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La niña que quería ser artista


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Suele afearse a quien escribe un obituario que se convierta en el muerto en el entierro y, hasta cierto punto, está bien que se afee, porque hay que conservar el sentido de la medida, pero, aun así, si uno escribe de modo sentido sobre alguien que se fue es porque ese muerto no le es ajeno, porque ese muerto, de algún modo, es uno: algo de uno se muere. Concha Velasco fue una artista colosal, una estrella de la época dorada del Hollywood español que, poco a poco, y sin remedio, va desapareciendo. Naturalmente, la vida sigue y el audiovisual y el teatro también, lo que va quedando reducido a su mínima expresión es una constelación de actrices, de actores, de directores y guionistas que conformaron una galaxia artística irrepetible. Para los jóvenes es gente descatalogada, pero hay una España todavía mayoritaria, la de los baby boomers y de ahí para abajo, para quienes la desaparición de figuras como Concha Velasco, Fernán Gómez, Berlanga, Azcona, López Vázquez, Amparo Rivelles, Juan Diego, Sara Montiel, las Gutiérrez Caba, Adolfo Marsillach… supone una aniquilación sentimental y artística.

Concha llevaba el artisteo en las venas. Había nacido para cantar y para actuar y no hubiera habido forma de contener esa vocación en erupción. Fue chica de la cruz roja, la más guapa, y chica yé-yé, y compartió cartel con Manolo Escobar en películas que arrasaban en las taquillas, sobre todo de la España rural, antes de estar vacía. Historias de la radio, Las largas vacaciones del 36, La colmena… Si un mundo fue profundamente suyo fue el del teatro, donde representó más de 30 obras, como Mamá quiero ser artista, Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, Carmen, Carmen o Hécuba, en el teatro romano de Mérida, con una interpretación sobrecogedora. Y en TVE la inolvidable Teresa de Jesús, por citar solo el título más notable.

Concha era una mujer para admirarla, en las pantallas y en los escenarios, y para enamorarse de ella. Tenía una piernas fabulosas, como un sendero de gloria hacia las regiones más cálidas de una geografía de ensueño, y luego la risa manantial y la boca frutal, y aquella mejilla tocada por un lunar como una pequeña luna llena. Yo la entrevisté varias veces, pero ninguna me dejó una huella tan profunda y perdurable como la primera. ¡El primer amor no resiste comparación! Era yo un muchacho muy delgado y soñador, un periodista veinteañero, todavía sin licenciatura, pero con buenas mañas para el oficio. Fue un día de los primeros ochenta. Concha Velasco había ido a Málaga a interpretar una obra mano a mano con Mary Carrillo, creo que Filomena Maturano, y Juan de Dios Mellado, mi primer maestro periodístico, me mandó a que la entrevistara para Diario 16. Era un mediodía de julio y Concha me esperaba en su hotel, donde tomamos algo, una Coca-Cola, una Fanta, no recuerdo. La entrevista fue larga, aunque se me hizo corta. Concha andaba por los cuarenta, de manera que es fácil comprender mi deslumbramiento ante aquella mujer, estrella del espectáculo, con la que charlé distendidamente sobre las cosas de su arte y también de literatura y otras veleidades propias, que ella compartía. Aprovechando que Umbral pasaba por Valladolid, como ella y como el Pisuerga, hablamos también del escritor que tanto me fascinaba. Hubiera querido que aquella entrevista se prolongara hasta convertirse por lo menos en cinco horas con Concha; no duró tanto, pero fue un tiempo que nunca sentí perdido y que ahora recobro con gusto. Decía Concha Velasco, y también me lo dijo alguna vez Nuria Espert, que no hay trabajo más bonito que el de ser actriz, actor. Probablemente, pero yo estoy con García Márquez en que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo, el que me ha permitido desde que yo era un chaval, lleno de afanes e incluso delirios, conocer a gente tan estupenda como Conchita Velasco. Por eso me ha dolido tanto su muerte, porque así, trocito a trocito, a pequeños sorbos, uno va despidiéndose también de este oficio maravilloso, aunque nunca olvidaré aquella mañana remota de julio, en que yo era un muchacho muy delgado y soñador, etc.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.