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La vergüenza de Europa


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Hace casi tres cuartos de siglo que el mundo despertaba de una terrible pesadilla, salía aturdido y conmocionado de una guerra interminable que sacudió sus entrañas. Y, con ese miedo que solo producen los grandes cataclismos, se propuso la firma de un acuerdo de obligado cumplimiento que evitara su repetición futura. Un acuerdo de mínimos que comprometiera a todos sus firmantes. Fue el origen de la Declaración Universal de los Derechos humanos, que se erigía como una bandera de fraternidad, protección y seguridad.

Desde aquel lejano día, y como si fuera un bumerang de corto recorrido, asistimos atónitas y muy indignadas a un retroceso acelerado de los avances que se fueron logrando mediante su desarrollo normativo y que hace añicos los principios de solidaridad, fraternidad entre los pueblos, protección a las personas más vulnerables, seguridad.

Casi 75 años después, ni las guerras han terminado ni los DDHH se han universalizado. Parece que con el paso del tiempo el olvido ha ido entronizándose y ocupando el lugar que solo debía ocupar su consolidación, alejándola. Las guerras han cambiado de escenario y se han alejado las bombas de las tierras occidentales, aunque, como sabemos, la guerra de Ucrania por poco ha quedado a las puertas.

Aquellos “actos de barbarie ultrajante para la conciencia de la humanidad” parece que no lo son tanto. Al menos no para las personas que, por una causa u otra, se convierten en migrantes o necesitan pedir ayuda y asilo a otros pueblos. Con el nuevo Pacto de Migración y Asilo desaparece la clemencia y crecen las barreras. Lo que antes de dicho Pacto era ilegal, como las devoluciones en caliente, la toma de huellas a menores o el perfil racial pasan a legitimarse. El derecho a migrar y pedir asilo deja de ser un derecho para ser tratado como un delito. El Pacto es, en realidad, un pacto no para proteger el derecho básico de las personas a pedir ayuda y socorro sino un pacto entre los países europeos firmantes para protegerse a sí mismos.

Barreras cada vez mayores, más duras, menos solidarias para echar de nuestro lado a personas inocentes y víctimas de la barbarie. Esta vez, de los países democráticos europeos, incapaces de gestionar un derecho ni de dar una respuesta operativa y constructiva a los retos humanitarios.

Europa muestra su cara más insolidaria con la firma de este acuerdo que, sobre todo -y es necesario destacarlo bien-, tiene como objetivo protegerse a sí misma, blindar sus fronteras, facilitar la expulsión de los que llaman a su puerta. Que no entren. Aunque cuando entran les pongamos a cuidar de nuestros ancianos y a limpiar nuestras casas.

No importa del lugar del mundo del que provenga la llamada, a partir del Pacto habrá países cuya ciudadanía será considerada “no merecedora” de ser demandante de migración y/o peticionaria de asilo por provenir de países “seguros”, sin importar si son minoría étnica u objeto de persecución racial, sexual o de cualquier otra índole, que el abanico de causas para perseguir es amplio y variado. De esta primera tacada ya hay países como Marruecos, Senegal, Túnez, Bangladesh o Argelia que entran en esta categoría. Y esta decisión no necesita ser siquiera consensuada por la Cámara de Diputados. Bastará con presentar una propuesta.

Tampoco importa si quien llama es menor de edad o viene con su familia. Ya la edad no será requisito merecedor de protección. Los 6 años marcarán la mayoría de edad para el reconocimiento facial, la toma de huellas, la expulsión… La Convención de Ginebra, de carácter universal y firmada en 1951, que establecía la definición de persona refugiada y el principio de no devolución también salta por los aires hecha añicos. Sin necesidad de comprobar siquiera si la vida de la persona que pide socorro está en peligro, sin siquiera necesidad de pasar por filtro alguno que demuestre ser merecedor de protección, se le podrá expulsar sin más miramiento.

Se otorga carta de impunidad a las actuaciones de Frontex, que se convierte, así, en una auténtica guardiana de la puerta europea. Las consecuencias en número de muertes que en estos años ha tenido la actuación policial en fronteras y vallas pasan a un segundo plano. En definitiva, adquieren estatus de legitimidad.

La firma de este Pacto convertirá las fronteras en barreras blindadas capaces de propiciar detenciones masivas y devoluciones en caliente y deportaciones que perderán su carácter de ilegalidad.

Y si, a pesar de todo, aún consiguen burlar todas las medidas que impiden su entrada, ahí está el modelo experimental de Lesbos o Chios: esas macrocárceles de hacinamiento y concentración a cielo abierto de seres humanos que llegaban a envidiar el espacio de los campos de concentración nazis en los que, al menos, había barracones de madera. Pobre Europa, qué mala memoria tienes. Tanto sufrimiento viviste como ahora tú devuelves. ¿Qué será de tus principios, Europa, cuando vendes al que te pide ayuda por 20.000 euros -cantidad establecida en principio que podrá pagar por persona refugiada quien no quiera tenerlos bajo su techo-, que expulsas al que te tiende la mano?

¿Qué será de tu voz clamando derechos humanos universales? ¿En qué rincón de tu conciencia se ha quedado agazapada tu dignidad, Europa? ¿Qué ha sido de aquellas tres hermosas palabras clamando Libertad, Igualdad y Fraternidad que cambiaron la faz del mundo sacándole de las tinieblas?

¿No habrá nada que detenga tu política de exclusividad y rechazo que aleja de ti cualquier cosa que se parezca a la solidaridad entre los pueblos? ¿Crees que esa palabra está pasada de moda, que ya no tiene lugar en tu paraíso europeo, en la Europa de los Derechos? ¿Tan pronto has olvidado tu propia historia de dolor, guerras y muerte? Por tus venas, no obstante, corre la sangre del pueblo, de la ciudadanía que no quiere ser cómplice de ese olvido, de esa ignominia y no quiere ser indiferente al dolor ajeno. Y, como en otras épocas de tu propia historia, se levantarán las manos y la voz que detendrán las murallas de la vergüenza, el desamor y la injusticia. Antes de que los únicos seres que habiten el mar sean los cadáveres de las que no pudieron llegar.

 

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.