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Clara Campoamor y su tacticismo


Clara Campoamor Rodríguez (1881​-1972) abogada, política madrileña y defensora de los derechos de la mujer española. Una de las principales impulsoras de la II República Española y del sufragio femenino en España. Forzada al exilio, nunca volvió. Clara Campoamor Rodríguez (1881​-1972) abogada, política madrileña y defensora de los derechos de la mujer española. Una de las principales impulsoras de la II República Española y del sufragio femenino en España. Forzada al exilio, nunca volvió.

En el anterior artículo, casi al final, en el que trataba los apoyos socialistas al sufragio femenino aprobado en 1931 en España, dejé aplazada una cuestión interesante que poco se ha tratado: el tacticismo de Clara Campoamor.

Vaya por delante que entiendo la táctica en política como algo natural. Tratándose de un juego de mayorías y minorías, uno tiene que bascular entre lo que quiere y puede lograr. Por ese motivo, a veces uno puede estar de acuerdo con una propuesta, pero debido al contexto social o las circunstancias parlamentarias no terminar de apoyarla ya que decide sacrificarlo por lo que considera un bien mayor. A toro pasado, visto desde la distancia de las décadas, todo parece fácil. Sin embargo, ese es otro debate.

Cuando se habla de tacticismo político y el sufragio femenino desde determinadas posiciones políticas, conservadores o liberales, siempre lo relacionan con Indalecio Prieto. Cuando el diputado socialista se opuso al sufragio femenino, no lo hizo por negar tal derecho a las mujeres sino porque él consideraba que el contexto social de la recién creada II República era demasiado adverso al mantenimiento del sistema democrático que se pretendía edificar.

El poder social que aún tenía la Iglesia en grandes zonas de la geografía española seguía siendo demasiado fuerte para un nuevo sistema de Estado que apenas tenía un par de meses de vida. El día 29 de septiembre, en «El Liberal» se hicieron eco de una noticia publicada en el periódico francés «Le Journal» el día 28 en el que analizaba la situación de España: «Los problemas que tiene que resolver el Gobierno español son graves y urgentes. Tiene primeramente la cuestión autonomista (…) Existe también la cuestión religiosa, cuya reglamentación es infinitamente delicada en un país muy saturado de cristianismo y en el que hay muchos creyentes. Existe, sobre todo, la cuestión agraria (…) El gran error de los españoles sería creer que la revolución ha terminado. Todo lo que podía ser demolido del pasado lo ha sido ya; pero es necesario en la actualidad construir, y esta labor no es ciertamente la menos difícil».

El país salía de la dictadura, primero de la del general Primo de Rivera y después de la del general Dámaso Berenguer. En ambos casos, la Iglesia vio reforzado su poder social. De hecho, bajo Primo de Rivera se potenció notablemente la tutela moral de la Iglesia católica sobre la población.

Para los grupos católicos, como se publicó en el diario «La Nación» el 29 de septiembre, la nueva Constitución republicana era «la más antirreligiosa del mundo después de las de Rusia y Méjico (…) Armada o pacífica, es la guerra civil, la guerra de los espíritus la consecuencia irremediable de una persecución del Gobierno y de las Cortes contra la convicción católica, aún poderosísima en el país».

Suele olvidarse que ese mismo día, dos días antes de la votación en el Congreso, y publicado en el «ABC» el día 30, varios grupos de mujeres católicas acompañadas por Gil Robles y la marquesa de Unza del Valle entregaron al presidente del Congreso un mensaje en el que solicitaban las siguientes cuestiones: primero, no alterar el artículo dos de la «todavía vigente Constitución sin previo acuerdo con la Santa Sede porque la mayoría de los ciudadanos españoles es católico, apostólico, romano»; segundo, no excluir «a los padres de familia ni a los prelados de los consejos de instrucción pública y que se considera obligatoria la enseñanza de la religión católica en las escuelas e institutos»; tercero, respetar «a la familia cristiana considerando el matrimonio indisoluble como hasta la fecha»; cuarto, no expulsar de España «a las órdenes religiosas y que se permita volver a sus diócesis a los señores prelados que forzosamente las han abandonado».

Esta propuesta venía avalada por un millón cuatrocientas noventa mil firmas de mujeres según los promotores en el periódico «La Nación». La presión religiosa, como vemos, era grande en ese momento. ¿Cómo podemos juzgar el temor a perder la recién creada república democrática a manos de una nueva restauración monárquica o dictadura?

Resultan comprensibles, entonces, las reticencias o miedos que determinados diputados pudieron tener respecto a la posibilidad de que tantas mujeres católicas organizadas participasen activamente en la vida política. Cuidado, he dicho «comprensible». En ningún caso digo que asuma esas reticencias. Se trata de otro debate.

Sea como sea, es con Prieto con quién se relaciona este tacticismo político. Nunca se ha comentado nada sobre el tacticismo de Clara Campoamor. Principalmente por desconocimiento.

