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María Eugenia Gay: “Las mujeres debemos reivindicar lo que nos corresponde”

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Lita Cabellut: “En el pueblo gitano hay una generación con hambre de liberarse”

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De nuevo sobre el problema del trabajo a domicilio femenino en la España de los años veinte


En El Obrero hemos dedicado mucha atención a la cuestión del trabajo a domicilio en la España de los primeros decenios del siglo XX, un problema que afectaba, especialmente a las mujeres. Pues bien, regresamos a la misma con un análisis que se publicó en El Socialista en octubre de 1926.

El primer aspecto de la cuestión tenía que ver con la dificultad para conocer la realidad de este tipo de trabajo, ya que se desarrollaba en un ámbito doméstico y no en fábricas o talleres. En todo caso, se denunciaba una situación de explotación que afectaba a mujeres de todas las edades y de distintas condiciones, hasta en la clase media, porque en ese ámbito también se escondía un “fondo de miseria”.

A pesar de las dificultades para abordar la dimensión del problema se era consciente de que a mediados de los años veinte este tipo de trabajo afectaba a los ramos de juguetería, pero, sobre todo, al textil, y a miles de mujeres, recluidas en sus casas, especialmente en las ciudades, ganando cantidades consideradas irrisorias, insuficientes para su mantenimiento. Además, no disfrutaban de las ventajas de la legislación social que ya existía en España para los trabajadores y trabajadoras.

Los socialistas denunciaban a las Juntas de “damas profesionales de caridad” porque se aprovechaban de la baratura del precio de los productos elaboradores en el trabajo a domicilio. Ellas, según la denuncia, imponían la miseria a las mujeres que trabajaban en este ámbito, en una especie de combinación, considerada como cruel, porque hacían pobres y miserables al mismo tiempo que se aparentaba realizar un ejercicio de caridad, considerada como la antítesis de la justicia. Esas damas de la caridad llevaban las prendas a los hogares de los que padecían miseria, pero luego exigían precios bajos a los empresarios poco escrupulosos que, aunque, efectivamente, vendían barato por esa presión de la clientela, llegaban a sacar ganancias al pagar muy poco a las trabajadoras a domicilio.

Pero el problema de la explotación de las trabajadoras era más complicado porque los empresarios del trabajo a domicilio no sólo estaban presionados por las damas de la caridad, sino que tenían una competencia intensa de las comunidades religiosas. Éstas tenían su cargo mujeres jóvenes y hasta niños de ambos sexos. El trabajo se desarrollaba sin ninguna cortapisa legal, es decir, no se aplicaba nada de lo dispuesto por la legislación laboral en cuestiones como la extensión de la jornada, ni otras reglas sobre la protección del trabajo femenino e infantil. De esas comunidades salían productos textiles a precios muy baratos que nunca podrían alcanzarse si se pagasen salarios adecuados y se cumplieran las condiciones legales de trabajo. Los patronos, en consecuencia, argumentaban que ante esa competencia solamente podían pagar muy poco a las trabajadoras a domicilio.

Mejorar la suerte de estas mujeres se aventuraba como una tarea difícil, algo que hemos comprobado cuando el sindicalismo de signo socialista se movilizó a fines de los años veinte y principios de los treinta para conseguir que estas trabajadoras se organizasen como lo hacían las obreras de talleres y fábricas. Y, ahí radicaba la principal dificultad, como este informe publicado en El Socialista reflejaba. Era un trabajo muy individualista, no en común en un centro de trabajo. Pero, además, como también hemos estudiado, había una cuestión que podríamos relacionar con la conciencia de clase. Muchas de estas mujeres no se consideraban obreras, sino como como “señoritas” de clase media, y ocultaban, en ocasiones, el hecho de que trabajaban.

En relación con la competencia industrial, el informe consideraba que solamente podía atajarse con concienzudas inspecciones de trabajo en los lugares donde se trabajase por cuenta ajena, cualquiera que fuera la condición en la que se realizara, sin detenerse ante la condición del lugar, en clara alusión a las comunidades religiosas.

En todo caso, nada se conseguiría si estas trabajadoras no se organizaban sindicalmente, el factor clave del sindicalismo de signo socialista.

Hemos consultado el número 5564 de El Socialista, de 4 de diciembre de 1926. En la hemeroteca de El Obrero encontraremos distintos acercamientos a esta cuestión por parte de este autor, como anunciábamos al principio.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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