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La salud democrática, ¿en peligro?


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Resulta recurrente la proliferación de libros de pensamiento y ensayo en relación a los problemas de la democracia. Se habla de fatiga democrática, falta de confianza en las instituciones y en sus representantes, sensación de ineficacia, que la democracia no soluciona problemas, y un largo etcétera.

Se advierte que las democracias pueden morir, no ya por golpes de Estado (que también), sino por debilitamiento de sus estructuras. ¿Puede existir desfallecimiento democrático?

¿A qué tipo de democracia nos referimos? Nos encontramos con dos vías: la democracia como sistema o la democracia como desarrollo. Como sistema siempre caben posibilidades de mejora de los instrumentos de representación y de elección. Como desarrollo, la democracia es un “quehacer”, un camino; como diría Antonio Machado, “se hace camino al andar”. Ese desarrollo tiene unas claras connotaciones filosóficas y, especialmente éticas.

Este segundo concepto, una democracia como modo de vida social, como un entendimiento conjunto, es la realmente válida, aunque suponga no llegar nunca a la perfección. Lamentablemente, sí podemos decir que existe una crisis sólida, cada vez más acentuada, en los valores democráticos. Porque estos “hábitos”, estas “virtudes”, no dependen solo de las acciones de un gobierno (que también), sino que depende del comportamiento de la ciudadanía, de cada uno de nosotros y nosotras.

En ese punto, sí existe un fuerte déficit social de ética cívica.

La edición 2023 de Libertad en el Mundo es la número 50 de esta serie de informes comparativos anuales. Uno de los graves problemas que señala es que “la libertad de expresión se ha deteriorado significativamente en todo el mundo durante los últimos 17 años. Si bien la libre expresión no garantiza la democracia, su ausencia permite el autoritarismo”.

Cuando Freedom House publicó la primera edición de su encuesta global en 1973, 44 de 148 países fueron calificados como libres. Hoy en día, 84 de 195 países son libres. Durante los últimos 50 años, las democracias consolidadas no sólo han surgido de entornos profundamente represivos, sino que también han demostrado ser notablemente resilientes frente a nuevos desafíos.

Además, existe una buena noticia: íbamos en descenso desde 2006 a 2021, produciéndose por decimoséptimo año consecutivo en 2022 una disminución. Sin embargo, la brecha entre el número de países que mejoraron y los que empeoraron fue la más estrecha desde que comenzó la tendencia negativa en 2006. El número de países con caídas, 35, fue el menor registrado desde que comenzó el patrón negativo. Treinta y cuatro países registraron mejoras.

Si las democracias son resistentes, sólidas ante los vendavales, y garantizan la estabilidad y la paz social (una situación social que a veces parece que olvidamos su esencia y su importancia), ¿qué está ocurriendo?

El barómetro de Global Open Society (publicado en septiembre del 2023) indica que: “aunque el 86% de los 36.000 encuestados en 30 países prefiere vivir en un país democrático, esta cifra cae al 57% entre los menores de 36 años. Es más, el 42% de estas personas, inscritas en las denominadas generaciones Z y Milennial, cree que las dictaduras militares son mejores formas de gobierno y un 35% preferiría vivir en un régimen civil pero autoritario, sin división de poderes ni un sistema parlamentario efectivo”. Es decir, El 42% de los menores de 36 años en todo el mundo creen que el mejor régimen político es una dictadura militar.

https://www.lavanguardia.com/internacional/20230912/9209491/jovenes-pierden-confianza-democracia.html

Las personas que tienen entre 18 y 36 años no ven claro que la democracia pueda solucionar estos problemas y mejorar sus vidas. A diferencia de sus padres, ellos han crecido rodeados de nuevas tensiones, en democracias cada vez más polarizadas, con la violencia política a flor de piel, con las dificultades económicas. Sin embargo, también tienen muchísimas más oportunidades que ninguna otra generación: formación, estudios, internet, viajes, diversión, …. Pero resulta difícil extrapolar la memoria entre generaciones y advertir que una dictadura no es ni mínimamente comparable con una democracia (aunque sea deficiente).

