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Concepción Arenal, ética y filosofía de la compasión

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Anna Ferrer, 50 años ayudando a los “intocables”

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Anna, Olivia y la violencia vicaria: Por qué un maltratador jamás podrá ser un buen padre


shutterstock. shutterstock.

Hace escasos días recibíamos la sacudida del hallazgo del cadáver de la pequeña Olivia en la costa de Tenerife. El cuerpo de Anna sigue aún sin ser localizado, aunque no hay muchas esperanzas de que haya corrido una suerte distinta de la de su hermana. Un nuevo crimen de violencia de género, entre tantos, que se ha cobrado la vida de dos niñas.

Los niños y las niñas son a menudo víctimas de sus padres agresores, llegando a ser asesinados. Se convierten en una forma más, y la más dolorosa, de hacerle daño a sus madres.

Son víctimas de la violencia vicaria, que se ejerce sobre la madre para hacerle el daño más extremo y matarla en vida. 41 menores han sido asesinados en España en los ocho últimos años.

¿Son solo casos extremos?

La macroencuesta sobre violencia de género de 2011, elaborada por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, incorporó en aquel año por primera vez la pregunta sobre la existencia de hijos e hijas expuestos a violencia de género. La respuesta fue brutal: casi 2 800 000 personas eran menores cuando estaban expuestos/as a la situación de violencia que vivía su madre.

Y esto es algo de lo que tenemos que concienciarnos, por muy duro que nos parezca. Al igual que el asesinato de Ana Orantes fue un punto de inflexión para abrir los ojos al fenómeno de la violencia de género, ojalá que el asesinato de Olivia y el más que probable asesinato de Anna sirvan para darnos cuenta de que necesitamos aplicar una ley que proteja a nuestros/as menores.

Tenemos una Ley, pero no se aplica

La Ley 4/2015, de 27 de abril, del Estatuto de la Víctima los reconoce como víctimas de violencia de género y establece medios para que se aplique la suspensión de la patria potestad, la guarda y custodia y la suspensión del régimen de visitas del padre (o de la madre, si fuera el caso).

Entonces, ¿por qué no se aplica directamente cuando hay denuncias como agresor o evidencias de que hay un riesgo real y objetivo para el o la menor? La respuesta está clara: la figura del padre se ha investido tradicionalmente de un poder que aún posee y que no debe jamás estar por encima de la seguridad de sus hijos o hijas.

Es decir: ser padre no inviste automáticamente de capacidades y aptitudes adecuadas; hay padres que tienen un comportamiento tóxico y perjudicial para sus descendientes y la administración de justicia debe velar por la seguridad de esos menores. No es cierto que “es mejor tener un mal padre que ninguno”.

Una concienciación progresiva

Hasta el año 2003 no se contabilizaban las muertes de las mujeres por violencia de género, pero no fue hasta 2013, 10 años más tarde, que se empezaron a contabilizar los niños y las niñas víctimas de sus padres por violencia de género.

Son muchos los patrones propios de un agresor de violencia de género que se han estudiado. Entre ellos hay rasgos cognitivos, emocionales y conductuales. En las características cognitivas se encuentra la justificación de la violencia en su discurso, la externalización de la culpa, las definiciones rígidas de la masculinidad y la feminidad, la negación, la minimización y justificación de sus conductas agresivas y la ceguera selectiva.

Entre los aspectos emocionales está muy estudiado que los agresores suelen tener una baja autoestima, a pesar de su apariencia de arrogancia, la restricción emocional (no poder hablar ni expresar sus propios sentimientos), la dependencia y la inseguridad. Y entre las conductas propias de los agresores se encuentran la manipulación, la doble fachada, las mentiras, hacer sentir culpable a la víctima, fingir ser la víctima, la difamación, avergonzar y humillar, el aislamiento, los celos y actitudes posesivas, las intimidaciones encubiertas, la inhabilidad para resolver conflictos de forma no violenta y la resistencia al cambio.

Dado todo lo anterior, queda bien evidente que un maltratador no es una buena persona. Una buena persona no pega, no insulta, no humilla. Y un buen padre no puede ser una mala persona. Sencilla y aplastantemente, no es compatible.

No sirven argumentos para defender a un maltratador como “es un mal marido, pero con sus hijos lo hacía bien”. Un maltratador no es solo “un mal marido”; esto es minimizar una conducta violenta y, por lo tanto, reforzarla. Un maltratador tampoco está loco ni tiene una enfermedad mental de serie. Un maltratador es una mala persona y, por lo tanto, un mal padre, con quien sus hijos/as están en peligro físico y psicológico.

