abolicionistas, como Lincoln. Entre otros, tomó la palabra Emilio Castelar, un personaje enormemente relevante en la historia del abolicionismo, pronunciando «unos de esos discursos de verbosidad y erudición que tanto distinguen al orador», quien además se dirigió a las mujeres presentes en quienes «reconocía sublimes dotes muy a propósito para coadyuvar por su parte al logro de la doctrina abolicionista», como se relata en La Correspondencia de España.

Concepción Arenal mantuvo amistad con Gertrudis Gómez de Avellaneda, una mujer nada convencional. Quizá por ello, para reconstruir su dañada personalidad pública, al final de sus días se sumiera en el conservadurismo y la religión (como también ocurriera con las actrices, La Calderona y La Baltasara dos siglos antes, aunque esto ya es harina para otro costal). En 1841 publicó Sab, novela en el que ponía de manifiesto la situación de exclusión del sistema liberal de las mujeres y de los esclavos, al igual que, casi cuarenta años antes, la escritora neoclásica María Rosa Gálvez de Cabrera presentara Zinda, una obra abolicionista y con ciertos aires protofeministas.

En España no contamos con un Seneca Falls, pues hasta la segunda década del siglo XX no fue posible articular un movimiento feminista organizado, pero sí encontramos voces de mujeres que reivindican el reconocimiento de su dignidad. Declaran que las mujeres no pueden ser consideradas inferiores a los hombres y que la desigualdad entre los sexos se debe a los impedimentos de las féminas para recibir instrucción. A su vez, muchas de ellas, como la ya mencionada Concepción Arenal, se encontraban profundamente implicadas en el objetivo de acabar con la esclavitud.

Tal es el caso de una de las más importantes escritoras del XIX, Carolina Coronado, quien jugó un papel muy destacable a favor del abolicionismo, aunque en sus reivindicaciones de los derechos de la mujeres se cuidara de ofrecer una imagen decente, conjugando esas reclamaciones con la exhibición de una modestia exagerada, pues era esta una de las virtudes femeninas imprescindible en la época.

Siempre comprometida con la ideología progresista y demócrata, en el mitin mantenido en octubre de 1868 en el Circo de Price, Carolina Coronado tuvo una relevancia indiscutible, leyéndose dos veces su soneto a favor de la abolición de la esclavitud en Cuba y Puerto Rico y acordándose la fundación de la Sociedad Abolicionista de Señoras con ella de presidenta. Como puede apreciarse en la opinión que unos días después se publicó en La Paz de Murcia, esa decisión no se libró de la más rancia contestación: «¡Abolir las señoras! ¿Doña Carolina está V. en su juicio? Como yo vaya al meeting y no sea esto una broma de La Correspondencia se va a armar la gorda. ¡Abolir las señoras! Pues estamos frescos».

Paradójicamente, Coronado mantuvo amistad tanto con Isabell II como con Emilio Castelar, a quien dio cobijo en su casa bajo bandera americana, pues su marido, Horacio Perry, era un diplomático norteamericano enormemente comprometido con la causa antiesclavista en su país.

Por cierto, la autora de Señoras Fuera de Casa. Mujeres del XIX: la conquista del espacio público, Raquel Sánchez, asegura que Castelar también mantuvo amistad con de la anfitriona de una de las tertulias más afamadas de su época, María de la Gloria de Castro Delfim Pereira, también conocida como La Buschental (por ser este el apellido del marido). Durante la Restauración, esta mujer prestó apoyo a algunos de los más destacados políticos republicanos que se encontraban exiliados en París, entre los que cabe señalar Ruiz Zorrilla y Nicolás Salmerón, que por otra parte, también pertenecían a la Sociedad Abolicionista Española.

Sin duda, la abolición de la esclavitud en la España de ultramar fue uno de los movimientos decimonónicos en el que más mujeres se involucraron. Entre ellas, merece la pena nombrar a la infatigable Faustina Sáez de Melgar, escritora y amiga de Fernando de Castro. Presidió el Ateneo Artístico y Literario (1869), que contó como socios de honor con Ruiz Zorrilla o el General Serrano. Impulsó la creación de algunas revistas femeninas y aunque nunca pretendió la emancipación femenina, sí reivindicaba autonomía para las mujeres y cómo no, el acceso a la educación.

En 1870, se aprobó la primera ley española de naturaleza abolicionista. Esta norma, también conocida como ley de vientres libres (su primer artículo establece que «todos los hijos de madres esclavas que nazcan después de la publicación de esta ley serán declarados libres») o ley Moret, al haber sido promovida por el ministro de Ultramar y miembro de la Sociedad Abolicionista desde su fundación, Segismundo Moret. No obstante, no satisfizo a la organización antiesclavista, que consideraba que, de acuerdo con los principios que auspiciaron la Revolución del 68, la esclavitud debería haber sido abolida íntegramente en los territorios en los que todavía se mantenía, que eran Puerto Rico y Cuba.

