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El feminismo de Emilia Pardo Bazán


  • Escrito por Luisa Marco Sola
  • Publicado en La Zurda

Bibia Pavard, Florence Rocheford y Michelle Zancarini-Fournel en su libro Ne nous libérez pas, on s’en charge. Une histoire des féminismes de 1789 à nos jours, defienden la necesidad de hablar de “feminismos”, en plural. Es, de hecho, la única forma de dar un reflejo auténtico tanto a la diversidad intrínseca como a la evolución histórica de este movimiento social, que ha ido sumando a colectivos que hasta entonces no habían sido tenidos en cuenta.

Sólo entendiendo así el feminismo, como una idea en constante construcción y con corrientes diversas en su seno, podemos entender en toda su embergadura la aportación al mismo de Emilia Pardo Bazán. Conservadora en lo político, orgullosa de pertenecer a la nobleza y profundamente católica, su condición de igual a cualquier hombre le parecía tan incontestable que dinamitó todos los cimientos de la puritana sociedad en la que vivió. Y jamás se disculpó por ello. Ese es, posiblemente, uno de sus más importantes legados.

Hija única de un matrimonio de hidalgos con ideas liberales y socialmente progresistas, Emilia Pardo Bazán creció en una burbuja que ideológicamente poco o nada tenía que ver con el mundo fuera de su hogar. Parece especialmente relevante la figura de su padre, un hombre de ideas modernas y, tal como demuestra el trabajo del Grupo de Investigación “La Tribuna”, marcado por el asesinato de su madre a manos de su segundo marido1.

Quizás a raíz de ello, Emilia Pardo Bazán fue una de las primeras voces en referirse a la violencia contra la mujer, que ella bautizó como “mujericidios” en detrimento del clásico “crimen pasional”. Así, abordó ya en 1900 la cuestión de la violencia de género. Se trataba no sólo de una violencia silenciada sino incluso justificada por las propias leyes en determinadas ocasiones, además. Tal era el caso en lo que se refería al adulterio femenino, puesto que el artículo 438 del Codigo Penal aplicaba un atenuante de celos si el marido asesinaba a su mujer al encontrarla siéndole infiel. Lo que en la práctica suponía que los asesinos quedaban sin castigo. Además, tal como la propia Pardo Bazán argumentó, la ley ni siguiera exigía descubrir el adulterio; con sólo suponerlo el asesinato quedaba justificado a los ojos del juez. A pesar de sus denuncias, este artículo siguió vigente hasta 1932, en que desapareció de las leyes gracias a una enmienda introducida durante la Segunda República por la diputada Clara Campoamor.

En varios de sus cuentos, Pardo Bazán identificaba el sentimiento de propiedad que se encuentra en las raíces de la violencia de género. Así, en su relato “Las medias rojas” narraba la historia de Ildara, a quien su tío dejaba tuerta de una paliza para así evitar que emigre en busca de una vida mejor:

“Fue un instante de furor, en que sin escrúpulos la hubiese matado antes que verla marchar, dejándole a él solo, viudo, caso imposibilitado de cultivar la tierra que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual profesaba un cariño maquinal, absurdo2.”

En un desenlace dramático, los sueños de la protagonista se esfumaban con la paliza: “Y nunca más el barco la recibió con sus concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y lujo. Los que allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos alumbrando y su dentadura completa...”

En una España habituada a la violencia, Pardo Bazán también denunció en la prensa madrileña el caso de una modista agredida sexualmente a la que los agresores habían tratado de asesinar para así silenciarla. La noticia había conmocionado a la opinión pública del momento, suscitanto a la vez juicios de valor sobre la vida personal de la víctima. Emilia usó su columna para dar respuestaa quienes criticaban a la chica en vez de a sus agresores:

“¿Es que se quiere sentar la jurisprudencia o esparcir la idea de que a una mujer cuyo pasado o presente exista alguna sombra, forjada por la calumnia quizá -y si es real, para el caso lo mismo da-, pueden burlarla e intentar asesinarla dos hombres y que la culpabilidad de estos hombres se mide por los grados de pureza que mida la fama de la víctima?”

Sus críticas a la situación de la mujer no se ciñieron a las agresiones, sin embargo. También denunció con contundencia la doble moral que imperaba a la hora de juzgar las conductas privadas de hombres y mujeres. Y es que ella misma sufría críticas constantes por su propia situación personal, que tampoco encajaba en la consideración de “honrada”: Separada de su marido y relacionándose con hombres sin ocultarse por ello (especialmente conocida fue su relación con el también escritor Benito Pérez Galdós).

