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Las revolucionarias - Capítulo XII


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- Illiá Repin, Abibia Arbés, la Ojrana -

En medio del resplandor de la Exposición Universal de París de 1889, Abibia Arbés, nuestra joven e intrépida escritora catalana, se vio envuelta en un intrigante episodio que cambiaría el curso de su narrativa. Mientras deambulaba entre los pabellones llenos de maravillas, sus ojos avispados captaron algo más que las maravillas tecnológicas y artísticas que la rodeaban. La Torre Eiffel, imponente en su estructura de hierro, se alzaba como un faro de progreso, y Abibia no podía dejar de admirar la audacia de la ingeniería que simbolizaba.

Abibia, con su libreta siempre lista, se vio arrastrada hacia una reunión clandestina que resonaba con conspiraciones y secretos. Entre sombras y susurros, presenció a un grupo de individuos que conspiraban en las sombras, movidos por motivaciones que escapaban a la luz pública. La escritora, consciente de la delicadeza de la información que había tropezado, decidió observar con discreción, tomando notas meticulosas.

Intrigada y consciente de la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, la escritora tomó la decisión de llevar esta revelación a la luz pública. De regreso a su rincón de escritura, meticulosamente redactó el relato de lo que había presenciado, dando forma a las palabras que narrarían no solo la magnificencia de la Exposición, sino también la sombra que se cernía sobre ella.

Con valentía, Abibia compartió su descubrimiento con La Prensa de Buenos Aires, un medio que ella sabía que tenía el alcance necesario para difundir la verdad. Su artículo no solo desveló los entresijos de la reunión clandestina, sino que también puso de manifiesto la complejidad de la sociedad de la época, donde los avances tecnológicos y la celebración cultural convivían con tensiones políticas y sociales.

La publicación generó un revuelo en la prensa y entre la opinión pública, llevando a debates sobre la seguridad y la estabilidad en un momento crucial de la historia. Abibia Arbés, la escritora catalana, se encontró en el epicentro de un torbellino informativo, enfrentándose a las consecuencias de su valiente revelación.

Así, la Exposición Universal de París de 1889 no solo se convirtió en el escenario de la celebración y el progreso, sino también en el telón de fondo de una historia narrada por Abibia, donde la luz y la oscuridad coexistían, y donde la pluma de una escritora catalana se erigía como testigo y narradora de los matices de su tiempo.

Mientras en España y Rusia…

Ismael Trasobares y Jesús Infante tenían que actuar en España, habían tenido entrenamiento de un soldado, de captación a tres kilómetros del miedo, del dominio de la realidad y de la ficción absolutista en la que vivía la policía. ¿Sería posible? ¿Primero deberían actuar en Rusia, terreno ya abonado? Así sería.

El ambiente en España comenzaba a estar realmente perjudicado, porque las ideas y la mentalidad se vieron nutridas de nuevos influjos ideológicos que eran necesarios para poder evolucionar como nación, pero hundía por completos los ideales revolucionarios. Tenían su piso en el número 3 de la Calle Hermosilla en un Madrid de pobres y aunque había estado de cerca con el bloque más revolucionario de Rusia, comenzó a idear los manifiestos traducidos al catalán especialmente y en castellano de Nikolai Bujarin. Esas ideas podrían con el tiempo radicalizar los endebles pensamientos de los políticos españoles que no tenían ninguna conciencia de revolución, las ideas de los españoles eran invisibles, básicamente inexistentes allende las fronteras, pero poco a poco las exaltadas cabezas de muchos ciudadanos cambiarían.

Nikolai Bujarín había estado con él dos años después de que en 1905 organizaran la revolución estudiantil en Moscú y en 1906 entrara como militante bolchevique en el Partido obrero socialdemócrata poco antes de que la Ojrana le capturara por subversivo. Pero antes de ello ya se había hecho colaborador del Pravda, aquellos artículos eran traducidos en la Calle Hermosilla y distribuidos en forma de libros, editados de manera muy barata en la clandestina imprenta que tenía en el sótano de dicho edificio de la calle Hermosilla de Madrid. Después se verá cómo Ismael Trasobares pudo rescatar la novela Cómo empezó todo escrita durante el tiempo que estuvo esperando a ser ejecutado. Los miembros de partido terminan por darle a uno la espalda, decía Bujarín en muchas ocasiones.

