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¡Ayuda, mi marido me maltrata y estoy embarazada! El grito que nadie escucha


  • Escrito por Juan Miguel Martínez Galiano
  • Publicado en La Zurda
Shutterstock / mojahata Shutterstock / mojahata

“¿Cómo será mi bebé? ¿Será niña o niño?”.

Estas son las preguntas que se hacen muchas mujeres al saber que están embarazadas. Lo que quizá nunca se les pase por la cabeza es que ese pueda ser el inicio de una vida de tortura y maltrato.

Siendo el embarazo, en teoría, una etapa tan idílica, romántica… ¿Cómo es esto posible?

Lo cierto es que el embarazo es una de las circunstancias que puede detonar o empeorar la violencia de género. Y puede hacerlo en cualquiera de sus formas: tanto física, como psicológica o social.

¿Qué es la violencia de género?

Muchos identificaríamos la violencia de genero exclusivamente con la agresión física. Sin embargo, según la Asamblea General de Naciones Unidas, esta no solo abarca tales comportamientos.

En realidad, incluye “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer”.

También “las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto en la vida pública como en la privada”.

A raíz de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, en España se utiliza este concepto exclusivamente y de forma errónea para referirse a lo que en realidad es violencia contra la pareja íntima.

El motivo es que esta ley solo concede la categoría de violencia de género a aquella que ha sido perpetrada por la pareja o expareja.

En realidad, violencia contra la mujer es el control sobre ella, sobre su vida. Hechos como que se vea obligada a practicar conductas sexuales en contra de su voluntad o que tenga que justificar hasta el último céntimo.

También otras muchas conductas. No se trata solo de un puñetazo, un insulto o el asesinato. El fundamento reside en la desigualdad entre hombres y mujeres y en el interés del primero en mantenerla.

La sociedad no es consciente de la magnitud del problema

Al no conocer casos cercanos, mucha gente ni se plantea la importancia y magnitud de este tipo de situaciones. Incluso hay quienes niegan que exista violencia de género, sosteniendo que se trata de meras invenciones.

En realidad, los datos objetivos muestran que las denuncias falsas suponen una parte ínfima del total. Estas representan el 0,0069% de todas las que se han tramitado por violencia de género en España.

La violencia contra las mujeres es un problema invisible. Lo es incluso desde los servicios sanitarios, uno de los recursos fundamentales para su detección y abordaje.

En muchas ocasiones, ni siquiera estos son capaces de identificar este tipo de situaciones. Incluso cuando una mujer acude una y otra vez por patologías que no responden al tratamiento. La razón es que no se localiza la verdadera causa: la situación de maltrato.

Ver la violencia contra la mujer como un hecho ajeno o de la intimidad de la pareja es un gran error. Hasta hace relativamente poco, incluso se justificaba (“algo habrá hecho”).

Estos puntos de vista suponen un pesado lastre que impide divisar la verdadera magnitud de la situación. Solo visibilizamos la punta del iceberg.

¿Y durante el embarazo?

Durante el embarazo, un alto porcentaje de mujeres sufre situaciones de violencia a manos de su pareja.

Los problemas de salud que esto causa no solo se prolongan durante este periodo. También al finalizar la gestación. Entre las posibles consecuencias se encuentra, por ejemplo, la psicosomatización.

Estas mujeres sufren más abortos. También más enfermedades durante el embarazo, como diabetes o hemorragias. Además, es más habitual que el parto suceda de forma no natural. Aun así, estas son solo algunas consecuencias, entre otras muchas.

El maltrato también repercute en el bebé, tanto en la etapa fetal como a lo largo de toda su vida. Tanto a nivel de salud física y psíquica, como en sus relaciones sociales.

¿Cómo identificar el problema? El papel del sistema sanitario

Las mujeres que sufren violencia de género durante el parto, en muchas ocasiones, sienten vergüenza. Se sienten culpables y con la obligación de continuar inmersas en esa situación. Ante todo, no quieren “fracasar” en el papel que se les ha asignado históricamente, ser buenas madres y esposas.

Así se lo ha hecho creer el patriarcado. Por esta y otras muchas circunstancias sociales, económicas y culturales, la mujer oculta la realidad e incluso la niega si es “descubierta”.

A pesar de ser un problema frecuente, la sociedad no colabora de manera activa en su identificación.

El sistema sanitario es una de las claves en la solución. Al fin y al cabo, es donde la mujer acudirá durante los siguientes 9 meses para controlar la evolución del embarazo.

Sin embargo, aunque se dispone de instrumentos de sencilla aplicación que facilitarían la identificación de casos y que no suponen un gasto económico para el sistema, en la práctica, estos no se utilizan.

Hay problemas de salud menos frecuentes durante la gestación que sí disponen de pruebas e instrumentos de identificación precoz para poder abordarlos.

¿Por qué, a pesar de haber demostrado su fiabilidad y utilidad, no se implementan de forma generalizada en el control prenatal? ¿Por qué no se utilizan para detectar posibles casos de violencia de genero durante la gestación?

Afortunadamente, algo esta cambiando

La sensibilización de la población es fundamental. Sí, las mujeres embarazadas también son maltratadas por sus parejas. Sí, durante la gestación, la mujer es especialmente vulnerable al maltrato. Y sí, esto sucede. Aunque cueste creerlo.

Debemos estar alerta ante ese grito silencioso y denunciar posibles situaciones que nos hagan sospechar. También implementar en el sistema sanitario las herramientas disponibles. Estas nos ayudarían a abordar el problema garantizando que la mujer estará sana y será libre e independiente.

En definitiva, buscar una sociedad justa, donde mujeres y hombres sean iguales.The Conversation

Juan Miguel Martínez Galiano, Profesor, Universidad de Jaén

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation