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Me consideran extremista porque...


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Caricatura de Alexandria Ocasio-Cortes / DonkeyHotey vía Flickr. Caricatura de Alexandria Ocasio-Cortes / DonkeyHotey vía Flickr.

Me consideran «extremista» porque creo que la sanidad pública debe estar garantizada para todos; porque apuesto por el Green New Deal y creo que abordar la crisis climática requerirá una movilización de recursos financieros y esfuerzos políticos mucho mayor que la que estamos haciendo ahora; porque no creo que la maximización de los beneficios empresariales sin tener en cuenta los costes humanos o medioambientales que provocan sea la solución a nada; porque creo en la economía cooperativa y en la democracia cooperativa, también conocida como socialismo democrático.

La declaración de Alexandria Ocasio-Cortez pone en evidencia la fuerte ofensiva de la derecha estadounidense contra la centralidad política, en muchos casos contra el sentido común. Ofensiva que ha sido exportada a muchos otros países

Esto es lo que dice Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), la mujer más joven de la historia de Estados Unidos en ser elegida congresista. Una congresista que es latina, que fue camarera y que, por tanto, procede de un entorno de bajos salarios. Es una de las pocas personas de clase trabajadora que han sido elegidas para el Congreso estadounidense. Todo eso enfurece a muchos clasistas, racistas y misóginos que la tachan de extremista.

Esta declaración de AOC pone en evidencia la fuerte ofensiva de la derecha estadounidense contra la centralidad política, en muchos casos contra el sentido común. Ofensiva que ha sido exportada a muchos otros países.

Es lo que ocurre cuando hay que defender algo tan obvio como que los resultados electorales se deben respetar. Como ha pasado recientemente en Brasil, donde las turbas bolsonaristas, apoyadas por insignes responsables de su partido político y por los intereses económicos que están detrás, han intentado asaltar el Congreso, tal como sucedió hace dos años en EE UU.

Cuando hay que poner en valor que el personal sanitario público debe cobrar unos salarios adecuados a la importante labor que realizan, y que deben trabajar en unas condiciones de trabajo dignas para que puedan salvar las vidas de la gente, que es a lo que se dedican.

Cuando hay que explicar que una de las prioridades de las políticas públicas debe ser la defensa de las mujeres ante la violencia machista.

Cuando hay que argumentar que la situación laboral normal para los trabajadores debe ser la estabilidad del empleo.

Cuando se criminaliza la inmigración en sociedades envejecidas como las europeas, cuyo futuro económico y social es inviable sin la aportación de nuevas generación de ciudadanos y trabajadores foráneos.

Cuando hay que insistir en el derecho que tiene cualquier mujer a poder interrumpir voluntariamente su embarazo.

Cuando hay que justificar que los más ricos paguen impuestos, no que paguen más proporcionalmente que los más pobres, simplemente que paguen. En la Comunidad de Madrid más de cuatrocientos ‘ultrarricos’, esos que declaran patrimonios superiores a 30 millones de euros, han dejado de pagar una media de 600.000 € por cabeza, según el sindicato Gestha, gracias a la exención del Impuesto de Patrimonio.

Cuando todo esto ocurre resulta evidente que se debe seguir insistiendo en políticas que son de sentido común en un país civilizado:

—Garantizar un mínimo decente de pensiones, de sanidad, de educación públicas, o que las políticas públicas aseguren “de facto” la igualdad de género y el derecho al aborto, son cuestiones imprescindibles para mantener el elevado grado civilizatorio que hemos alcanzado.

—La inmigración es vital para evitar que nuestras sociedades entren en declive demográfico y económico.

—Entender que el importante reto medioambiental que tiene la Humanidad en relación con el cambio climático requiere de un fuerte grado de inversión y regulación pública para poner los intereses colectivos por encima de la búsqueda de egoístas beneficios exorbitados. En palabras de Ghandi, que “la tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de unos pocos”.

Pero, para evitar que esa derecha de raíz trumpista tenga éxito en cambiar el eje de la centralidad de la política, no podemos quedarnos en una mera defensa de los derechos y los avances sociales conquistados, como ha sucedido en las últimas décadas.

La única forma de ganar la batalla a esos extremistas que nos quieren hacer volver a la barbarie es luchar por la conquista de nuevos derechos, partiendo de que la democracia política son los cimientos sobre los que se deben construir sólidos espacios de democratización de la economía.

 

Economista. Adjunto a la Secretaria General de CCOO.

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