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De la ‘habitación propia’ al espacio público


  • Escrito por Manuel A. Broullón-Lozano
  • Publicado en La Zurda
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)
Manifestación en apoyo de la transexualidad en Washington, DC USA. 2015. tedeytan / Wikimedia Commons, CC BY-SA Manifestación en apoyo de la transexualidad en Washington, DC USA. 2015. tedeytan / Wikimedia Commons, CC BY-SA

En el actual debate del feminismo con las identidades LGTBIQA+ es conveniente reflexionar sobre cómo construir espacios inclusivos y seguros de cuidados recíprocos.

Cuando escribimos, cuando hablamos, también cuando guardamos silencio, lo hacemos siempre desde un emplazamiento. Este lugar no es solo geográfico, sino, sobre todo, simbólico y abstracto. Cada persona, en cada momento de su vida, genera un punto de vista o tiene una posición desde la que afronta la realidad.

Siguiendo la Teoría del Emplazamiento/ Desplazamiento (TE/D) de Manuel Ángel Vázquez Medel, el emplazamiento es el lugar desde donde pensamos, del que depende cuánto podemos ver (o no ver), hacer lo que desearíamos (o no hacerlo), hablar o guardar silencio.

El filósofo José Ortega y Gasset avisó en sus Meditaciones del Quijote (1914) de que “yo soy yo y mi circunstancia”. Pero esta sentencia tiene una segunda parte que casi siempre suele omitirse: “…y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.

Estamos siempre en algún lugar, un entorno habitado, acaso compartido con otras personas y realidades. Pensar cuál es nuestro emplazamiento es algo que necesitamos cuestionar, deconstruir y reconstruir como individuos y como sociedad.

¿Cómo visualizamos nuestro emplazamiento y su circunstancia? ¿Es un lugar en donde nos sentimos a gusto o es un entorno hostil? ¿Tiene la forma de un espacio abierto, por donde podemos movernos libremente, o se parece a una prisión que nos retiene y cuyos muros impiden ver el exterior?

Una habitación propia

En su ensayo Una habitación propia, publicado en 1929, Virginia Woolf puso de relieve la importancia del emplazamiento para las mujeres que quisieran dedicarse a la escritura:

“Pero, me diréis, le hemos pedido que nos hable de las mujeres y la novela. ¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia?”

Virginia Woolf sostiene que “si vivimos aproximadamente otro siglo –me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos– y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos… Entonces, llegará la oportunidad y la poeta muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado”.

Virginia Woolf en Monk’s House. Harvard University Library / Wikimedia Commons

Con su característica agudeza, Woolf advirtió que las mujeres, como colectivo, debían (y aún deben) luchar más de la cuenta para disponer de un lugar en el que trabajar, desde donde pueda resonar su palabra en el debate público.

El cuerpo como lugar

La reflexión de Virginia Woolf introduce, además, otro componente fundamental para comprender el emplazamiento: el cuerpo. Cuando escribimos, ponemos nuestro cuerpo en acción. El cuerpo mueve los dedos al teclear o al deslizar la pluma por la superficie del papel. También ponemos el cerebro en funcionamiento desde las áreas del lenguaje y mediante la activación de las áreas motrices que controlan nuestras manos al redactar, o el aparato fonador al hablar, recitar o interpretar en una función de teatro.

Todo cuerpo depende de unas circunstancias materiales y económicas (la pensión de quinientas libras con la que pagar el alquiler de “la habitación propia”). Al mismo tiempo, cada cuerpo tiene unas características que pueden encajar (o no) en las capacidades que se presuponen como normales y lícitas en una sociedad cualquiera. No todos los cuerpos valen lo mismo cuando el emplazamiento se convierte en un mercado.

De este modo, los cuerpos enfermos o precarios requieren un plus de cuidados materiales y económicos. Además, los cuerpos inadecuados, los que no encajan en el modelo ideal, directamente son ignorados, marginados u olvidados. Son leídos como cuerpos inadecuados con “vidas que no merecen ser vividas”, como nos ha enseñado Judith Butler desde la teoría queer.

Portada de Orlando. Worthing Art Gallery / Wikimedia Commons

A ese problema también se enfrenta Orlando en la novela homónima de Woolf cuando se convierte en mujer y tiene que pleitear para mantener la propiedad de la casa y de la habitación en la que escribe y reescribe, una y otra vez, su poema La encina. Por ser leída como mujer, la ley le impide mantener sus propiedades, su biblioteca, su escritorio. Todas aquellas cosas que, sin embargo, nadie le disputaba cuando leían su cuerpo como el de un hombre de la aristocracia inglesa.

La tristeza del monstruo

Casi quinientos años antes, Christine de Pizán, escritora nacida en Venecia en el año 1364, lee, en su “habitación propia”, el Libro de las lamentaciones de Mateolo.

Pizán queda “consternada e invadida por un sentimiento de repulsión”, pues el autor pinta a las mujeres como cuerpos inadecuados: “Llegué al desprecio de mí misma y al de todo el sexo femenino, como si la naturaleza hubiera engendrado monstruos”. La percepción de los hombres poderosos, de las autoridades de la Filosofía y de la Historia, hunden a Pizán en un estado de profunda tristeza: la tristeza del monstruo.

En su libro La ciudad de las damas, de 1405, la escritora “recibe” en dicho estado la visita de tres damas, quienes le encomiendan una importante misión: “Venimos para anunciarte la construcción de una Ciudad. Tú serás la elegida para edificar y cerrar, con nuestro consejo y ayuda, el recinto de tan fuerte ciudadela”.

Miniatura de una edición francesa en pergamino de La ciudad de las damas. Bibliothèque nationale de France / Wikimedia Commons

No basta con poder pagar lo que cuesta una habitación propia en la que sustraerse del mundanal ruido. Urge construir un espacio seguro, un emplazamiento colectivo desde donde poder hablar con voz propia y hacer frente a la insidiosa misoginia.

Justo a continuación, las tres damas introducen una cláusula más en el contrato: esta ciudad “solo la habitarán damas ilustres y mujeres dignas, porque aquellas que estén desprovistas de estas cualidades tendrán cerrado el recinto de nuestra Ciudad”. Todavía se relegan al margen de la ciudad a las indignas, las monstruosas. En consecuencia, la edificación de la ciudad traiciona su vocación de espacio seguro cuando supone un emplazamiento que separa a un “ellas” de un “nosotras” y se convierte en la expresión de un privilegio excluyente.

No es de extrañar que ya en la contemporaneidad hayan surgido voces como la de Monique Wittig, quien llegó a la conclusión, al final de El pensamiento heterosexual, de que “‘la-mujer’ no tiene sentido más que en los sistemas heterosexuales de pensamiento y en los sistemas económicos heterosexuales. Las lesbianas no son mujeres”.

Las bolleras, las travestis, las trans, las putas, las perras, las negras, las drag, los maricones, los afeminados… son formas desplazadas más allá de los muros de la ciudad, cuya única salida es, o bien la conversión a la norma, a la dignidad, o la exclusión a la precariedad y al margen.

A pesar de todo, los cuerpos outsider generan, por su posición marginal, un emplazamiento propio: el mismo lugar común de la tristeza del monstruo. Un lugar desde donde imaginar otros emplazamientos, relaciones y cuerpos.The Conversation

Manuel A. Broullón-Lozano, Profesor Ayudante Doctor e investigador en la Sección de Literaturas y Bibliografía, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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