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24J: la masacre de Melilla


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

La masacre ocurrió en Nador. Podía haber ocurrido en cualquier otro lugar: Italia, Grecia, Turquía…pero esta vez ocurrió en la frontera con España. Hoy, 24 de junio, hace exactamente un año. Demasiado tiempo para que aún no se haya iniciado comisión alguna de investigación que aclare que ocurrió y depure responsabilidades. Porque responsabilidades hubo. La policía que tan brutalmente atacó a miles de personas, con gases lacrimógenos, con pelotas de goma, con porras, tiene como objetivo impedir a toda costa y cueste lo que cueste la entrada en Europa de refugiados, aunque el coste sea la muerte de decenas de personas. Las órdenes son siempre las de atacar sin preguntar. Los atacados, personas inocentes, desarmadas, asustadas, amenazadas, que ante el brutal ataque que se les venía encima comenzaron a correr desenfrenadamente. No hubo compasión alguna con ellas.

Venían de lugares con nombre exótico y legendario, atravesando ciudades, desiertos y mares. Buscando su propia Ítaca que es a la vez promesa, futuro imaginado, meta. Como viejos exploradores en busca de fortuna, empeñaron lo poco que, con mucho esfuerzo, consiguieron reunir para escapar del horror de una guerra, del hambre... La mayoría procedía de Sudán, un país en guerra, con más de cuatro millones de desplazadas, fundamentalmente mujeres y niños y de las que, según datos de la ONU, el 65% son menores de 18 años, donde las hambrunas son recurrentes, provocando desnutrición endémica entre la población, donde el acceso al agua es muy difícil, en el que más de ocho millones no tienen acceso a asistencia sanitaria ni medicinas… contra esa población que huía buscando el refugio y la protección de Europa se cargó el 24 de junio de 2023. Sudán, rico en petróleo, posee uno de los PIB más bajos del mundo. El hambre, la enfermedad, la muerte son la moneda corriente en un país donde la riqueza se acumula en unas cuantas escasas manos. De ese infierno intentaban escapar las personas atacadas aquella noche.

Algunas salieron sin detenerse y sin mirar atrás. Muchos, sin despedirse, no queriendo ver la rabia o el miedo en el rostro de la madre que, quizás, nunca vuelvan a ver o porque los brazos asustados de una madre agarrados al cuello en un intento desesperado por retener al hijo o a la hija podía dar al traste con la voluntad vestida de esperanza de llegar a una tierra no quemada. Pero su propia desesperación ante ese no-futuro que le aguarda si no huye, el miedo y el espejismo de la tierra prometida, esas imágenes de un mundo feliz imposible de alcanzar si no es arriesgando hasta la vida son una peligrosa mezcla, una trampa que es mejor no ver. Y se van encontrando las muerte en el camino.

Para las decenas de seres humanos que llegaron a Melilla aquel 24 de junio del 2022 nunca podrá volver a haber otro abrazo. El futuro quedó colgando de una vaya o aplastado bajo los pies de los que, como ellos, corrían espantados en el último intento por salvar la vida y alcanzar la meta. Masacrados. Fue la Masacre de Melilla. Sin nombre, sin rostro, sin reconocimiento, sin que sus familias sepan si su hijo o hija, su hermana, su amigo está entre los muertos. Su número se sumará al de otros tantos miles que pueblan el Mediterráneo o yacen bajo sepulturas sin nombre. Serán recordados cada 24 de junio. Porque la ignominia y el crimen no pueden quedar impunes. Y será la memoria de las que no quieren sentir la responsabilidad de ser cómplices por ser indiferentes lo que mantendrá su recuerdo y conseguirá que el eco del grito de espanto siga resonando.

Más de cien personas asesinadas según datos de Amnistía Internacional, más de doscientos desaparecidos, más de trescientos heridos. Casi quinientas devueltas a Marruecos, un país que vive de espaldas al cumplimiento de los Derechos Humanos, fue el balance de una de las mayores atrocidades del siglo XXI contra la vida en nuestras fronteras.

Posiblemente, eran más de dos mil las personas que huían de una guerra tan poco mediática como real, a pesar de que no merezca unos minutos de atención televisiva en la sobremesa de las casas de bien. De las que ven el hambre y la guerra como una anécdota más de una vida más o menos tranquila pero ajena a bombas y pistolas. En ocasiones, con cierta dosis de fastidio porque perturba. Una guerra y un hambre que quedan lejos, que no les alcanza, que no existe porque ni la prensa ni la televisión hablan de ello. Un hambre y una guerra ajenas, silenciadas, olvidadas. Salvo para los que viven de los ingentes beneficios que producen la venta de armas y munición para sostenerla. Guerra que, además, se traslada a las fronteras invirtiendo ingentes cantidades del presupuesto no a mejorar las condiciones de vida de los puntos de emigración sino a evitar que entren en los países occidentales. Y otorgando tanta más a aquellos países “colaboradores” transformados en rejas peligrosas y cárceles que impidan el paso por ellos y la entrada en Europa. La inversión en cooperación para el desarrollo ha dado paso a la inversión en medidas coercitivas y la militarización de los países con el supremo encargo de “proteger” a la vieja Europa sin importar las consecuencias humanas, políticas y sociales para la propia Europa.

Decenas de seres humanos dejaron su vida atrapada entre gases, palos y mentiras y allí dejaron su último suspiro. Las que fueron devueltas o no llegaron a saltar vagarán condenadas a ser prostituidas, perseguidas y sometidas a una violencia extrema por no haber tenido suerte con el lugar de nacimiento.

Pero no serán olvidados. No mientras existan personas que no quieren sentirse cómplices. Y hoy las calles de Melilla se llenarán de gritos reclamado justicia y derechos universales, gritando que las fronteras matan, que no puede dispararse contra el que huye indefenso. Que eso tiene un nombre y es el crimen. Y el grito de reparación y justicia sonará en muchas ciudades españolas uniendo como una gruesa cadena de unión los eslabones de quienes no quieren ser cómplices siendo indiferentes. Una cadena con vocación de levantarse como una muralla entre el corazón amigo y las balas que quieren matarlo.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.