LA ZURDA

Santa Semana

Rozando España los 16 millones de personas inactivas, y con este sol radiante tras casi un mes de lluvias por todo el País, ha aparecido en las casas rurales, playas y terrazas de los parajes turísticos, como cada año en Semana Santa, el extra de temporada.

El trabajador y la trabajadora que verá estos cinco días de trabajo maratoniano, sin contrato, sin seguridad social, sin horarios y sin descanso como un alivio a su monótona vida de persona parada.

Llegan esos días de año en los que toda la patronal sale reluciente a defender las ventajas del Turismo para nuestras ciudades y nuestros pueblos, la de empleo que crean y lo bonito que lo ponen todo los consistorios locales.

Ha llegado esa época del año.

Y vienen también las promesas, que ilusionan esos jóvenes (y cada vez no tan jóvenes) con tener un trabajo de aquí al Otoño. Porque desgraciadamente, tras esta crisis, la estabilidad laboral para muchos es no consultar la App de Infojobs durante 6 meses.

Sacan pecho desde sus despachos, lejos de la realidad de cada chiringuito, para decir que el turismo cada vez es menos estacional… Quizá es que hemos relativizado tanto los tiempos que ya el verano no nos parece una estación.

El año pasado el 32% de las personas contratadas en Semana Santa fueron contratados más allá de la temporada. Este año hay unos 15 días de diferencia entre un miércoles santo y otro, esperemos que las promesas sean algo más comprometidas.

Hay que alegrarse por ese 32% de “extras” que consiguieron un contrato… pero quedan muchos más fuera. Y lamentablemente quedan muchísimos más que sirven copas sin que conste en ningún papel, sin contrato, o con contratos precarios.

Semana Santa son cinco días de desenfreno para la economía sumergida. Proliferan no solo los servicios propios de los hoteles y restaurantes que tanto gustan a los que adoran los atascos de la A-3.

Prolifera también la venta ilegal de cualquier cosa comestible y bebible en la arena de la playa.

Si los inspectores de trabajo no estuviesen también de vacaciones, veríamos a decenas de personas con pantalón negro y camisa blanca paseando por el paseo marítimo hasta que se marcha el inspector del Restaurante que les tiene sin contrato.

Prolifera el alquiler y realquiler, y tercer alquiler de apartamentos en Benalmádena. Este año además, alquileres de última hora que han subido significativamente el precio.

La patronal hotelera se quejará de esto, mientras sigue pagando a menos de dos euros la limpieza de sus habitaciones. Esa misma patronal que defiende la contratación de duración determinada en nombre de la flexibilidad, olvidando que si siempre contratas a los mismos, hay una figura de contratación muy bonita llamad “fijo discontinuo”, pero les gusta menos hablar de eso que de Airbnb. Les gusta menos que reconocer que conscientemente hay externalizado los servicios propios y esenciales de un hotel, que se hagan las camas todos los días, para abaratar costes.

Proliferan también estos días los servicios cool de economía colaborativa, los universitarios (y no solo los universitarios) se irán a la playa en un Blablacar¸ saldrán de fiesta por las ciudades en un Cabify.

La economía colaborativa sería la panacea de cualquier Kulak si no fuese porque hay detrás de cada App otro rico como los de siempre, quizá más joven, quizá menos casposo, pero patrón a todas luces.

Lo peor de las vacaciones es que es el momento perfecto para las fechorías legislativas, para que Cifuentes se ponga a redactar el Máster, se nombre a nuevos jueces en el caso Gürtel o acaben convenciéndonos de que estamos envejeciendo por encima de nuestras posibilidades.

Politóloga por la Universidad Complutense de Madrid.