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¿Sociedades explosivas?


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Las imágenes de motines, incendios de co- ches, de viviendas y de enseres urbanos, junto a los saqueos de comercios en las ciudades francesas están haciéndose cada vez más frecuentes, conformando una especie de sección fija de los informativos de televisión.

Se trata de hechos que es preciso analizar en sus raíces y causas, siendo conscientes de que están despertando reacciones de miedo y alarma entre la población, al tiempo que estimulan un aumento del apoyo a la extrema derecha.

Raíces del malestar social

Las sociedades actuales sufren contradicciones, disfunciones y problemas relacionados con los efectos de las transformaciones económicas que están teniendo lugar como consecuencia del cambio de paradigma societario nos conduce a un nuevo tipo de sociedad tecnológica avanzada. Modelo en el que las condiciones de la productividad, del trabajo y del reparto de los recursos y beneficios se producen en condiciones y de maneras distintas a las propias de las sociedades industriales que hasta ahora habíamos conocido1.

En las sociedades industriales la contradicción central se daba en las relaciones laborales, entre los propietarios y los trabajadores. Es decir, en un locus específico, y se sustanciaban en términos económicos. La cuestión era: o más salarios o más beneficios. De forma que se desarrollaron instrumentos y modelos de actuación en torno a dicha contradicción: por un lado, los sindicatos y los partidos de raíz obrera, y por otro las patronales y los partidos conservadores de clase.

Si la riqueza no va allí donde está la población, la población intentará ir allí donde está la riqueza.

Debido a esta estructuración concreta de los in- tereses y las necesidades, en cuanto los trabajadores lograron desprenderse de las mentalidades y actitudes sumisas y doblegadas, el conflicto de clases se racionalizó, posibilitando una nueva forma de plasmación pacífica de las tensiones y de los acuerdos que permitieron alcanzar mayor prosperidad y nuevas inversiones productivas; y simultáneamente salarios más justos, acompañados de las prestaciones propias del Estado de Bienestar. Lo que condujo al consenso keynesiano y a las políticas socialdemócratas. Avances en los que fue fundamental el papel de los sindicatos, como gestores y garantes de soluciones equilibradas e inteligentes ante una importante contradicción de intereses; como constataron y padecieron en su propia carne millones de trabajadores durante las primeras etapas de desarrollo de las sociedades industriales.

A su vez, las contradicciones secundarias asociadas a las de carácter socioeconómico también se vieron moduladas en sociedades en las que las religiones, por ejemplo, ya no tienen un papel tan central como tenían hace solo pocas décadas, cuando los “poderes eclesiales” dejaron de ser grandes poderes de facto, al tiempo que las mentalidades patriarcales y jerarquizantes perdían su capacidad estructurante.

Nuevas contradicciones

En contraste con lo que ocurría hasta hace poco tiempo, en nuestros días las principales contradicciones, que impiden a amplios sectores vivir con el mismo nivel de bienestar económico y social de las clases medias y los trabajadores “integrados”, ya no se encuentran ligadas solo a la contradicción económico-salarial, sino que en su mayor parte se encuentran fuera del locus de la esfera de trabajo.

Ahora se está ante contradicciones que res- ponden a la lógica antagónica del “fuera-dentro”, “excluidos-integrados”, “nativos-inmigrantes”, “cualificados-indiferenciados”, etc. Todo ello en sociedades en las que el “trabajo productivo” ocupa un papel menos prevalente, a causa de la robotización y a las nuevas formas de organizar los procesos productivos.

Debido a esos cambios y a la persistencia inercial de las concepciones de antaño sobre el trabajo y sobre los tiempos laborales establecidos (jornadas estándar), el problema es que, junto a las viejas contradicciones de carácter económico-salarial, están surgiendo nuevas contradicciones entre los que están “dentro” (del viejo marco laboral-salarial) y los que están “fuera” y tienen peores oportunidades laborales, salariales y de nivel de vida.

El mundo de nuestros hijos y nietos

En los años treinta del siglo XX, Keynes publicó un opúsculo sobre el mundo en el que “vivirían nuestros nietos”, y sus “posibilidades” en el que anticipó la problemática que están padeciendo muchos jóvenes en las sociedades de nuestro tiempo. Lo más curioso de dicho opúsculo no es solo que permite constatar la enorme capacidad anticipatoria de Keynes, sino que acompañó sus previsiones –por lo demás bastante lógicas– de su convencimiento de que en el futuro las nuevas contradicciones que ahora constatamos no existirían por la simple razón –lógica también– de que se habrían optimizado inteligentemente las posibilidades que permitiría la robotización, reduciendo las jornadas laborales a medida que lo permitieran la robotización y automatización que posibilitaba hacer más cosas con menos esfuerzo humano. Lógicamente también con los mismos o mejores salarios que permitiría la mayor productividad y los altos rendimientos de los nuevos modelos productivos, que generarían –según Keynes– mayores consumos en un mayor tiempo libre, con todos sus efectos positivos en las cadenas de demanda, producción, beneficios, etc.

Sin embargo, lo cierto es que ni los sistemas productivos ni nuestra evolución social y política han seguido la senda que habían previsto –y deseado– grandes economistas y analistas como John Keynes. Lo que ha conducido a nuevas contradicciones, a nuevas disfunciones estructurantes y a una antagonización de intereses y necesidades que ahora tienden a dar la cara de manera explosiva, como ocurre en varias ciudades y países. Aunque no siempre de manera tan impactante como en Francia, que una vez más se sitúa a la vanguardia de las nuevas experimentaciones.