En las sombras del Imperio Ruso, se erigía la Okhrana, también conocida como la Ojrana, una agencia de policía secreta que dejó su huella desde 1881 hasta la Revolución Rusa de 1917. Bajo el nombre completo de "Okhrannoye otdeleniye" (Охранное отделение), que se traduce como "Departamento de Seguridad", esta entidad tenía la misión fundamental de enfrentar la actividad revolucionaria y salvaguardar la estabilidad del régimen autocrático zarista.

La supresión de la actividad revolucionaria se erigía como la razón de ser de la Okhrana, nacida como respuesta al asesinato del zar Alejandro II en 1881. Su propósito central era identificar y sofocar cualquier intento revolucionario o insurgente que amenazara la autoridad zarista y el orden establecido.El espionaje y la vigilancia se convertían en las artes maestras de esta agencia, cuyos agentes se infiltraban en movimientos revolucionarios y organizaciones políticas. Tácticas de espionaje se desplegaban con maestría para recopilar información sobre las actividades de los disidentes.

La represión política, impregnada de autoridad, facultaba a la Okhrana para detener, interrogar y, en ocasiones, ejecutar a aquellas consideradas amenazas para el régimen zarista. Métodos represivos, desde arrestos arbitrarios hasta torturas y deportaciones a Siberia, tejían un velo de temor en la sociedad. La censura y el control de la prensa emergían como herramientas poderosas en manos de la Okhrana. Monitorear y censurar publicaciones que percibía como subversivas o perjudiciales para el gobierno era una parte clave de su estrategia.

La infiltración de organizaciones revolucionarias marcaba otro capítulo de la historia de la Okhrana. Sus agentes se sumían activamente en grupos revolucionarios, a menudo desplegando agentes provocadores para incitar a la violencia y justificar represalias gubernamentales. A pesar de los tenaces esfuerzos de la Okhrana, no pudo contener el crecimiento de la oposición y el descontento social. Este crecimiento gestó paulatinamente la Revolución Rusa de 1917, marcando el colapso del régimen zarista. La Okhrana dejó tras de sí un legado de represión política y control autoritario, cuyos ecos resonarían en la historia de Rusia.

Para Ismael Trasobares nuestro editor anarquista, Illiá Repin era uno de los pintores que mejor y más exhaustivamente había retratado los caracteres, los artistas, el genio y la mentalidad rusa por los siglos. ¡Ya se hablará de Repin! Decía Ismael Trasobares con bastante frecuencia. La Ojrana le tenía bastante vigilado mucho más desde que pintó el lienzo, Arrestro de un propagandista, a partir de ahí ya no tuvo ni un solo instante de libertad, la policía secreta del régimen del zar lo tenía vigilado continuamente, esa razón le llevó a pintar algunos de sus lienzos más realistas fuera de Rusia: España era el destino, allí le ayudarían. En su casa tenía varios cuadros realizados pintados por Illiá Repin, de los más importantes. Ismael le había conocido en Petrogrado quien le comentó que cuando en 1900 le encargaron el retrato sobre el Consejo del Estado del Imperio ruso en las medidas de 400 por 877 centímetros no le gustó en absoluto, pero tuvo que hacerlo, así cobraban mucho más valor sus lienzos.

Se habían preparado para un asalto con todas sus formas de estrategia posible y lograron obtener la consecuencia que querían producir en el campesinado ruso porque en efecto, éstos se organizaron en huelgas y paradas de trabajo. La noche anterior a la acción, la del 21 de enero de 1905, tomaron los últimos tragos de efectos de conciencia, de toma real y de defensa del idealismo más puro. Doscientos mil trabajadores se habían reunido delante del Palacio de Invierno residencia del zar Nicolás II. Los obreros habían sido organizados de forma pacífica por uno de los militantes del partido, con Bujarín al frente y especialmente el padre Gapón. Muchos de los que allí estaban portaban iconos religiosos, demostraciones de que sus intenciones eran especialmente pacifistas.

El hermano mayor de Ismael Trasobares llevaba además de su mujer y de dos niños, un retrato del zar. La consecución del ideal, de los derechos en esta ocasión estaban muy por encima de la violencia, por más huelgas que se habían organizado entre 1900 y 1904 nada había servido. Las condiciones laborales seguían siendo vejatorias para los obreros, el hambre y la enfermedad asolaba a la población. Se había filtrado la idea de que el zar no se encontraba en Palacio porque había partido a uno de sus costosos viajes a Tsárskoye Seló, por lo que su tío el gran duque Vladimir Aleksándrovich ordenó abrir fuego contra la multitud de los manifestantes asesinando a más de doscientos individuos que con sinceridad querían ganar la partida a la injusticia, a la pobreza, a la desesperanza más absoluta. Ochocientas personas pagaron con su integridad física el resultado de los que sí eran violentos, prepotentes, imperialistas. Como decía Ismael Trasobares y especialmente Jesús Infante, instigador de toda la revuelta: por desgracia hay que sacrificar a inocentes para alcanzar la libertad, el fin sí que justifica los medios. Así sucedió.