Los hombres buenos

Todos los hombres españoles no son maltratadores, obviamente. Pero casi todos ellos y casi todas las mujeres nos hemos criado y, por lo tanto, socializado, en una cultura patriarcal. Nos guste o no. Una cultura en la que todas las personas no tienen los mismos derechos, en la que hay baremos diferentes para medir a unas y otras, a pesar de la Constitución y de muchas leyes más recientes que intentan paliar esta desigualdad.

Pero hay que seguir intentando generar justicia, especialmente para los/as más vulnerables, como es propio de un Estado de Derecho.

Pero al margen de estas acciones políticas y judiciales, ¿qué más podemos hacer nosotros, la ciudadanía de a pie? La respuesta, una vez más, es evidente: cambiar cada uno y ayudar a que cambie nuestro entorno, contrarrestando las tres caras en las que se manifiesta la desigualdad: los estereotipos, los prejuicios y la discriminación contra las mujeres.

Y sí, hay Círculos de Hombres Igualitarios, espacios de reflexión y motivación para promover la igualdad, que estarán encantados de acoger a hombres (y también mujeres) con ganas de trabajar por una sociedad mejor.The Conversation

Beatriz Montes Berges, Profesora Titular de Psicología Social, Universidad de Jaén

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

Profesora Titular de Psicología Social de la Universidad de Jaén. Psicóloga y Criminóloga. Doctora en Psicología desde el 2002. Lleva investigando sobre la discriminación y violencia de género desde el año 1997. Un año antes, comienza a atender a mujeres víctimas de malos tratos como terapeuta, llevando en la actualidad 25 años atendiendo una amplia variedad de casos. Actualmente es además psicóloga sanitaria y terapeuta gestáltica y terapeuta EMDR.

Es presidente de ACESAP (Asociación de Centros Sanitarios de Psicología de Jaén y Provincia) y es Profesora en la Diplomatura y Grado de Enfermería desde hace 17 cursos académicos, así como de la asignatura Psicología del Prejuicio y la Discriminación del Grado de Educación Social. Profesora en el Máster de Psicología General Sanitaria y el Máster de Atención Infantil Temprana de la UJA. Es asesora científica de la Comisión de Cuidados Paliativos del Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental.

En cuanto a sus intereses de investigación, es especialista en Discriminación, Prejuicio, Estereotipos, Violencia de Género, habilidades Sociales, Empatía, Perdón y Tratamiento de traumas entre otros temas. Aunque ha dirigido y participado en más de una veintena de proyectos, actualmente es la IP de España del proyecto europeo Net-Care (Networking and Caring For Migrant And Refugee Women), y dirige otro proyecto del Pacto de Estado sobre Prevención e Intervención en Violencia de género en el alumnado de la UJA. Sus contribuciones en materia de igualdad y los procesos cognitivos que explican la discriminación superan la centena tanto en artículos como en comunicaciones y ponencias en congresos, así como en los libros y capítulos de libro que ha escrito. Ha dirigido 2 tesis doctorales sobre este tema y actualmente lidera la dirección de otras 5 sobre género, roles y estereotipos, aunque con distintos enfoques. Ha participado en la evaluación del I y II Plan de Igualdad Efectiva de la Universidad de Jaén, así como en la elaboración del II y del III Plan. Ha sido docente de numerosos cursos para el alumnado y para el profesorado de la UJA en materia de género, incluyendo lenguaje igualitario y no sexista, y sobre violencia de género, temas en los que es referente.

Concretamente en el campo de la Violencia de Género, ha intervenido como terapeuta en más de 250 casos. Es autora de libros como “Las princesas que juegan al fútbol y los príncipes que saltan a la comba. Concienciación del alumnado de la presencia de estereotipos y estrategias para evitar su influencia en la toma de decisiones”, “Émpatas. ¿Por qué hay personas que no pueden ver el telediario?”, que tienen como objetivo concienciar y promover cambio social. Su experiencia como terapeuta queda plasmada en libros como “Terapia para ser feliz” que es un recorrido transcrito sobre una terapia real, o “Viajando desde el corazón” que incluye un centenar de microrrelatos en prosa poética basados en el acompañamiento que realiza en terapia y las historias que conoce.

Asimismo, ha sido invitada como ponente en más de una veintena ocasiones en diversas instituciones y asociaciones para impartir charlas, así como en entrevistas en televisión y radio nacionales y locales sobre los temas de los que es especialista. Es autora habitual de artículos divulgativos en diversas revistas y plataformas que tienen por objeto acercar la ciencia a la sociedad.