En esta línea, la novela Insolación, descrita por Leopoldo Alas Clarín como “el antipático poema de una jamona atrasada de caricias”, presentaba la historia de una jóven viuda que rompía con las convenciones sociales y religiosas dejándose llevar por el propio placer sexual. No era la primera que planteaba un argumento semejante, ya Gustave Flaubert y León Tolstói habían sentado las bases de las llamadas “novelas adulterinas”. La diferencia es que tanto Madame Bovary como Anna Karenina recibían un castigo final por sus actos, no así en el caso de la protagonista dibujada por Pardo Bazán. Es más, en su novela, incluso los personajes masculinos daban voz a la autora y cuestionaban la doble moral que imperaba para hombres y mujeres:

“La mujer se cree infamada después de una de sus caídas ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso; que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener aventuras y que hasta queda humillado si lo rehuye...3

Sus personajes se debatían así entre su naturaleza y los convencionalismos sociales, pues tal como ella decía “la mujer es un péndulo contínuo que oscila entre su instinto natural y la aprendida vergüenza4” 

De este modo, los personajes femeninos de Pardo Bazán se rebelaban contra su condición, sobreponiéndose a las airadas respuestas de sus allegados. Tal es el caso de una de las hijas del protagonista de Doña Milagros, a la que al decir que quiere seguir con sus estudios le explican que “Dios hizo a la mujer para la familia, para la maternidad, para la sumisión, para las labores propias de su sexo... ¡de su sexo! No lo olvides nunca, y que nadie tenga que recordártelo, o serás la criatura más antipática, más ridícula y más despreciable del mundo: un marimacho5.” 

Las posiciones de la autora sobre la maternidad resultaron especialmente polémicas, en una sociedad en la que era la mujer debía ser madre para poderse considerar una “mujer completa”. Pardo Bazán rompió esquemas al ponerlo al nivel de una elección vital más y que, además, no condicionaba enteramente la existencia de la mujer:

“La maternidad es función temporal; no puede someterse a ella entera la vida (...). Además de temporal, la función es adventicia: todas las mujeres conciben ideas pero no todas conciben hijos”

Es por todo ello que incidió especialmente en la necesidad de proporcionar a las mujeres una educación. En 1910, tres meses después de que se permitiera el acceso libre a las españolas a la universidad, fue nombrada Consejera de Instrucción Pública. Se rigió en su ejercicio del cargo por su reivindicación de una educación para las mujeres equiparable a la que recibían los hombres, más allá de la formación que recibían las señoritas de la época que ella consideraba pura “domesticación”.

Para aquellas que sí habían podido acceder a una formación, aunque a menudo autodidacta, quedaba también pendiente la cuestión del reconocimiento social. La respuesta que recibían aquellas que se aventuraban a cualquier tipo de desempeño intelectual a menudo era la burla. Concepción Arenal ya había hecho referencia a ello:

“Nos parece más fácil hallar chistes para ridiculizar nuestras ideas, que razones para combatirlas. El ridículo tiene su esfera de acción activa, pero limitada, y no llega a las regiones del entendimiento en que de buena fe se busca la utilidad por las vías de la justicia. El ruido de las carcajadas pasa; la fuerza de los razonamientos queda: toda persona sensata sabe que suelen pensar poco los que se ríen mucho...6

Por esta forma de pensar resultó especialmente difícil para mujeres como Emilia Pardo Bazán lograr algún tipo de reconocimiento. La crítica bebía también de las tradicionales virtudes de humildad y abnegación asociadas tradicionalmente al comportamiento “correcto” de una mujer. Tampoco resultaba de ayuda la consideración de la esfera intelectual como asociada a los hombres, mientras que las mujeres pertececían a aquella de lo sentimental y emocional por su propia naturaleza.

En 1916 Emilia Pardo Bazán marcaba un hito al ser nombrada Catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central, si bien quedaba en parte empañado por los escasísimos alumnos que asistieron a sus clases y por haber tenido que litigar para que el nombramiento fuese acompañado de un sueldo.

En conclusión, si innegablemente fue una mujer controvertida y llena de claroscuros, le debemos un merecido reconocimiento por la valentía con la que reivindicó la igualdad de la mujer con su obra, y con su vida. Con su incansable tesón abrió un camino que muchas otras pudieron recorrer.

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1- Véase Grupo de Investigación La Tribuna, “La trágica muerte de Joaquina Mosquera Ribera, abuela de Doña Emilia, un secreto familiar desvelado”, en La Tribuna, Cuadernos de Estudios da Casa-Museo Emilia Pardo Bazán, nº8 pp. 15-59 (ver http://revistalatribuna.gal/index.php/TRIBUNA/article/view/191/186)

2- Emilia Pardo Bazán. Cuentos. Barcelona: DeBolsillo, 2009, p. 346

3- Emilia Pardo Bazán. Insolación. Cátedra. 2011, Madrid. p. 207.

4- Emilia Pardo Bazán. Insolación. Cátedra. 2011, Madrid. p. 254

5- Emilia Pardo Bazán. Doña Milagros. Plaza Editorial, 2014 p. 201

6- Concepción Arenal. La mujer del porvenir. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2010 (original 1869), p.81.