La noticia de la matanza no tardó en expandirse por todo el país de una Rusia comprometida y esto causó que muchos campesinos se sublevaran en zonas rurales y que hubiera numerosas huelgas por diferentes ciudades. Ello significaba preparar paulatinamente el camino para cambiar la mentalidad, esa que poco a poco fue tomando el pueblo ruso para conseguir la revolución.

Ismael Trasobares escribió a Abibia más tarde que el zar Nicolás II trató de apaciguar a los manifestantes, para lo cual creó el parlamento ruso, germen para los revolucionarios de lucha. No tardó en marchar a Suiza para encontrarse con Lenin e informar de todo lo que había sucedido. En aquellos años a Lenin no le pareció mal que los españoles unidos a la causa usaran para la misma los fondos económicos de sus familias, aquellos viajes y demás parafernalia revolucionaria que había que costearla. Cuando el zar creó la Duma, el poder zarista se quedaba solo, la opinión del pueblo ya se había vuelto muy radical debido a los asesinatos y la violencia anterior.

Los socialistas boicotearon la Duma y finalmente suspendió su actividad en 1917, por la depresión económica que se originaría más tarde con la primera guerra mundial y especialmente por el éxito de la revolución bolchevique. Estas premisas había que establecerlas en España, salvo que en este país el poder de la Iglesia era más fuerte que el imperialismo zarista, mucho más fuerte. Cuando escribía Ismael Trasobares, aún le temblaba el pulso de rabia, pero fortalecía su vigor y su sangre fría en la lucha por la consecución revolucionaria.

Cerca del cambio hacia 1900, Madrid se había convertido en un foco de conflictos especialmente anticlericales que seguirían casi de por vida. El estreno de la obra de Pérez Galdós, Electra, había sido un golpe a las clases dirigentes más reaccionarias, en una sociedad donde el clero era más fuerte que cualquier partido, controlando las conciencias, el manejo absoluto de los espíritus y de todos sus movimientos, el control de la sociedad. Pero cuando terminó la obra, al grito de “abajo los jesuitas”, comenzó una revolución social, la conciencia de opresión moral bajo la que vivían los españoles llegaba a su culminación. Con el turno liberal cerrado en enero de 1907 se cerraba el primer quinquenio del reinado de Alfonso XIII, cuyos atentados habían sido fallidos por desgracia, aquel tiempo caracterizaron una serie de tentativas inconclusas bajo unos gobiernos efímeros. Comenzaba un nuevo período, un segundo quinquenio que podría calificarse como el período de las esperanzas malogradas bajo dos gobiernos largos y dos jefes de gran categoría, Maura y Canalejas. Se pretendía mediante la incursión de topos, y de algunos escritores cuya pluma era combativa acabar con el gobierno de Azcárraga, tal y como se logró con el estreno de la anticlerical obra galdosiana.

En la política religiosa Maura representaba la defensa de las aspiraciones católicas; pero su gestión ministerial protectora exasperó -como había sucedido a principios de 1901- a la oposición anticlerical, posición que se desbordará en la Semana Trágica de julio de 1909. “Todo hecho importante tiene unos antecedentes que lo desencadenan” y solo es una cuestión de tiempo el que esto suceda. Ese fue un titular de los informes escritos por Abibia para La Prensa de Buenos Aires.

El clima de insatisfacción y de opresión clerical, por tanto, el rechazo a esas fuerzas venía germinando desde hacía ya muchos años, culminando en la división de esas dos Españas que se devorarían años después. La retirada de la confianza regia a Maura, el bloque cerrado de la oposición, la disidencia dentro del partido conservador por los "idóneos" de Eduardo Dato, consumarían el arrumbamiento del político mallorquín. Canalejas, por su parte, aparecía como portaestandarte del regalismo liberal clásico en su intento por contener y controlar a las congregaciones religiosas. Ese era el momento de actuar.

Ismael Trasobares tenía varios militantes, que ya eran más de cien, dispuestos a actuar de forma violenta si esto era necesario.