En ambas votaciones, tal y como mencioné en el anterior artículo, la del 1 de octubre y la del 1 de diciembre, el Partido Radical Republicano (PRR) dejó abandonada a Campoamor. Una lectura del libro de la diputada, «El voto femenino y yo, mi pecado mortal», deja cierta sensación rara pues cualquiera podría decir que el PRR y Lerroux serían blanco de su ira. No fue así, a pesar de aclarar que la posición de su partido era claramente favorable al voto femenino. Así lo expresó en sesión del Congreso el propio diputado radical Guerra del Río el 28 de agosto. Campoamor simplemente lo menciona como «tuvo dos actitudes contrapuestas».

A partir de ahí todo son justificaciones al PRR a través de frases como: «Si la minoría radical hubiese sido de antemano adversa a mi posición, bien conocida, me hubiera negado el acceso a la comisión constitucional» o «Ni yo oculté mi pensamiento ni la minoría me lo obstaculizó». Lo cierto es que no la obstaculizó, no. Solamente le dejó seguir trabajando en la Comisión para, llegado el día de aprobación del artículo en el Congreso, terminar votando masivamente no al sufragio femenino. Da la sensación de que fue un: vete a jugar con tus juguetes, no convirtamos un debate interno del partido en un debate público en la prensa, que la puñalada te la doy el día 1 de octubre. A pesar de ello, ni una sola mala palabra salvo «actitudes contrapuestas».

Sin embargo, a Indalecio Prieto le dedicó palabras, frases y hasta párrafos algo más críticos. Me llama poderosamente la atención esa inquina hacia el vasco reflejada en la pluma de la diputada radical.

Como he dicho la posición de Prieto no era contraria a tal derecho. El vasco simplemente entendía que en ese contexto de 1931 la opinión de las mujeres podría verse muy influenciada por la Iglesia y eso llevar a una victoria conservadora y un retroceso en todos los avances sociales que querían llevar a cabo.

Es en ese momento cuando algunas personas deciden entonces acusarle de tacticismo. Es decir, de estar no estar a favor del sufragio femenino debido a un sentido de utilidad para sostener o no la República y por no avanzar en el aumento de derechos de la mujer sin importar el contexto. Lo cierto es que esa misma critica puede hacérsele a Lerroux y el PRR, pero Campoamor no lo hizo o la disimuló mejor. ¿Por qué a Prieto sí? ¿De dónde venía realmente el problema?

Habría que remontarse varios meses atrás. En concreto a los momentos posteriores a la insurrección de Jaca de diciembre de 1930 y lo acontecido en la ciudad de Donostia. Campoamor hizo todo lo posible para que los sumarios a los revolucionarios de la capital gipuzkoana y el del Comité revolucionario de Madrid se unificasen. De tal forma, tal y como ella expone en su libro, «El comité central, pon el prestigio de sus cabezas visibles, por sustanciarse el proceso en Madrid, por el ambiente que en el país dominaba, podía fácilmente y debía escrupulosamente servir de escudo protector a los demás hombres que en otras provincias cumplieron su cometido; dividida la continencia de la causa dejados los hombres de San Sebastián entregados a tribunales militares parciales, el peso de la justicia tendría diversas balanzas y distintas consecuencias, y se pedían penas mucho más graves que las solicitadas para el Comité central, entre ellas dos de muerte (…) El Comité Central y sus defensores dejaron entregados a su triste suerte a los procesados de San Sebastián (…) No pertenecían a los clanes que se aprestaban a usufructuar la República».

Uno de los miembros de ese Comité fue Indalecio Prieto. Durante el proceso, desde enero, estuvo fuera de España. Primero en Hendaya y después en París. Me pregunto si esto y que el hermano de Clara Campoamor estuvo preso en Donostia por haber tomado parte en el movimiento revolucionario y de quien asumió la defensa. Puede parecer que esta polémica no tenga nada que ver con el asunto que nos ocupa, pero a ello voy.

¿Dónde estuvo el tacticismo de Campoamor?

Dentro del conjunto de nuevos derechos femeninos que querían legalizar en la nueva Constitución republicana encontramos la cuestión sobre el divorcio. Es en esta en la que encontramos esa misma critica de tacticismo que se le hace a Prieto. Sin embargo, será Campoamor la persona que haga uso de sacrificar ciertos derechos a la mujer por lo que entendía un bien mayor.

Al igual que el sufragio, este fue otro de los derechos por los que luchó el PSOE. Así se expresó su órgano oficial, «El Socialista», el día 17 de octubre: «Tras la concesión del voto femenino que coloca a la mujer en el plano de la verdadera ciudadanía, ha venido la aprobación del divorcio, que puede librar a la esposa de la tiranía, cuando no de algo peor, del hombre a quien se unió».

