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Los griegos


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Decía Salvador Pániker que “no es que los griegos sean nuestros clásicos, es que, en cierto modo, esos griegos somos nosotros”. Y añadía que los griegos inventaron la manera más civilizada de “tenerse en pie”: trascenderse en el lenguaje y la polis, de modo que llegaron a vivir en una atmósfera de conversación y discusión oral que nosotros apenas podemos imaginar. Los griegos crearon todas las formas de gobierno que seguimos utilizando. La democracia era solamente una más, pero es la que ha llegado hasta nosotros con mejor cartel; en realidad, hoy por hoy, es el único sistema homologado, así que no encontraremos un gobierno que no reclame para sí la calificación de democrático. Hasta el franquismo se presentaba como una democracia orgánica, una democracia peculiar, sin sufragio universal ni partidos políticos. Como es natural, Erdogan, Maduro, Putin también consideran democráticos sus regímenes. El mundo es una constelación de sistemas democráticos, la estación término de la historia, Jauja. Pero Atenas, que nos ofreció el primer modelo democrático, nos dio también el contrapunto. Cuando la democracia se corrompe se transforma en  demagogia: lo que ahora llamamos populismo. Una corrupción del sistema muy presente en nuestras sociedades.

Putin, Erdogan y Maduro hacen llamar democráticos a sus respectivos regímenes, pero cualquiera sabe que se trata de mascaradas, de posverdades, de mentiras con todas las letras. No se lo creen ni ellos. Sin embargo, hay otras democracias enfangadas en la demagogia, que no pierden el nombre. Es el caso de los cuatros años del inaudito Donald Trump en los Estados Unidos, la patria por excelencia de la democracia moderna, como bien reflejó Alexis de Tocqueville en La democracia en América. Lo es la Hungría de Orban, la Italia de Meloni; y están llamando a la puerta, con muy malos modales, Milei, en Argentina, el penúltimo iluminado en este siglo de pocas luces y Wilders, en Países Bajos. Pero, cuidado, la perversión es una amenaza que acecha permanentemente. La democracia pasa por la división de poderes y el perfecto equilibrio de la arquitectura constitucional. La demagogia es una amenaza ante la que hay estar muy atentos, cual vigilantes de la playa democrática, no sea que nos llenen de cal la arena. La liebre de la demagogia es un animal desbocado. Y temible. Decía Ortega que “la democracia exasperada y fuera de sí es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad”.

Los griegos, hay que volver siempre a los griegos, son el espejo en el que mejor se mira Europa. Luego está Roma, tan poderosa, tan fascinante, pero Roma quizá sea una metáfora más adecuada para aplicársela a los Estados Unidos. En todo caso, no hay que mitificar la democracia, porque como apuntaba Carlos Luis Álvarez, Cándido, es un método, no una sustancia. El peor de los métodos, descontando todos los demás, que decía Churchill. Aristóteles distinguía tres sistemas puros de gobierno: la monarquía (gobierno de uno), la aristocracia (gobierno de unos pocos) y la democracia (gobierno de la mayoría). Cuando la monarquía se corrompía se transformaba en tiranía. La aristocracia corrupta desembocaba en la oligarquía. Y cuando se pudría la democracia llegaba la demagogia. He aquí, pues, porque nos quedan tan cerca los griegos: nosotros seguimos siendo los griegos. Creo que tenía razón Cándido, la democracia no es una sustancia. Ni una superstición, ni una ficción: es un método, el mejor método que conocemos para convivir, es decir para vivir y no matarnos. Los años 30 del siglo pasado fueron los de la derrota de las democracias, y lo que vino con ese fracaso fue un largo viaje al infierno. La democracia, bien entendida, puede que sea aburrida, pero líbrenos la providencia de las grandes alegrías demagógicas.

 

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.