Una vez que dejó Moscú, apareció en Barcelona, a visitar la familia de Jesús Infante, a Abibia Arbés y por supuesto a Maria Livovna Perovskaïa, quien ahora se llamaba María López Estepa, urdiendo lo que serían los preliminares de la Semana Trágica. Uno de los militantes que mayor formación tuvo en el campo de la ideología marxista fue Ferrer. Desde mediados de 1901 hasta la Semana Trágica de 1909 tuvieron los intelectuales españoles unos ocho años en los que el problema religioso se ventila, sobre todo en el terreno legal, en el que los sucesivos gobiernos, liberales o conservadores, intentan limitar el asociacionismo religioso. La oposición entre clericales y anticlericales se intensifica cuando se presenta en las Cortes los proyectos de una nueva Ley de Asociaciones de finales de 1906 y principios de 1907.

La reacción entonces de los católicos fue muy enérgica, con pastorales de obispos, manifestaciones populares y campañas de prensa, lo que, desde el otro campo, se proponía igualmente limitar el fuerte influjo eclesiástico. Las manifestaciones del anticlericalismo callejero en esos años fueron brotes aislados que estallaron en determinadas ciudades, aunque sin llegar a la epidemia que marcó los comienzos del nuevo siglo en pleno 1901. En adelante los sucesos anticlericales serán menores, aunque fuertes e intensos, acabando en la traca que significó la Semana Trágica.

En la mayor parte de los casos de motines populares se trató de afirmaciones políticas violentas de los republicanos radicales, con la presencia, en mayor o menor medida del sector obrero, que paulatinamente cobraban una especial conciencia social, una autodeterminación. Esto sí que era importante. Los mítines pronunciados por Jesús Infante se sucedían cada vez con mayor asiduidad, en los locales de Cuatro Caminos, había hablado para el proletariado Bujarín, durante un mes de conferencias entre París, Barcelona y Madrid, donde estuvo en el Ateneo. Allí se encontró con Emilia Pardo Bazán como intermediaria y a la que ya conocía cuando ella había estado en Moscú aquella temporada que le llevó a conocer los postulados de la novela rusa, con Blasco Ibáñez, Juan Valera, Clarín y Galdós entre otros.

Con los textos anticlericales escritos por Blasco Ibáñez en La República de las Letras, dejaban al descubierto los poderes de la Iglesia como el lugar donde empezar a significar la revolución. Después de aquellas conferencias fueron invitados -como solía ser costumbre- a la casa de Juan Valera, teósofo y espiritista. Habían urdido el plan de ataque especialmente para que hicieran su parte escritores, filósofos y políticos, los que intentarían atacar solapadamente. También estuvo en aquellas reuniones Ferrer.

En el silencioso telón de la Exposición Universal de París de 1889, mientras Abibia Arbés recogía las piezas de su narrativa, una sombra más amplia se proyectaba sobre el continente europeo. Su relato, publicado en La Prensa de Buenos Aires, no solo había destapado las intrigas en las entrañas de la exposición, sino que también resonaba en los pasillos del poder de otras naciones.

En las penumbras de Europa, una revolución se gestaba con susurros de descontento y ansias de cambio. La Okhrana, que una vez había tejido su red de control y represión en Rusia, no podía contener la marea creciente de la disidencia. La semilla de la inquietud había sido plantada, y las llamas de la revolución ardían con fuerza en los corazones de aquellos que anhelaban un nuevo amanecer.

En las calles de ciudades europeas, los movimientos revolucionarios ganaban fuerza, alimentados por la chispa encendida por la exposición y la valiente pluma de Abibia. La intriga política se extendía como un velo sobre los salones de poder, mientras las masas despertaban a la posibilidad de un cambio radical.

El eco de la Revolución Francesa, que se conmemoraba en París, reverberaba en el continente, encendiendo la llama de la libertad y la igualdad. Abibia, la escritora catalana, se encontraba ahora en el epicentro de un cambio histórico, una testigo inadvertida de la gestación de un nuevo capítulo en la narrativa europea.

Así, mientras la Exposición Universal se desvanecía en la memoria colectiva, el futuro se perfilaba con una mezcla de incertidumbre y esperanza. La pluma de Abibia, que había desentrañado las intrigas de un evento aparentemente festivo, se convertía en el testimonio de un tiempo en el que las sombras del pasado convergían con las promesas del mañana. España comenzaba a respirar un único aire revolucionario. La revolución, gestada en la intriga europea, se erigía como un faro que iluminaba el horizonte, marcando el inicio de una nueva era.