Tal y como expliqué al final del artículo anterior, los socialistas presentaron una modificación que después defendieron en la cámara del Congreso en la que se declaraba que el divorcio se concedería la mujer sin tener que alegar ningún tipo de causa. Esta propuesta fue propuesta y defendida en la Comisión por el diputado socialista Jiménez de Asúa. Posteriormente, el 15 de octubre, en el Congreso su compañero Sanchís Banús la defendió cuando se debatió la aprobación de la ley del divorcio. La intención de los socialistas, tal y como comenzó a explicar Banús en su intervención, era la de defender «el mantenimiento de los términos de la primitiva redacción del dictamen de la Comisión constitucional».

Fue el diputado Juan Castrillo (pertenecientes a la Derecha Liberal Republicana) el encargado de rechazar la propuesta socialista en nombre de la Comisión: «pensemos con un poco de serenidad lo que vamos a votar, porque vamos a votar un divorcio a instancia de la mujer sin alegar justa causa, que es lo que ha servido en Rusia, y esto tiene importancia, para suprimir el juicio de divorcio y hacer que la mujer pueda comparecer ante el encargado del Registro civil para decir simplemente que quiere divorciarse, con lo cual basta para que quede roto el vínculo. Nosotros, en nuestra concepción burguesa de la sociedad, respetando vuestra tesis, no podemos aceptarlo. Aquí, el día que las mujeres puedan acercarse al Registro civil y con sólo decir que quieren divorciarse, queden divorciadas, efectivamente, tiene razón S. S., Sr. Alvarez, el histerismo se habrá elevado al Rango de ley. Yo, en nombre de la libertad y de la igualdad, pido que no sea así». Aquel 15 de octubre no se votó la propuesta socialista aplazándose para el día siguiente.

De tal forma, la enmienda socialista tuvo que pasar por una votación en la que fue aprobada en consideración por 169 votos a favor frente a 153 en contra. En esa votación Indalecio Prieto votó a favor de la propuesta defendida por Banús. También votó a favor la diputada radicalsocialista Victoria Kent. Sin embargo, la diputada Campoamor no votó a favor, tampoco lo hizo en contra.

¿Si se abstuvo podemos entender que era contraria a la propuesta socialista? No. Sin embargo, ese es uno de los argumentos esgrimidos las personas que acusan de tacticismo a Prieto al abstenerse en la votación sobre el sufragio femenino el 1 de octubre. ¿No debería valer ese mismo argumento ante esta actitud de Campoamor?

No hace falta generar debate ficticio sobre esta cuestión pues la propia diputada lo aclara en su libro «El voto femenino y yo, mi pecado mortal»: «La enmienda fue rechazada por todos los miembros de la comisión no socialistas; votaron en contra derechas y republicanos de todos los matices. También voté yo en contra».

¿Es esto suficiente para pensar que Clara Campoamor podía estar en contra de la propuesta socialista? No. De hecho, ella misma explica el motivo de su voto en contra unas líneas después: «La enmienda Sanchís Banús era por ello acordé con un principio humano de ayuda preferente a seres desiguales. Pero yo sacrifiqué mi sentido a la lógica; preveía las dificultades parlamentarias (…) y mi deber era sacrificar a la táctica en defensa del conjunto de reivindicaciones que la suerte me había impuesto defender».

La última línea de este párrafo es suficientemente esclarecedora. Clara Campoamor votó en contra de la propuesta socialista de otorgar el derecho a las mujeres de poder divorciarse de sus maridos sin necesidad de alegar causa alguna ya que su deber era sacrificarlo por el conjunto de reivindicaciones femeninas que se estaban o iban a debatir ante la posibilidad de que fueran rechazados otros derechos de la mujer propuestos.

Es decir, ante el temor de que eso pudiera obstaculizar las demás conquistas en favor de la mujer que seguían planteándose en el Congreso y en la creencia de que tal propuesta no pasaría el corte en la Cámara, decidió votar en contra en la Comisión y como hemos visto abstenerse en el Congreso.

Al igual que sucede con la abstención de Prieto respecto al sufragio femenino como consecuencia de sus miedos de una victoria de los partidos de derecha y de que estos pudiesen revertir todos los avances sociales que se pretendían lograr, Campoamor se encuentra en una situación similar en la que la táctica de salvaguardar la mayor parte del conjunto de derechos favorables a las mujeres está por encima de uno solo de los aspectos concretos de ese conjunto.

Profesor de Historia en Secundaria. Autor de "Tomás Meabe: escritos políticos" (2013) y "Un siglo de Juventudes Socialistas de Euskadi" (2019).

Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto. DEA en Relaciones Internacionales por la UPV-EHU con tesina “Relaciones UE-China: un futuro por delante”. Postgraduado en “Organización jurídica, económica y política de la R.P. China y Taiwán” por la Universidad de Alcalá de Henarés.