Los resultados de la encuesta son “sobrios y alarmantes”, reconoce Mark Malloch-Brown, presidente de Open Society. “La mayoría de la gente en todo el mundo aún quiere vivir en una democracia -añade-, pero si nos fijamos en cada generación, la fe se va diluyendo entre los jóvenes a medida que aumentan sus dudas sobre la capacidad de la democracia para lograr mejoras tangibles en sus vidas. Esto debe cambiar”.

Vivimos en unas sociedades cada vez más complejas. El mundo ya no tiene “crisis”, sino que vive en una crisis permanente. Se juntan problemas antiguos como la desigualdad y la pobreza con otros nuevos como el cambio climático y la inteligencia artificial. Los desafíos parecen multiplicarse de forma exponencial. Da la impresión de que vivimos en un estado permanente de peligro.

El problema es que cuanto más compleja es la situación, más simples son los mensajes y recetas que se ofrecen.

El problema no es la democracia en sí como unos valores de convivencia en el que se garantiza la pluralidad, la armonía, la libertad de expresión, la igualdad de oportunidades. El problema reside en cómo utilizamos nuestra ciudadanía democrática.

No parece que sea muy democrático ni instructivo los desprecios a las instituciones y sus representantes, las algarabías y expresiones cargadas de un odio virulento y destructivo (esos insultos inconmensurables, esas ruedas de prensa cargadas de violencia, esas expresiones sin medida ni matices, esos gritos cargados de injurias,…). Me sorprende ver a jóvenes con el brazo en alto, definiéndose como franquistas o portando emblemas nazis, porque es imposible que sepan lo que aquello supuso. No es que la memoria sea débil, es que ellos ya no la tienen.

En una época donde la razón debería imperar para obtener entre todos soluciones colectivas, poniendo en valor la inteligencia racional y emocional, la capacidad de sumar esfuerzos, haciendo valer que “la unión hace la fuerza”, encontramos mensajes y acciones que caminan en dirección contraria.

Los nuevos líderes que pretenden salvar “al pueblo” lo hacen con mensajes simples, frases cargadas de odio, motosierras en la mano, posverdades y “hechos alternativos” en las ruedas de prensa, agitaciones de banderas, odio frente al otro, destrucción del sistema, … Y, sobre todo eso, como algún político de Vox ha llegado a manifestar públicamente: “con muchos huevos”. Es decir, testosterona por encima de todo, imposibilitando el consenso, el diálogo, el acuerdo.

Hay una frase muy significativa de Santiago Abascal, el líder de Vox, cuando le preguntaron en la campaña electoral cuáles eran sus medidas de gobierno. Su respuesta elocuente: “Yo no tengo el Estado en la cabeza, tengo España en el corazón”.

Se vende emotividad, irracionalidad creciente, simplismo, agresividad, violencia, y odio extremo. Como bien dice el filósofo José Antonio Marina: “El componente emocional de la política, a veces esencial, puede llegar a resultar peligroso, como ocurre en ocasiones con la nostalgia”.

Estamos asistiendo a un vaciamiento progresivo del concepto de democracia, a la trivialización de sus instrumentos, al desprecio a la información y la deliberación. Sencillamente nos conformamos con votar y protestar, gritar e insultar. Ante esto, es fácil que surja una deriva autocrática, apoyada en votos que surgen desde la frustración y el miedo, y crecen con la manipulación emotiva.

Nadie dijo que la democracia fuera fácil, pero, hoy por hoy es insustituible como sistema y camino para lograr la convivencia entre diferentes. Y también es responsabilidad ciudadana. Dejarse llevar por los “mesiánicos” para así lavar conciencias, pensar que mejor romperlo todo, sumarse a la animadversión y a las llamadas de golpismo, no traerá nada bueno.

En una democracia, todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad.

 

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.