La exclusión social y la precarización laboral y salarial de muchos jóvenes está creando un caldo de cultivo de malestar creciente.

Nuevas dualidades

El nuevo fantasma social que ahora recorre las sociedades modernas, se llama nuevamente DESIGUALDAD. Ahora entre los que tienen un buen empleo, un salario digno y un nivel de vida satisfactorio, y la legión de mileuristas y excluidos a los que les toca vivir en el subsuelo social de la supervivencia precaria y los subempleos. Entre los que viven en países prósperos con buenos servicios sanitarios, educativos y socia- les, y los que lo hacen en zonas y barrios de segunda categoría. Entre los que residen en países con rentas altas –aunque mal repartidas– y los que sobreviven en zonas pobres y estancadas, que se ven asolados por las hambrunas. Hambrunas que persisten, conformando la gran ignominia de nuestra especie, en una “civilización” en la que, mientras unos gastan y comen en exceso, otros no tienen que llevarse a la boca, y que tienen que irse a dormir con sensación de hambre en el estómago. Algo que, pese a la retórica de decir que “vamos a reducir las hambrunas –¿poco a poco?–” persiste con una cifra escalofriante de más de ochocientos millones de hambrientos.

En ese contexto de dualidades, es inevitable que, si la riqueza no va y no crea oportunidades en los países subdesarrollados, su población tenderá a desplazarse cada vez en mayor grado, y de manera inevitable, allí donde está la riqueza. Aunque a los migrantes solo les toquen unas pocas migajas, que siempre serán más que lo poco o nada que tienen en sus lugares de nacimiento. Algo que está dando lugar a una concentración de población inmigrante que vive segregada en condiciones ínfimas en zonas de “segunda clase” en determinados contextos urbanos. Con tendencia a que sus descendientes, después del período escolar, acaben viviendo una “ciudadanía de segunda clase”, cercana físicamente a ámbitos de prosperidad, donde el bienestar y el lujo de algunos se “visualiza” cotidianamente en una forma comparativamente agraviante.

Si a esto se une que muchos jóvenes no tienen buenas oportunidades laborales y salariales en sistemas en los que persisten viejos modelos laborales y de horarios, se puede entender que la exclusión social y la movilidad social descendente se estén convirtiendo en un poso social y económico en la vida social y política de muchos países desarrollados.

Un mundo de excluidos

El problema es que muchas de las nuevas vivencias de precarización y exclusión social se están sufriendo fuera de un locus específico de trabajo, o en sus fronteras de eventuales, subcontratados, externalizados, etc. Es decir, en condiciones de exclusión que imposibilita gestionarlos y encauzarlos a partir del esquema sindical-empresarial clásico. Por la simple razón de que buena parte de los infraposicionados y excluidos están “fuera” y son “prescindibles”. Lo cual hace que se sientan no solo “despreciados” y “relegados”, sino incluso ignorados e impotentes, porque no tienen instrumentos para formular sus reivindicaciones en el terreno de la presión-negociación con el que contaban los sindicatos y los trabajadores industriales clásicos.

¿Y qué es lo que pueden hacer estos jóvenes excluidos y postergados cuando no pueden presionar (para negociar) cortando los procesos productivos? ¿Cortar el tráfico? Esa es precisamente la cuestión que late detrás de las explosiones que están teniendo lugar actualmente.

Cuando las nuevas generaciones no tienen futuro y se encuentran fuera de las estructuras de producción, es inevitable que cunda la desafección y las tendencias a las reacciones explosivas.

Cuando las fuentes de los conflictos y contradicciones económicas, sociales, etc., no se encuentran institucionalizadas ni tienen un locus específico en el que pueda operar una lógica reequilibradora-negociadora, el conflicto se manifiesta en forma de explosión, de estallidos repentinos. Sin estructuras ni elementos que puedan ser negociados y llegar a acuerdos. Y esto es lo peor que le puede ocurrir a una sociedad: que la última ratio de la protesta y la reivindicación sea la explosión social.

Tal realidad debe ser analizada, entendida y remediada antes que nuestras sociedades acaben convirtiéndose en un caldo de cultivo de explosiones debido a la ceguera intelectual y política de unos y al egoísmo cegato de unas élites económicas super ricas, desnacionalizadas e insensibles al sufrimiento humano de los nuevos desheredados de la tierra, a los que solo se les deja la posibilidad de pasar de la desazón de su exclusión a la reacción de la explosión en un mundo en el que la riqueza tiende a concentrarse cada vez en mayor grado, en cada vez menos manos, y donde el cinismo de los paraísos fiscales está dando lugar a que los más justos y razonables reclamen pagar impuestos, como ya están haciendo algunos super millonarios que conservan su corazón humano.

 

1Sobre dicho nuevo paradigma de sociedad, vid. mi trilogía sobre la “desigualdad, el trabajo y la democracia” (José Félix Tezanos, La sociedad dividida. Estructuras de clases y desigualdades en las sociedades tecnológicas, Biblio- teca Nueva, Madrid, 2001; El trabajo perdido. ¿Hacia una civilización postlaboral?, Biblioteca Nueva, Madrid, 2001; y La democracia incompleta. El futuro de la democracia postliberal, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002).

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.