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EL PERIÓDICO
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Cuando el malecón ruge…nostalgia habanera, recuerdos cubanos


Y Luisito me llevó: un cubano negro y joven, intentando a toda costa que me diera de frente el aire acondicionado de su taxi. Ya le advertí que a mí lo que me gustaba era el natural: ventanillas abiertas y pelo revuelto. Hacia Jaimanitas, y a través de la 5ª Avenida cambia el paisaje habanero. Una ciudad que no reconozco: en pleno bochorno vespertino observo la realidad: otra Habana. Miramar. Un barrio privilegiado, de hoteles de reciente construcción, alejados del bullicio del centro. Orden y concierto. Cuadrículas en perfecta armonía. Un excel de viviendas, jardines y lugares de ocio. Pocos negros, muchos blancos y sobre todo extranjeros que ocupan cargos de mucho rango. Ni un solo taxi ilegal, ni tan siquiera el “cocotaxi” se atisba. El transporte que llega hasta las calles 1 y 3, transversales a la arteria principal, no parece abarrotado. Edificios oficiales, embajadas, centros financieros, iglesias, el palacio de congresos, clubs privados, boleras, parques y amplitud de espacio. Palmas y palmeras enfiladas a lo largo de las avenidas pavimentadas. El firme sin baches, circulamos sin sobresaltos. Podríamos estar en algún barrio de alguna metrópoli de algún país del primer mundo.

…En el Nacional ya ha desembarcado la tropa de turistas coreanos…Nada más entrar al salón del buffet, me percaté de que habían reducido el relleno y las viandas que hacían de este restaurante, La veranda, el mejor de la ciudad para el desayuno. Vi que ya no había mantequilla individual –ahora la compran en bloques-, sino trocitos en forma de rulo o rizos que cada uno se sirve, ni los tarros pequeñitos de cristal de mermelada importados de España, ni los grandes quesos de los que servirse a demanda las porciones que desee el huésped, ni los dispensadores de cereales y que los zumos solo se servían en una máquina en lugar de dos. Ocurre que desde hace meses han desaparecido del mercado productos como el queso, la mantequilla, la mermelada y el papel sanitario (aunque no pegue en la lista que estoy haciendo de alimentos). El gobierno ha prohibido la importación de ciertos productos que tiene el país como la mermelada o la miel: así que ahora tomamos mermelada en tarrinas de plástico o en botes grandes que la cogemos con cucharita y la miel es del país. La gente camina por los diferentes barrios para encontrar comida y va cargada de bolsas blancas con muchas unidades de lo que necesiten, hasta el punto de que se organizan para “velar” la llegada de los camiones de provisiones que van a descargar en los almacenes y de ahí distribuirlos a las tiendas con sus estanterías vacías cubiertas de hules envejecidos sin nada que mostrar; se forman largas colas en las que se mezclan pequeños empresarios, vendedores y gente normal, que lo compra todo hasta acabar las existencias.

… En el Nacional, mientras espero sentada en uno de los sofás del jardín a que me recojan para trasladarme al Ministerio, pasa Vadin, el bailarín del hotel. Sigue en La Habana a pesar de sus deseos de abandonar el país y trabajar en España. Otra tarde nos dirigimos a la heladería Copelia, por una calle empinada, la 21, donde se alinean taxis que vociferan su servicio, y restaurantes con cierta pretensión. Avanzamos un poco más y se atisba una cola inmensa: no esperan al colectivo, sino su turno para degustar uno de los helados más famosos de la capital, en un establecimiento que semeja un aquópolis de esos con toboganes e hinchables, pero sin agua. Por fin han abierto los cinema Yara, todo un símbolo en la ciudad. En mis otras ocasiones cerrados a cal y canto y ahora se exhibe un ciclo de cine francés cual filmoteca del Doré madrileño. Y los “relaciones” (públicas, se entiende) a limpio grito reclamando la atención de los paseantes, invitan a entrar a los “cinema, open, very nice, lady”. Cruzamos al Habana Libre, una mole de ventanas perfectamente trazadas y superpuestas, coronadas por banderas del país. Visita obligada al Loby: modernez a raudales que choca con lo vetusto del Nacional. De vuelta, observo cómo los zaguanes de las viviendas se transforman en negocios: “barbero”, “venta de CDS”…y sus dueños, sentados en una silla de tijera o de plástico, esperan a posibles clientes para cortarse el pelo a la vista de todos. Se venden cordones de zapatos o “se arregla todo tipo de espejuelos”, en medio del bullicio telefónico que inunda mi camino: “bueno, dale, bien, mihelmano, tú tranquilo que ya yo te llamo, maricón”; hablan muy rápido y se interrumpen porque el “selular” es tan caro que cuando se comunican, resultan muy cortantes y acaban pronto para que no les suba mucho la factura. Me aseguran que han terminado por acostumbrarse a vivir con lo que no hay en lugar de con lo que quieren, incluso con lo que necesitan y repiten que en relación a otros países de la zona, son los que mejor están, con una situación política muy estable y sobre todo muy tranquilos; claro que echan de menos a Fidel y su carisma, porque Raúl: “tiene otras características que…” bueno, “que no sabe ser líder y que a Trump solo le interesa la base naval y afianzar más el bloqueo porque no cumple lo que dijo Obama; y que si Trump fuera lo que es, un gran empresario, levantaba Cuba con 4 hoteles más”. Caminamos por Empedrado y las gentes buscan carne: salen a comprar a los remolques que hoy venden fruta bomba, para hacer estómago como dicen los nativos, los mostradores lucen sucios con dos patas de puerco que nadie puede adquirir, mientras “los paladares” se abren al turista sin mucho que ofrecer sobre unas mesas cojas cubiertas de manteles de flores deshilachados. Y en Infantas las comisarias del CDR cuidan del barrio, de aquel transeúnte desconocido que se cuela para hacer fotos de los portales donde se mercadea: cachivaches inútiles, cuentas de colores, gafas sin cristales y mecheros que no prenden… y en la calle 21, puestos ambulantes improvisados en carritos de supermercado permiten acceder a los dulces callejeros: papas, barquillos…

Quizá mis ojos lo ven todo desde el celofán y el oropel del Hotel Nacional: una carcasa donde se enmascaran mis sensaciones edulcoradas por el halago isleño.

Alguien ha dado bocados a los edificios habaneros antes desconchados: la pintura descascarillada de fachadas a ronchones, cede a mordiscos que abren huecos: faltan pedazos de ménsulas, trozos de tejados, balcones comidos por las tormentas, vendavales y lluvias, desidia, carencia… Una “explosión” de neutrones ha colapsado San Lázaro; los niños juegan al balón en una calle horadada de socavones que enfangan el humilde calzado con el agua marronosa y el óxido de los restos de esa chatarra que una y otra vez el vecino de turno se empeña en reparar. El malecón ruge por sus grietas y el paseo del Prado calla mudo: no le quedan dientes: sus ventanas no encajan en los marcos y el vano antes ocupado por cristales permite ver un interior polvoriento.

La Habana: un caleidoscopio repulsivo y atrayente. Y el queroseno, siempre ese olor penetrante que uno recibe como bofetada cuando baja del avión. Necesito más tiempo y más líneas. Me dejo tanto y tanto en el tintero del recuerdo, de lo vivido…

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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