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La violencia heteropatriarcal del feminismo ortodoxo

Nota aclaratoria: Cuando hablo de feminismo ortodoxo hablo de una corriente, hegemónica y capitalista, del feminismo; no de todo el movimiento feminista que es más complejo y plural que todo eso. Soy consciente de que por el hecho de ser hombre el feminismo de género invalidará la totalidad de mis reflexiones, así como cualquier pensamiento o argumento que yo haga; siguen la máxima de “no eres mujer, por lo que no puedes hablar de feminismo; no puedes discrepar”. A pesar de eso, seguiré debatiendo, reflexionando y aguantando el acoso, porque de eso va precisamente el feminismo (no de género), de asumir que el debate no es motivo de linchamiento, sino todo lo contrario.

El feminismo de género, feminismo ortodoxo o hegemónico, entiende que las mujeres son siempre seres humanos inferiores, de un modo estructural y holístico; para el feminismo hegemónico ser mujer es un demérito idiosincrático sin posibilidad de redención. Por supuesto, el feminismo ortodoxo entiende que el hombre es culpable de todos y cada uno de los males que acontecen a la mujer; y es de ese modo, paradójicamente, cuando el feminismo ortodoxo desprovee a la mujer de la libertad, la infantiliza y la convierte en un ser incapaz de decidir, incapaz de fallar o equivocarse, maniatada ante un mundo que le es, y lo que es peor, que le será siempre hostil fatalmente. El feminismo de género pretende hacer de la mujer un ser apriorísticamente infalible, sumiéndola así, por tanto, en un destino inevitablemente estanco. La pregunta es, ¿por qué al feminismo ortodoxo le interesa proyectar la imagen de una mujer intelectualmente impedida y socialmente estúpida?

Esta corriente feminista, imperante en las Universidades y en los ámbitos intelectuales, es una de las patas sustentadoras de este hipercapitalismo salvaje en el que estamos inmersos. Miden las capacidades de la mujer desde una óptica eminentemente monetaria, y, como en una suerte de distopía, valoran a la mujer por lo que la mujer vale para el hipercapitalismo. Necesitan la aparente confrontación con el establishment para seguir alimentándose de él.

El feminismo de género o feminismo de la desigualdad contribuye, sin duda, a la cultura de la guerra de sexos, alimentando a la bestia de la inequidad, generando inercias perniciosas para la libertad. Parecen no comprender que la idea del heteropatriarcado no es poderosa por la estructura, sino por su dinámica, por su forma de penetrar en las relaciones, sean éstas del tipo que sean, sean entre hombres y mujeres o no. El heteropatriarcado se hace fuerte en un contexto violento y comienza su guerra con un lenguaje violento.

Este feminismo de mujeres blancas de clase media alta que hablan en foros de mujeres blancas de clase media alta sobre lo peligroso que es el mundo al que jamás pertenecerán no construye progreso; no lo digo yo, haya paz; ya lo dijeron hace unas cuantas décadas las mujeres negras americanas a las que el feminismo tradicional dejaba fuera de plano permanentemente, surgiendo así la idea de feminismo transaccional, que finalmente, tampoco consiguió romper esta inercia de feminismo de género cuasi victoriano. Como ven, la hegemonía de este feminismo ortodoxo, que no es un movimiento obrero ni de clase como sí lo fue el feminismo de primera ola, consigue siempre imponer sus criterios dejando fuera de plano, invisibilizando a veces y humillando otras tantas, a esas mujeres de las que siempre hablan pero a las que nunca empoderan: a las amas de casa, a las negras, a las prostitutas, a las que discrepan de sus dogmas.

El feminismo de género u ortodoxo se comporta de un modo eminentemente teológico. Debatir y disentir es asegurarse una reacción violenta, acusando al que discrepa de no feminista, alienado con el heteropatriarcado y no sé cuántas cosas más. Si eres hombre (independientemente de tu orientación sexual) te dicen que tú no tienes ovarios y no puedes hablar de feminismo, y/o que tampoco tienes útero y no puedes hablar de gestación subrogada, aborto, brecha salarial, etc. Y no se dan cuenta, o a lo peor sí, de que cuando dicen eso también ponen en la picota heteropatriarcal a las mujeres a las que les han extirpado los ovarios, a las que han sufrido una histerectomía o a las que han nacido sin aparato reproductor femenino: para el feminismo de género, siguiendo los consejos que dan a los hombres, esas mujeres tampoco pueden hablar de cosas “feministas” porque no tienen ovarios ni útero. Emplean sobre ellas la misma violencia que el heteropatriarcado hipercapitalista repitiendo el asqueroso mantra de “tu opinión vale, tú vales lo que vale tu capacidad reproductora”. Si eres hombre homosexual, en cambio, y en un ejercicio de cínica prestidigitación, sale un día Lidia Falcón y dice que “si los gays ni siquera nos desean, ¿para qué nos necesitan?”.

Y es en esa violencia presente en el feminismo ortodoxo o de género, en esas acusaciones constantes de “mal feminista”, donde se revela su verdadera naturaleza: el feminismo de género u ortodoxo es un producto más del heteropatriarcado. Un movimiento que emplea la violencia como respuesta, la humillación ante la discrepancia, y que lo hace desde una posición de poder económico y en medios de comunicación, es un movimiento con un modus operandi profundamente heteropatriarcal. El heteropatriarcado quiere imponer siempre el pensamiento único, aborrece el disentimiento y cierra de un modo violento cualquier debate que contravenga su hegemonía, tal y como hace también el feminismo de género, con temas, por ejemplo, como la gestación subrogada.

Este feminismo también ha decidido últimamente caricaturizar al movimiento LGTBI de un modo peligroso. Desde la Plataforma Antipatriarcado de España se llegó a decir que las mujeres trans no eran mujeres, que serían siempre hombres porque el “sexo sí es biológico: una persona con pene es un hombre biológico y una persona con vagina es una mujer biológica”. Por favor, encuentren ustedes las siete diferencias entre este feminismo de género y el totalitarismo de Hazte Oír, porque yo no las encuentro. De modo parecido, Lidia Falcón, Amelia Valcárcel y algunas feministas de género más se permiten de vez en cuando hablar de los hombres gays como caprichosos, inconscientes y no comprometidos con el mundo. ¿Os suena? Es lo que siempre le ha dicho el heteropatriarcado a las mujeres, que eran caprichosas, tontas e incapaces. Los mecanismos mentales y la violencia en las dinámicas del patriarcado han calado fuerte, desgraciadamente, también en este feminismo.

Yo apuesto por un feminismo de equidad, donde hombres y mujeres no estemos en equipos o tribus diferentes, donde todos y todas formemos parte del mismo proyecto común, que no es otro que el de construir sociedades más justas y equitativas. Asumir que hombres y mujeres tenemos realidades y retos distintos y que nos enfrentamos a problemas distintos desde la equidad y no desde la violencia es el principio del fin de la misma. Ya basta de alimentar movimientos del capitalismo que se dedican a seguir alimentando la guerra de sexos, a los que les interesa que estemos en un enfrentamiento constante y absurdo. Ya basta de que el feminismo de género proclame que las mujeres son de Venus y los hombres del Infierno.

“El poder enfrenta a hombres y mujeres para crear una criatura que solo trabaja y consume". Prado Esteban. Feminista.

Psicólogo. Formación especializada en violencia de pareja y violencia de género. Presidente de la Plataforma Murciana de Hombres contra la Violencia Machista y miembro del PSRM-PSOE.