En realidad, se trataba de una ley preparatoria para la abolición gradual de la esclavitud y, aunque bien es cierto que sirvió de impulso para avanzar en esta cuestión en las Antillas españolas, la verdad es que no resultó fácil de aplicar. De hecho, hasta 1873 no se revocó la esclavitud en Puerto Rico y en el caso de Cuba, no se abolió definitivamente hasta 1886, todo ello después de un largo y proceloso periplo político, jalonado de intensos debates parlamentarios, revueltas en contra e, incluso, una gran manifestación en Madrid de apoyo a la abolición de la esclavitud en enero de 1873, justo en la antesala de la proclamación de República.

El concepto jurídico de libertad de vientres o vientres libres no era nuevo, ya lo había expuesto Argüelles en las Cortes de Cádiz sin mucho éxito, como tampoco lo consiguió, pese a su empeño y esfuerzo, otro de los más ilustres antiesclavistas de comienzos del siglo XIX, el también diputado Isidoro de Antillón, conocido por su oposición a los castigos físicos y por ser favorable a la instrucción femenina.

Este precursor del antiesclavismo pronunció en 1802 un discurso que a día de hoy sigue resultado vibrante: «La libertad individual, el derecho de gozar de su trabajo, de disponer de su persona (…), el derecho de existir políticamente, este derecho, origen y fuente de todos los demás, sin el cual el hombre no es nada (…); este derecho sacrosanto, inseparable por esencia de la naturaleza ha sido (¿quién lo diría?) el más desconocido, el más sacrílegamente burlado en todos los gobiernos, en todos los siglos (…) a cada paso, a cada línea se va escribiendo el nombre injusto del esclavo acompañándole un larga lista de los monstruos y autorizados derechos de un señor».

Las expectativas que la Sociedad Abolicionista tenía depositadas en el sexenio democrático se vieron frustradas en gran medida, ya que ni siquiera la avanzada Constitución de 1869 tenía en cuenta la abolición de la esclavitud. La actividad de la Sociedad durante este periodo fue frenética, pero las circunstancias políticas en las Antillas y la feroz reacción de las organizaciones antiabolicionistas no favorecieron la adopción de medidas más drásticas, y ello a pesar de que en los sucesivos gobiernos de este periodo hubo presencia de abolicionistas.

Más complicado fue el periodo de la Restauración, que se inició con la imposibilidad de la Sociedad para celebrar encuentros públicos, pero que años más tarde experimentó un relanzamiento ante la nueva normativa que se elaboró respecto a la erradicación de la esclavitud. Finalmente, en 1886, se publicó el decreto de supresión del patronato y abolición definitiva de la esclavitud. Aún así, la Sociedad Abolicionista prosiguió su labor durante un tiempo más ante la sospecha de que la emigración que se estaba produciendo de China a Cuba pudiera encubrir una nueva forma de esclavitud.

Sea como fuere, también en España resulta difícil disociar la lucha contra la esclavitud de un incipiente feminismo basado, inicialmente, en la reivindicación de los derechos educativos. Aunque comienzan destacando las voces masculinas, poco a poco las mujeres van construyendo su propio espacio, estableciendo relaciones, todavía aisladas, con el movimiento sufragista internacional, como fue el caso de Emilia Pardo Bazán o la alcarreña de adopción, Isabel Muñoz Caravaca.

Hoy en día, sigue habiendo personas que desconocen que España también ha sido un país esclavista. Ya en el siglo XVI, Sevilla y Las Palmas de Gran Canaria fueron dos grandes centros de trata para el tráfico negrero y de otras procedencias. Como indica Ángela Valvey en su Breve historia de las mujeres españolas, muchas de las jóvenes esclavas negras eran destinadas a la esclavitud sexual, para prostituirlas o para abusar de ellas, ya que al quedarse embarazadas «sus hijos se convierten, a su vez, en nuevos esclavos que pueden ser vendidos en una fuerza de trabajo y sin derechos».

Para algunas personas, las consideraciones negativas que se asumen en torno a la esclavitud no se aplican con la misma contundencia cuando se refieren a instituciones milenarias, como la prostitución, u otras prácticas extendidas como los vientres de alquiler. Aunque la esclavitud pareciera cosa del pasado, la realidad es que la explotación sexual y reproductiva se sustenta sobre mecanismos argumentativos propios de una relación de sometimiento y dominación, que trata de hacerse más tragadera con ciertas veleidades de libertad que, disfrazadas de una falsa libertad individual, se utilizan de coartada para eludir las consecuencias perennes que implican para las víctimas y para todas las mujeres.

Procedente de Cifuentes, en la provincia de Guadalajara, y trabajadora social con máster universitario en Intervención Social, su carrera profesional ha estado siempre vinculada a los ámbitos de la igualdad entre mujeres y hombres, la cooperación internacional y la soberanía alimentaria.

Además, ha sido directora del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha y también ha participado en diversos proyectos de gestión cultural. En la actualidad es doctoranda en Estudios Interdisciplinares de género en la Universidad de Alcalá.